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A 30 años

A 30 años

Columnas viernes 15 de noviembre de 2019 - 01:48

El 9 de noviembre de 1989 caía, en medio de un sentimiento de libertad y unidad, el muro que dividía Berlín en la Alemania Oriental y la Occidental. Instantes después de que la comunista República Democrática Alemana (RDA) anunciara que se levantarían las restricciones de viaje para los alemanes orientales, multitudes salieron a las calles a derrumbar lo que hoy se conoce como el muro de la vergüenza. El muro de Berlín rodeó la cuidad alemana desde 1961 hasta 1989 en un intento por evitar que los alemanes orientales huyeran hacia occidente tras la Segunda Guerra Mundial donde países de occidente, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia por un lado y la Unión Soviética por el otro se dividieran el país.
Así, la Alemania de la URSS militarizó toda la frontera con Occidente con la construcción de un muro de hormigón de aproximadamente 43 kilómetros, 3.6 metros de altura, 302 torres de vigilancia y 55 mil dispositivos de minas terrestres. En los terrenos fronterizos, al menos 140 personas murieron por disparos o en accidentes fatales al intentar cruzar de oriente a occidente.
Hoy han transcurrido 30 años de aquel acontecimiento y las diferencias entre las dos Alemanias de entonces siguen siendo visibles: “el muro invisible que todavía divide Alemania”. Aunque a sus inicios, con una política de nacionalización y planificación económica, la RDA logró cierto desarrollo industrial después de la guerra con generación de empleos, mejores niveles en educación y salud, el nivel de desarrollo de la parte occidental fue superior, en gran parte gracias al impulso económico que generó el Plan Marshall y el dinero proveniente de Estados Unidos.
Desde la reunificación del país, casi 4 millones de alemanes han migrado al oeste del país en busca de oportunidades profesionales ya que hoy en día todavía existe un mayor impacto económico en el occidente con mejores salarios y niveles de vida. Sin embargo, algunos alemanes migrantes aún siguen asumiéndose como alemanes de segunda clase y resultándoles un tanto difícil adecuarse a la vida del occidente. Hoy, después de 30 años, seguimos sin darnos cuenta de que los muros que separan pueblos no generar beneficio alguno sino todo lo contrario. Que sería hoy de Alemania y de Europa en su conjunto si aquel muro no hubiese sido construido o si se hubiese derrumbado mucho antes.
Sin duda, la libertad de acción y de expresión es la clave a todo mal y así aprovecho para despedirme. Esta es mi contribución número 59 y la última después de más de un año colaborando en este medio de comunicación. Agradezco a los lectores que, semana tras semana, se tomaron el tiempo para leer mis columnas y al equipo de Contra Réplica por la oportunidad y privilegio de hacer visible mi voz. ¡Hasta pronto!

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/CR

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