¿Nuevamente ciudadanos imaginarios?

¿Nuevamente ciudadanos imaginarios?

El viernes tuve el gusto de asistir a la presentación del nuevo libro del profesor Fernando Escalante en la FIL de Guadalajara. El libro se llama Retrato de grupo con credencial de elector: Imágenes de la democracia 2006, 2009, 2012.

Escalante, profesor del Colegio de México reflexiona sobre la memoria gráfica de las elecciones federales que recopila el INE. Con el análisis de las fotografías de las jornadas electorales, articula una propuesta de significados inesperados para imágenes frecuentes. Algunas tan explotadas como las de una mujer indígena depositando su voto en la urna, o bien, funcionarios de casilla cumpliendo su deber a pesar del clima adverso en la lluvia.

Esa imagen épica de la transición corresponde con lo que Escalante llama “el optimismo democrático” de la década de 1990. En ese momento, México estaba ilusionado con la construcción de un organismo público autónomo para garantizar la imparcialidad en el conteo de los votos y la transparencia en la selección de la ubicación de casillas, entre otras cosas. Había un entusiasmo desmesurado en torno a las cualidades que se le atribuían al ciudadano patriota, trabajador, civilizado y dispuesto a servir.

Idealizado, el concepto de ciudadanía servía de receptáculo para todo. Era preciso “ciudadanizar” hasta el cansancio. El “optimismo democrático”, en la perspectiva de Escalante, fue excesivo y propició un desencanto en la misma proporción una vez que Vicente Fox llegó al poder. No obstante, ese optimismo resultó útil para el proceso de construcción institucional cuya herencia fue el IFE (hoy INE).

La primera década del siglo XXI dio origen a lo que Escalante califica como “pesimismo oligárquico”. Si antes se idealizó a la ciudadanía, ahora se le satanizaba. En el discurso de los medios de comunicación ya no se hablaba de los ciudadanos, sino de “los mexicanos.” Quienes eran depositarios de todo lo malo y por eso no funcionaba la democracia: corruptos, autoritarios, sucios, tramposos, poco respetuosos de la ley, enemigos del Estado de Derecho y un larguísimo etcétera. El pesimismo oligárquico no dejó ninguna institución valiosa. Hasta ahí, según entendí, el argumento de Escalante (simplifico por cuestiones de espacio).

El estudio cubre hasta 2012, así que le pregunté cómo llamaría la época actual, caracterizada por el uso recurrente de consultas populares. “¿Es una nueva versión del optimismo democrático?”, lo interrogué. “No”, respondió categórico. “El optimismo democrático hablaba centralmente de ciudadanos. El concepto dominante en nuestra época es el de pueblo. Es otra cosa que todavía no sabemos cómo se llama, pero es diferente”. Como de costumbre, Escalante tiene razón. Hasta donde yo alcanzo a ver, el ciudadano es un concepto jurídicamente identificable con derechos y obligaciones. Es decir, se mueve en el marco de la legalidad. El concepto de pueblo… no tanto.

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