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Abducted in plain sight

Abducted in plain sight

Columnas jueves 11 de julio de 2019 - 04:27


En una de la clases del curso sobre montaje y lenguaje cinematográfico que tomé en la Cineteca Nacional —hace algunos años—, el profesor Sigfrido Barjau nos comentó algo bien interesante sobre el cine: “el cine no retrata la realidad, nunca, ni siquiera el documental”, fue tajante.

El cine cuenta historias, incluyendo el género documental, y el punto de esto es cómo contar esa historia. Un documental podrá contar una historia, un momento, una vivencia, pero no significa que sea una realidad y una verdad absoluta; el enfoque de cada persona suele ser distinto, incluso relatando la misma vivencia.

En los últimos meses se ha provocado un revuelo en redes sociales por el estreno en Netflix del documental Abducted in plain sight, de la directora Skye Borgaman, que nos cuenta la historia de la familia Borberg conformada por Bob y Mary Ann, y sus hijas Susan, Karen y Jan. Familia americana instalada en los suburbios de Pocatello, California. En los años setentas esta familia conoció a Robert Berchtold y a su familia, nuevos vecinos y aparentemente muyamistosos, lo que no sabían era que Berchtold era un depredador sexual el cual terminaría secuestrando a Jan —la hija mayor de los Borberg— alegando ante ella que todo era un plan alienígena, que de ella dependía el futuro de la raza humana, y que para que nada malo le sucediera a sus padres ella debía tener relaciones sexuales con Berchtold.

Evidentemente todo eran invenciones y un plan meticulosamente armado para satisfacer sus perversiones sexuales; tan es así que Berchtold previendo los futuros problemas legales que conllevaría el secuestro de la menor, decidió mantener encuentros sexuales con ambos padres de Jan, para después chantajearles con exponerlos al escrutinio público.

Todo esto narrado de primera mano, Jan, sus padres, sus hermanas y los policías investigadores que en aquellos años se encargaron de llevar el caso.

El documental lastimosamente tiene algunas fallas, y no llega a la calidad cinematográfica a la que por ejemplo si llegan los trabajos del director Andrew Jarecki (Capturing de friedmans 2003) el cual ha demostrado inteligencia para llevar temas tan escabrosos a la pantalla grande sin limitarse a dejar correr la cámara; caso contrario el de Skye Borgman, quien solo se limita a dejar que los entrevistados hablen y expulsen sus penas como método de expiación sin indagar más allá, ya sea por temor o incomodidad a las posibles respuestas que obtenga.

Si bien es cierto que el valor cinematográfico es mínimo y que un mejor documentalista podría haber logrado mucho más con esta historia, no podemos negar que lo que se nos cuenta es potente, incómodo, desgarrador e indignante y que después de terminarse el documental uno queda con más dudas que respuestas, pero sobre todo con la latente pregunta ¿en verdad alguien puede ser tan inocente? o tal vez la palabra no sea inocente.


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/CR

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