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Ahora imagino cosas, de Julian Herbert

Ahora imagino cosas, de Julian Herbert

Columnas miércoles 30 de octubre de 2019 - 04:00

El lector que esté convencido de que un libro debe ser el patético reflejo de una existencia miserable, el aficionado a subrayar con lápiz rojo las frases lapidarias de los protagonistas doblegados por el tedio de los días o, al revés, quien busque en las páginas de una obra construida a partir de enunciados complicados las historias anodinas que podría obtener -más rápido y de primera mano-llamando a la puerta de su vecino más lenguaraz para que se las cuente con pelos y señales, mejor sería que no leyera Ahora imagino cosas, de Julián Herbert.

Y mejor que no lo haga porque este pequeño libro —apenas supera las 150 páginas— no ofrece mayores complicaciones al momento de su lectura.

A pesar de que muchos críticos literarios suelen reprochar a los escritores que no le pongan obstáculos o piedritas en el camino a los espectadores, para hacer la obra “más artística, más emocionante”, las ocho narraciones que integran el nuevo libro de Herbert ofrecen justo lo contrario a lo que dicta esa pauta: una prosa económica y sin decorados ampulosos. Cosa que, en mi caso, debo celebrarle al autor porque algunos de sus libros anteriores —Canción de tumba y La casa del dolor ajeno— me repelieron debido precisamente al farrago que las anegaba.

Es posible que ciertos lectores inconformes y rezongones —esos que suelen sentir la incómoda presencia de una mosca zumbona detrás de la oreja, temiendo que cualquier ilusionista literario aparezca con una obra de poca monta para tomarles el pelo— lleguen a pensar que Herbert los está embaucando.

Pero no es así. Lo que ocurre es que el escritor acapulqueño ha logrado construir —no sin antes ofrecerle al público un par de libros soporíferamente melodramáticos o anodinos hasta rozar la chabacanería: Soldados muertos y Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino— un estilo tan sobrio y escueto que apenas necesita recurrir a las metáforas y las imágenes más estrictas. Y eso que el tipo, además, es un poeta de muy buen calado.

Estos artefactos narrativos —y me obligo a llamarlos así porque están montados sobre un armazón misceláneo que combina eficazmente episodios taimadamente autobiográficos, referencias musicales, sucesos faranduleros y hasta pequeños informes periodísticos— podrían ser considerados cuentos, crónicas o pequeñas postales panorámicas que se encuentran edificados sobre un montaje literario, dicho esto en el mejor sentido del término.

Leí los episodios de este libro yendo de pie en una travesía en metro (y en formato electrónico debido a que no pude encontrarlo en papel, que es como a mí mejor me gusta leer, en la mesa de novedades de ninguna librería). Y quizá por eso me pareció un texto que, debido al lenguaje simple —y muchas veces procaz— que anima sus párrafos, puede resultar ideal para amenizar un trayecto en metro, dicho esto sin ninguna clase de desdoro, sino al contrario: Ahora imagino cosas me parece, en el mejor de los casos, una obra para los proverbiales lectores de a pie.

Cabe decir que no es un gran libro, al menos como habitualmente solemos entender esta frase. Pero no lo es porque nada se aleja más de su propósito. Su mecanismo produce sorpresa, no admiración. Estamos, simple y llanamente, frente a una trama intrigante que le sirve muy bien a Herbert para ir desplegando un catálogo de personajes pintorescos que se mueven con gran soltura y desparpajo.

Ahora imagino cosas es una novela escrita con el talento de un narrador que ha logrado apropiarse de un estilo que lo ha colocado entre los mejores prosistas de su generación, dicho esto con el rubor de quien sólo está consignando un fraseo que ya se ha repetido suficiente.

Ahora imagino cosas es, ya para terminar la digresión, un excelente pasatiempo, y que, a fin de cuentas, es lo que siempre ha sido la buena literatura: un gozoso esparcimiento que, al menos durante unos instantes, logra rescatar a los lectores de ciertos hastíos cotidianos.


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/CR

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