¡Clasemedieros del mundo, uníos!

¡Clasemedieros del mundo, uníos!

En teoría todos los habitantes de este país somos el pueblo mexicano o alguna vez lo fuimos. Hoy ya no. Desde hace tiempo triunfó la retórica del pueblo bueno, sabio y justo que lucha contra todo y contra todos: la mafia del poder, los fifís, la clase media aspiracional, individualista, neoliberal y todo lo que gusten agregar.

▶ Todos los gobernantes desde que México es independiente (1821) han hablado por el pueblo, en nombre del pueblo, a favor del pueblo: lo mismo Iturbide que Guadalupe Victoria, Juárez y Maximiliano, Porfirio Díaz y Madero, Cárdenas y Alemán, Peña Nieto y López Obrador. Y todos lo han hecho del mismo modo: con unas caricias de paternalismo tan reconfortantes que ya las quisiera mi perro.

Pero lo paradójico es que todos los gobernantes desde 1821 han ejercido el poder al más puro estilo del despotismo ilustrado: “para el pueblo pero sin el pueblo”. No deja de llamar la atención que la apertura de la otrora residencia oficial fuera equiparada con la toma de la Bastilla bajo la máxima de “el pueblo al poder”.

Y lo cierto es que eso —y visitar el castillo de Chapultepec o Palacio Nacional— es lo más cerca que el pueblo estará del poder. Esta idea —el pueblo al poder- la insertó la historia oficial en la conciencia colectiva. Durante décadas funcionó mostrarle al pueblo su propia versión heroica, luchando por sus derechos, por sus libertades, derramando su sangre y sacrificándose en aras de la patria.

Sin embargo, es un hecho que en las llamadas grandes transformaciones de nuestra historia, la mayor parte de la sociedad no participó; a veces ni siquiera se enteró de lo que estaba sucediendo. La independencia, la reforma y la revolución fueron organizadas y encabezadas por minorías rectoras, a las que se sumó apenas un mínimo porcentaje del pueblo al que desde luego hay que reconocerle que se la rifó, peleó y murió por defender causas que si bien triunfaron, más temprano que tarde los olvidaron.

La historia oficial polarizó a la sociedad desde el momento en que planteó el pasado bajo la lógica de “conmigo o contra mí”, y el conmigo eran las causas de los vencedores, que en la mayoría de los casos eran legítimas y justas, aunque luego se encargaron de distorsionarlas con todo éxito; pero cualquier posibilidad de crítica siempre ha sido vista casi como traición a la patria. La historia oficial también se echó otra perlita: solo quien ha sido pobre, desposeído o marginado tiene la estatura moral para ser líder, caudillo o encabezar un movimiento social.

Y esta idea prevalece en la retórica del pueblo bueno que considera reprobable que la clase media guste de endeudarse a meses sin intereses para comprarse un iPhone; que llene los centros comerciales en el Buen Fin, que se queje de las setenta y cinco mil manifestaciones al año que ocurren en la Ciudad de México o que sea egoístamente aspiracional.

Curiosamente, las grandes causas han sido encabezadas por clasemedieros — incluida la cuarta transformación—. La independencia fue iniciada por Hidalgo y Allende y terminada por Iturbide y Guerrero: los tres primeros eran los clasemedieros de entonces, criollos hechos y derechos; sólo Guerrero hubiera calificado en la retórica actual. Durante la guerra de Reforma, con excepción de Juárez que sí padeció el infierno de la miseria, Ocampo, Prieto, Iglesias, Lerdo, así como varios de los principales generales, pertenecían a la clase media de entonces, eran abogados, médicos, periodistas, escritores, comerciantes, rancheros. Y en la revolución, con excepción de Madero, que era hacendado, sus más cercanos colaboradores también eran representantes de la clase media —incluso Zapata. A todos estos personajes, de clase media, los une un tema completamente aspiracional: la movilidad social y por eso encabezaron las tres grandes transformaciones de nuestra historia.



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