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Entornos lunes 15 de julio de 2019 - 04:09


POR ÁNGELA BECERRA

No se esperaron a que se recuperara.

Una vez comprobada la inicial del nombre de Celsa, la nodriza que venía de Bello con el objetivo de salvar a Capitolina y de paso traer la cordura a la casa de los Mejía Echavarría, Conrado se tranquilizó y dio orden de ponerse manos a la obra. El llanto de su hija menor empezaba a enloquecerlo y estaba convencido de que debido a esa causa sus incontrolables manías se habían disparado.

La casa se revolucionó. Se oían gritos y pasos menudos que corrían y daban saltos. Las puertas se abrían y cerraban entre murmullos y risas infantiles.

Las otras hijas, al ser día de fiesta y vísperas de Navidad, estaban alborotadas con el acontecimiento. Su padre les había dicho que Dios había enviado a la persona que salvaría a su pequeña hermana y de paso a su triste madre, y ardían en deseos de conocerla.

Sería un gran regalo de Navidad.

Las sirvientas trajeron toallas, paños, jabón de tierra y una palangana esmaltada con su jarra de agua para que, antes de caminar por la casa y ensuciar los ajedrezados mármoles del piso, Celsa se limpiara los pies que llevaba embadurnados de barro del camino. Luego de pasar alcohol y desinfectar sus manos y pezones, los enjabonaron con el Extra le Chat –el jabón francés que les llegaba de Ecuador- y se los enjuagaron y secaron.

La misma Consolación se encargó de inspeccionar los pechos de la campesina y hasta se los pesó, poniéndolos en el platillo de bronce de la báscula que empleaba en la cocina, para constatar que estuvieran cargados de leche. Con esto Celsa se sintió más que humillada, pero no estaba en condiciones de protestar.

—Cuando la pequeña haya mamado, los volveremos a pesar— le advirtió la mujer sin ningún tipo de consideración.

A continuación puso sobre ellos un paño de dulceabrigo, que cubriría a la pequeña Capitolina cuando estuviera alimentándose, y la dejó a la espera.

Cinco minutos más tarde, la criada aparecía con una niña que gritaba desconsolada cubierta por una manta azul.

Mientras ello ocurría, afuera esperaba Conrado. Caminaba de un lado para otro tragándose a zancadas el salón. Fumando ansioso y compulsivo su Partagás, como si estuviese esperando a que fueran a darle la noticia de que iba a ser padre de un niño. Alejadas de él, sus otras hijas y una corte de sirvientas aguardaban entre cuchicheos y melindres.

A Celsa Julia le dio mucha tristeza ver a la pequeña desconocida. Un saquito de huesos —eso sí, envuelta en primorosos bordados— que gemía con un desgarrado lamento como jamás había escuchado.

Ella, que no estaba acostumbrada a que su niña llorara, cogió a la pequeña, la puso en su pecho y acariciando aquella desconocida cabecita de cabello rubio, le susurró al oído:

—Aquí tiene mi leche, niña. Por el amor de Dios, no la desprecie, que está calientica y dulce. Pruébela y verá.

Pero la pequeña se rehusaba a agarrarse.

Frente a ella, la criada no le quitaba los ojos de encima, supervisando lo que hacía y decía.

Celsa seguía suplicando:

—Si no lo hace por usted, hágalo por la Santísima Virgen, que es nuestra madre y la está viendo. O come o se muere. Y en esta tierra necesitamos angelitos así de lindos. Hágame caso…

Pero al ver que no se lo hacía, concluyó:

—Bueno, usted verá… La niña continuó con su llanto.

Celsa Julia miró a Consolación, que la vigilaba impertérrita con los brazos cruzados. Con aquel vestido negro parecía un cuervo a punto de caerle encima.

—No quiere —le dijo tímida.

—Insista, tiene que querer. Búsquese la manera, que para eso la contrataron.

Era un caso perdido. Por más que insistía en introducirle el pezón a la boquita más gritaba.

De pronto, como venida del cielo, a Celsa se le ocurrió la idea de que quizás acercando a su hijita a sus senos, la recién nacida la imitaría.

Bajo la atenta mirada de la criada mandona tomó a Betsabé, que dormitaba silenciosa en una cama, y la acercó a la recién nacida. Como su pequeña siempre prefería el pecho izquierdo, pensó que tal vez la niña rica también lo prefiriese, y se lo dio a probar. Pero, lentamente y casi a tientas, la recién nacida lo abandonó y movida por su olfato se fue arrimando de lleno al derecho. Y de él se aferró con hambre y comenzó a chupar sin parar, al tiempo que Betsabé se pegaba al izquierdo.

En ese instante el seno derecho de Celsa tuvo dueña: Capitolina Mejía Echavarría.

*Cortesía Editorial Planeta, 2019


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YC/CR

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