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"Antes de que rapten a una mujer, tiene que haber violencia en la educación varonil

Entornos lunes 12 de agosto de 2019 - 03:45


POR MARTHA ROJAS

En el pequeño Chapotán, un poblado enclavado en la sierra limítrofe entre los estados de Durango y Sonora, dos cosas son incuestionables: el hombre manda en la casa y la única salida a la pobreza es volverse narco o emigrar al Gabacho. En ese pequeño lugar, que no es más que un microcosmos del gran universo que es el norte del país, una joven es raptada por dos narcotraficantes ante el pasmoso silencio de una familia y un niño de nueve años.

▶ Más de 30 años después, ese niño convertido en el narrador y crítico literario Geney Beltrán Félix regresa a los recovecos de su memoria infantil para saldar una deuda personal con una de las miles de víctimas de la violencia machista y el narcotráfico.

Adiós, Tomasa (Alfaguara 2019) es una novela triste, pero también un acto de reivindicación y de denuncia ante la vorágine de una violencia interiorizada en el lenguaje.

Es también un relato fidedigno acerca de las contrariedades sociales que emanan de la desigualdad y de la deuda pendiente del Estado con las víctimas.

Esta historia real que se vale de la ficción para denunciar las complejidades de la realidad aspira —como pretende la literatura— a confrontarlo a usted querido lector con esas violencias que nos desgarran por dentro y que se manifiestan afuera. Adiós, Tomasa, una novela triste…

Es un libro muy personal, tenía un aspecto doloroso, pero también catártico porque Tomasa fue una persona que sí existió, a la que mi familia y yo quisimos mucho y que desapareció sin que volviéramos a saber de ella, cuando yo tenía nueve años.

Escribirla era una deuda pendiente y me interesaba recuperar ese cuadro de la violencia machista, de lo que está detrás de un rapto y una violación. Es algo más complejo que el sólo hecho de llevársela. Es todo un microcosmos de ese pueblo en donde es perfectamente natural robarse a una joven, donde no hay un aparato de justicia, ni una ley ni un código moral que lo impida.

¿Todos los personajes son reales?

No, hay mucha ficción. Utilizo algunos elementos de mi infancia, de lo que le sucedió a mi familia y a otras personas del pueblo, porque Chapotán sí existe.

Hay algunas emociones que experimentan los personajes y que yo no he vivido.

Para mí fue un reto construir personajes desde sus mundos sensibles, desde sus emociones, quiebres e impotencias pero quise ser fiel al lenguaje que usan en Chapotán. Releí autoras mexicanas e hispanoamericanas que me ilustraron mucho y me acercaron a la sensibilidad de lo que a veces los varones no incluimos en las narraciones, y esto me permitió abordar las sensibilidades femeninas. Yo quería hacer una novela andrógina así que Flavio, el niño, el narrador, es ese personaje que está en medio de dos mundos. Por una parte el de su mamá que transcurre en la cocina y es ayudada por Tomasa y el de los abarrotes, una tienda que funge como una atalaya desde la que Flavio observa.

Aunque él es varón y la expectativa es que responda a las conductas de un macho, por dentro se identifica más con su mamá que sufre las infidelidades de su padre. Se siente identificado, como una víctima de esa desconsideración.

Hay una frase que marca la dinámica de los hombres en la novela: “Los hombre no lloran, namás pujan” Es un acto brutal e inhumano decirle a un niño varón que no puede llorar porque no puede liberar las emociones que lo lastiman sin que sea visto como un “maricón” o un sinónimo de debilidad. Un niño que quiere vestirse de mujer es objeto de desprecio y burla y es difícil salir de esa visión. No sólo en los pueblos, en las grandes capas de la sociedad sigue esa visión incluso en personas con cierta preparación. Estos roles de comportamiento se transmiten desde la familia. Ante eso es muy difícil hacer algo, pero esa es una aspiración de la literatura: confrontar al lector y dejar que llegue a cuestionamientos personales.

¿Cuál es la relación entre el narcotráfico y el machismo?

Los que se dedican al trasiego de la droga son la manifestación de una violencia posible, del poder que viene de una práctica a la que muchos aspiran. Dedicarse a sembrar mariguana es mucho más rentable que sembrar maíz y forma parte de un fenómeno progresivo que ejerce presión para que se respete el poder del narcotraficante. Como una manifestación extrema del capitalismo, el narco parte de que lo que importa es el dinero y que si los cuerpos son utilizables no importa traficarlos, asesinarlos o violarlos.

Eso mismo se sustenta en una gran desigualdad y en la ausencia de un Estado que tiene un deuda pendiente con el campo y con las víctimas de esta violencia.

A qué te refieres con la violencia del lenguaje Antes de que rapten a una muchacha tuvo que haber una violencia en la educación y sensibilidad de los varones. Tuvo que haber una educación machista que se transmite y refuerza en la palabra, que obliga a pensar el mundo desde esa palabra. Creo que es fundamental exhibir esa violencia verbal, observar que no son fenómenos aislados sino que la violencia de la palabra es el antecedente de la violencia en los hechos, puesto que legitima al varón con un derecho natural a agredir a una mujer porque infiere que ser
mujer es ser inferior. Bajo la óptica del sistema patriarcal en el que Chapotán está inmerso la realidad funciona así y el único camino para salir de ello es volverse narcotraficante o emigrar a los Estados Unidos. Porque se piensa que como mi pueblo es un lugar de pobreza la única forma de salir de eso es irse a los EU, comprarse una camioneta que al regreso se presume a los vecinos, pero la explotación laboral en Oregón o Idaho; la brutalidad de la migra no forman parte de la leyenda americana. Lo gringo es asumido como naturalmente superior y eso va de la mano con lo que es la imagen de autodenigración de lo propio. Hay una dualidad de despecho y admiración por lo gringo que va de la mano con la desconfianza ante lo gringo que no responde al universo de masculinidad del mexicano.

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YC/CR

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