¿Residencia oficial?

¿Residencia oficial?

Columnas jueves 01 de agosto de 2019 - 02:40


Qué buen departamentito le acondicionaron a nuestro amado líder en el mero Palacio Nacional —el mío cabe tres veces en esos 300 metros cuadrados—, ya lo hubiera querido hasta el propio Juárez que por cierto, de los poco más de 14 años ininterrumpidos que gobernó el país, solo vivió en Palacio año y medio y fue a raíz de la muerte de su amada Margarita, en enero de 1871, cuando decidió cambiar su domicilio, seguramente porque no le gustaba regresar a su casa de la colonia San Rafael a encontrarse con la soledad, en todo caso, prefirió la soledad del poder, pero en Palacio.

La historia del Palacio Nacional como residencia oficial está más cerca de los virreyes que de los presidentes de México. Desde 1562, el predio que ocupa hoy Palacio fue comprado por la Real Audiencia a los descendientes de Cortés para que ahí viviera el virrey en turno. Y así lo hicieron prácticamente hasta 1821.

Al consumarse la independencia, con excepción de Guadalupe Victoria, primer presidente constitucional, y de algún otro trasnochado, el Palacio dejó de ser la residencia de los nuevos gobernantes que prefirieron usar su domicilio particular para vivir y acudían al viejo inmueble solo para despachar. Y no podía ser de otra forma, durante décadas los tres Poderes de laUnión y el Congreso, con sus dos cámaras, más la secretaría de Hacienda tuvieron su sede en Palacio Nacional así que las jornadas de trabajo no pocas veces terminaron como el rosario de Amozoc.

Como la lógica indica que en los palacios viven los monarcas, cuando Maximiliano y Carlota llegaron a México en 1864, los conservadores les ofrecieron el Palacio para que vivieran felices para siempre, pero bajo la sabia máxima popular de “mal empieza la semana para el que ahorcan en lunes”, la primera noche en la ciudad de México —28 de mayo de 1864— Max y Carlota se dieron cuenta que sus habitaciones ya estaban ocupadas pero por chinches, así que de inmediato cambiaron de residencia al Castillo de Chapultepec, vieja construcción que acondicionaron y la dejaron retebonita.

Con el triunfo de la República en 1867, Juárez pensó que primero muerto a ocupar el Castillo de Chapultepec herencia de Max, así que volvió a su casona de la colonia San Rafael y aunque vivió en Palacio algunos meses antes de su muerte, su sucesor Sebastián Lerdo de Tejada no quiso emularlo.

Los últimos dos presidentes que ocuparon Palacio Nacional como residencia particular fueron Porfirio Díaz, de 1876 a 1880, y luego su compadre, Manuel González, de 1880 a 1884. Los enemigos de González, azuzados por el propio Porfirio, acusaron al presidente de haber mandado construir un pasaje por donde ingresaban a Palacio jóvenes damas que pasaban algunas horas con el presidente arreglando asuntos de Estado, desde luego. Este pasaje fue conocido como el paso de Venus. Después de Manuel González ningún otro presidente volvió a residir en Palacio Nacional.

Porfirio Díaz rehabilitó el castillo, pero lo ocupaba exclusivamente durante la época del verano; el resto del año disfrutaba de la comodidad de su domicilio particular, localizado en la calle de Cadena 8 —actualmente Venustiano Carranza—, a unas cuadras de Palacio Nacional.

Madero no tenía casa propia en la Ciudad de México, en ocasiones se quedaba en la de sus padres, en la calle de Berlín, en la colonia Juárez, por eso decidió ocupar el castillo de Chapultepec; Carranz en cambio, no prestó atención ni al castillo ni al palacio, prefirió arrendar una casona porfiriana en la calle de Lerma 35.

Los sonorenses, Obregón y Calles, le sacaron provecho al castillo y desde lo alto del cerro del chapulín, acabaron con sus enemigos políticos.

Al comenzar la década de 1930 no existía una residencia oficial propiamente. Con la llegada de Lázaro Cárdenas al poder la situación cambió. En vísperas de su toma de posesión, el 30 de noviembre de 1934, el general escribió en sus Apuntes: “Determiné no vivir en el Castillo de Chapultepec que ha venido sirviendo de residencia al presidente de la República, para que el público pueda visitarlo con toda libertad”. Y entonces habilitó el rancho La Hormiga para que a partir de ese momento sirviera como residencia oficial del gobernante en turno.

Sigo pensando que haber dejado la residencia oficial de Los Pinos es un error, nuestro amado líder pudo vivir ahí tan austeramente como hubiera querido, sin gastar en reacondicionar Los Pinos ni gastar en acondicionar Palacio Nacional, pero los fuegos de artificio son muy buenos a la hora de gobernar.

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/CR

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