En el ADN mental y cultural de los estadounidenses hay, desde mediados del siglo XIX, una tendencia irrefrenable de caracterizar y clasificar a los seres humanos acorde con su “raza” (la humanidad es una sola, no hay razas) y etnia. Los gringos todo lo ven y lo perciben a través de ese prisma, y no son capaces de sacárselo de la cabeza; aun aquellos que se dicen no racistas o progresistas inadvertidamente suelen tener prejuicios raciales. Para los habitantes del país del dólar lo primero que salta a la vista es el color de la piel. Por ejemplo, a ciertos grupos de nativos americanos del Noroeste los catalogaron como “pieles rojas”.
En las décadas recientes surgió un movimiento que buscaba revertir dicha tendencia mediante el combate a los estereotipos raciales. Varios sectores de la sociedad, especialmente los más jóvenes, se volvieron hipersensibles a estos, y a muchas otras cosas que consideraron muy ofensivas para las minorías.
Ciertamente era bastante común burlarse de los otros; los grandes estudios productores de dibujos animados durante décadas se regodearon ridiculizando y estereotipando a indios, negros, y mexicanos, quienes eran representados como seres estúpidos, torpes, feos, sucios, y cualquier rasgo que denotara su inferioridad frente a los blancos (una excepción fue Speedy González que siempre le ganaba al gringo gracias a su inteligencia).
Los Washington Redskins (Pieles Rojas), fue un equipo de la NFL que apareció en los años treinta; cuya imagen era la efigie de un nativo americano visto de perfil, sin ningún elemento caricaturesco. Su afición era una de las más fieles del deporte estadounidense, y siempre ostentó con orgullo su nombre y su mascota. Pese a ello, los “Skins”, como les decían de cariño, fueron rechazados con intensidad creciente por los grupos activistas pro derechos de los pueblos nativos; los dueños del equipo y sus fans defendieron la existencia del mote aduciendo que a la mayoría de los nativos americanos no les resultaba ofensivo, y aún los había que gustaban de él. El debate fue largo y amargo; el brutal asesinato del portero George Floyd, a manos de la policía de Minneapolis, exacerbó los ánimos y la presión; que se volvió tan intensa, que las principales marcas patrocinadoras del equipo, FedEx, Nike y otras amenazaron con retirarle el apoyo a la franquicia.
En 2020 los dueños finalmente cedieron y anunciaron la desaparición de los Redskins; el equipo se llamaría Washington Football Team en tanto se encontraba un mote adecuado. Desde 2022 son los Commanders, y su logotipo es una espantosa W que no transmite ningún sentimiento de apego o de orgullo (fans de Washington dixit).
Considero que el asunto encierra una fuerte carga de hipocresía; muchos se ofenden por la mascota de un equipo, o por el lenguaje cotidiano (que evoluciona sin que nadie pueda controlarlo), pero no se ofenden ni les importan la pobreza, la explotación, la guerra, el genocidio, y un largo etcétera y, además, siguen siendo tan racistas como siempre. Por cierto, ¿alguien está en contra de que existan los güeros ojiazul Minnesota Vikings?
Los blancos decidieron sobre cómo deberían sentirse los nativos sobre “piel roja”, porque lo cierto es que, si bien a muchos indios el mote no les gustaba, en general les resultaba indiferente y, en realidad, tienen muchos problemas que sí deben ser atendidos con premura: siguen siendo pobres, viven arrinconados en reservaciones que son campos de internamiento, padecen desempleo, y altas tasas de alcoholismo y de suicidio. Sufrieron el peor genocidio de la historia y la mayoría ni siquiera lo sabe, por más que nos hayamos insensibilizado al término que define el mayor crimen que cometerse pueda. Hasta el jueves…