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¿Quién reprime el arte?

¿Quién reprime el arte?

Columnas viernes 13 de diciembre de 2019 - 01:24

Se deben fijar límites políticos a la creatividad artística? ¿Es cierto que en el sistema artístico se defiende con plenitud la libertad de expresión de cualquiera? Hace poco que tengo en mis manos el libro titulado El arte no es política. La política no es arte. Hasta ahora voy comprendiendo el sentido de esa paradoja. La imagen de un Zapata hipersexualizado ha transgredido el principio masculino que rige los símbolos oficiales. La pintura bien pudo ser inofensiva, pero la exhibieron en donde se consagran y ritualizan los símbolos de la nación.
Vamos por partes. Hablar de política cultural es pensar en cómo el poder político incide sobre la cultura, es decir en los procesos simbólicos de la sociedad. Pero ¿Cómo pueden convivir dos cosas tan opuestas? La política es la manera en que se genera, se ejerce y se distribuye el poder sobre las personas. El poder es la capacidad de obtener determinados fines mediante la fuerza, "un acto que reprime", dijo Michel Foucault. En tanto, la cultura y las artes son espacios para reflexionar y crear el sentido de nuestra experiencia. La creación artística implica la expansión del pensamiento. Es ampliar las posibilidades que la realidad ofrece, ensancharlas, renovarlas y —¿por qué no?— también superarlas. Con las artes escapamos de las limitantes a las que nos vemos sometidos cotidianamente. Son ámbitos de expresión, reinvención y libertad. Con ello la sociedad genera una autoconciencia. Para percibirse críticamente, se necesita proteger el libre pensamiento. En efecto, la política no es arte ni el arte es política, pero hay arte que llega a ser profundamente político y hay política que amaga con reprimir el arte. Hablar de política cultural es complicado, pues podría significar el uso de la fuerza para regular la creatividad, la cual nunca podrá ser controlada.
Por otro lado, ¿Realmente los agentes del sistema artístico promueven las expresiones creativas de todos?¿A quién le corresponde decidir si el cuadro de Fabián Cháirez debe o no estar en Bellas Artes? Ese es el tema de la autonomía artística.
Las reglas que rigen los procesos artísticos son convenciones heredadas del pensamiento europeo. Filósofos como Immanuel Kant sostenían que las obras de arte eran formas de conocimiento sensible; y para acceder a lo bello se requiere una voluntad desinteresada. En el ideal ilustrado la obra de arte no tiene otros fines más que imitar la belleza de la naturaleza y representar las virtudes más elevadas del ser humano. Virtudes que solo pertenecen al mundo civilizado y nunca a los "salvajes" (los pueblos no europeos). Las Bellas Artes se convirtieron en una actividad especializada regida por agentes que, mediante supuestos juicios desinteresados, podían decidir qué sí o qué no era reconocido como arte. Hoy sabemos que esto es una falacia. La historia del arte está hecha de arbitrariedades, pues hasta el siglo pasado se creía que el arte era algo exclusivo de genios y que sólo ellos podían ser los "hombres blancos". ¡Las mujeres, negros e indígenas fueron excluidos de la historia de las Bellas Artes!
Las obras de arte no siempre se hacen famosas o relevantes por sí mismas, sino por la legitimación que obtienen de curadores, coleccionistas, galeristas, medios de comunicación, etcétera, esa “policía cultural” como la llama Jean-Jacques Lebel.
La conclusión es algo triste y ambigua. El poder político, en efecto, siempre puede reprimir la creación. No solo en las dictaduras, cuando se impone una línea estética e ideológica, también cuando no se generan condiciones para ampliar la oferta cultural y éstas se limitan a lo que la industria masiva promueve. Pero, así como el poder político genera censura y manipulación, los coleccionistas, el mercado artístico, los patronatos, los galeristas e investigadores, también lo hacen. Pueden usar arbitrariedades ideológicas, de clase, de raza y género para influir en lo que puede o no ser consagrado como artístico. Pero principalmente bajo la simple razón de lo que puede o no venderse en el mercado del arte.
Aquí es donde el problema se vuelve complejo. A pesar de la constante tensión entre política y arte, existen experiencias que han evadido el poder político desde las propias instituciones. Como sucedió en 2009, cuando la artista Teresa Margolles presentó en la Bienal de Venecia una serie de lienzos procesados a través de sangre que recuperó de víctimas del narcotráfico. Fue relevante porque se dio en medio de la crisis de violencia que caracterizó al sexenio de Calderón. En su libro Abuso Mutuo, el comisario de la exposición, el doctor Cuauhtémoc Medina, comentó: “El hecho de que este proyecto pudiera llevarse a cabo implica que por maltrechas que estén hoy las instituciones culturales mexicanas, ocasionalmente pueden albergar un potencial emancipatorio (…) este curador tiene el enorme gusto de reportar que el INBA y sus funcionarios operaron en favor de la libertad y calidad artística, no obstante la implicación netamente disidente de nuestra intervención”.
En contraste con ese hecho, en un supuesto proceso de transformación y renovación nacional, no sabemos cómo se instruye desde la Presidencia sobre el destino de una obra de arte.

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/CR

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