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¿Para qué estamos educando?

¿Para qué estamos educando?

Columnas martes 17 de diciembre de 2019 - 00:06

El desafortunado suicidio de una joven estudiante en una universidad privadaha puesto bajo los reflectores una serie de temas de los que hay que discriminar la paja y el oportunismo, para que como sociedad podamos sacar algo de provecho de la discusión (que no del incidente, de la muerte de una estudiante nadie saca nada, o nadie debería).

A propósito omití el nombre de la escuela, porque todo mundo sabe cuál es, la noticia está muy fresca; pero también porque mi primer punto es que esto no se trata de esa escuela específicamente, ni de ese caso concreto.

La cerrazón de verlo como una anomalía que nada tiene que ver con el paradigma del alto rendimiento académico, y tiene todo que ver con el perfil individual, personalísimo, de la suicida, sólo se entiende de aquellos cuya jerarquía, respeto o ingreso depende de que el status quo académico permanezca inmutable. Creo que los tiempos no dan para esa intransigencia.

Para empezar tenemos que quitarnos de encima la preocupación, muy burguesa, de “quién tuvo la culpa”. Otra vez, verlo desde la dimensión concreta, y comenzar el frontón de acusaciones, terminará en la inmolación de algún profesor burlón de esa escuela, un contrato con “el mejor centro de apoyo psicológico que el dinero pueda comprar” y alguna otra bazofia coyuntural para limpiar la cara de todos los involucrados.

Propongo, más bien, que nos hagamos dos preguntas: 1.-¿Cuál es la misión de una universidad? y 2.- ¿Cuál es la misión de un profesor? Las respuestas no son obvias porque traen consecuencias estructurales, económicas y políticas; ya no digamos culturales.

Si la escuela está para formar buenos profesionistas, la estrategia y los contenidos educativos serán totalmente distintos de los necesarios si decidimos que es la formación de buenos ciudadanos, o de buenos mexicanos (así, con ese aderezo nacionalista). Creo que la mayor parte de las universidades de excelencia (rankeadas, ungidas, o consideradas de excelencia) han optado por la primera respuesta, disfrazándola de la segunda.

El éxito de una universidad, hasta de publicidad a largo plazo, son las historias de éxito profesional de sus egresados. Tener políticos o empresarios encumbrados, pero siempre son los menos, porque hay pocos lugares en la cumbre. El grueso del prestigio de las escuelas proviene de generar buenos “recursos humanos”, es decir, fuerza de trabajo que represente una buena relación de costo-beneficio para los empleadores. En general, suele ser gente que trabaja mucho sin cobrar demasiado, y no se queja.

El último salto lógico (creo yo el más delicado) es el que justifica ciertos abusos académicos en aras de un supuesto entrenamiento vital. Los profesores deben ser, en este caso, hasta crueles y groseros, a propósito.

La carga de materias, el tipo de exámenes, todo debe estar hecho para hacer una especie de superhombres y supermujeres capaces de desempeñarse bajo enormes presiones con los mejores resultados, porque así es la vida real, porque es lo que demanda el mercado. Lo malo es que no es cierto.

La vida no es una serie de viñetas donde debemos desarmar bombas 16 horas al día mientras un imbécil nos grita que no merecemos nada. El que así viva, reproduce los esquemas de abuso y estrés artificial como si fuera un valor en sí mismo.

Por razones de espacio dejo en el tintero el punto de partida, por lo menos. ¿Es lo mejor que podemos hacer como sociedad? ¿Sólo para eso nos alcanza?

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/CR

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