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¿Monedita de oro?
¿Monedita de oro?

Columnas martes 02 de abril de 2019 - 03:16


Nuestro súbito viaje de la semana pasada hasta la legendaria Tenochtitlán, me impidió compartir mis consideraciones sobre el muy sano y liberador derecho al abucheo.

Tengo la seguridad de que abuchear es una de nuestras prácticas más antiguas; que el primer abucheo registrado en nuestra historia debió ser dedicado al emperador Moctezuma —no “mandatario” como el gobierno de la 4T llamó a Cuauhtémoc en la dichosa carta al rey—, y que lo recibió aquel día de junio de 1520 en que Cortés le pidió al tlatoani que calmara la ira de los mexicas que se querían comer vivos —literalmente— a los españoles, luego de la matanza del Templo Mayor perpetrada por el imbécil de Pedro de Alvarado, a quien Cortés solo le había pedido una cosa: “no hagas pendejadas, Pedro”, y que evidentemente no cumplió.

Cuando mueres de una pedrada de las cientos que te arroja la multitud enardecida —como ocurrió con Moctezuma—, te das cuenta que lo de menos eran los abucheos, pero casi 500 años después, parece que somos incapaces de recibir uno con dignidad, aguantar candela y salir avante, si no pregúntenle al presidente y a los gobernadores, todos salieron bastante delicados.

El abucheo guarda un cúmulo de opciones para mostrar nuestra inconformidad, nuestro enojo, nuestra animadversión y en el cual el clásico “buuuuuu” siempre va acompañado por algo más picante: el grito de “¡fuera, fuera!”; mentadas de madre a diestra y siniestra; una rechifla interminable o por el clásico: “¡Culeeeeero! ¡Culeeeeero!”.

Para abucheos y rechiflas las que se llevó el presidente Plutarco Elías Calles en su último informe de gobierno (septiembre de 1928) cuando anunció que había llegado la hora de las instituciones luego del asesinato del presidente electo Álvaro Obregón. Los diputados obregonistas querían colgarlo porque tras el asesinato de su jefe se quedaron sin hueso y culpaban a Calles, pero el presidente se fajó y se impuso.

Díaz Ordaz Ordaz se enfrentó a la rechifla en dos ocasiones; la primera cuando inauguró los Juegos Olímpicos en 1968, claro, por la gran sensibilidad que tuvo para poner fin al conflicto estudiantil y la segunda en la inauguración del Mundial de Futbol México 70, porque la gente ya lo tenía atravesado.

Lluvia de mentadas, abucheos, rechiflas y pedradas se llevó Echeverría en 1975, en Ciudad Universitaria porque le pareció buena idea ir a la inauguración de cursos y en el momento más álgido del repudio a su persona se le ocurrió decir: “jóvenes manipulados por la CIA”. Resultado, tuvieron que sacarlo entre gritos y sombrerazos y con una pedrada en la cabeza.

Todavía nadie puede explicarse cómo De la Madrid no salió llorando del Estadio Azteca al inaugurar el mundial en 1986; ese año los mexicanos descubrimos qué reconfortante es gritarle a la autoridad ¡Culeeeero! y más si es el presidente. Ninguno de los presidentes de la alternancia se libró del abucheo, pero Peña Nieto estableció una nueva marca: lo abuchearon tantas veces que cuando inauguró el estadio de los Rayados de Monterrey pidió de favorcito que no hubiera gente en las tribunas.

Nuestro amado líder se había cansado de repetir “no soy monedita de oro”, pero creo que en su fuero interno, al despertar y mirarse al espejo, siempre se repetía, “¡No, Andrés Manuel, sí eres monedita de oro!”. De otro modo no se explica su rostro desencajado y su berrinche frente a lo que sí ocurrió: un sonoro abucheo con un “fuera, fuera”. Pero para no perder la costumbre lo absurdo no fue el puchero del presidente, sino el sainete que armaron tirios y troyanos.

Los enemigos del presidente celebraron el abucheo como si México hubiera ganado la Copa del Mundo de Futbol, como si el país hubiera dejado la pobreza para siempre o se hubiera descubierto la cura contra el cáncer.

Y los fanáticos de nuestro amado líder, al más puro estilo beisbolero, ahora sí se volaron la barda con sus absurdas teorías de la conspiración: “Nadie lo abucheó fue un montaje”, “Pusieron una grabación en el sonido local”, “Le pagaron a un grupito para que abucheara”.

Tan absurdos unos como otros. Ojalá el presidente haya aprendido la lección: Cierto, no es monedita de oro. Y un buen abucheo no se le niega a ningún presidente, sea quien sea.

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/CR

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