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Apolo 11

Apolo 11

Columnas jueves 18 de julio de 2019 - 01:48


En 1902 George Méliès estrenaba uno de sus más afamados cortometrajes: El viaje a la luna, en donde un grupo de sabios lograban llegar a la luna por medio de un cohete con forma de bala expulsado de un cañón; la fantasía reinaba y la luna tenía ojos y boca y las nubes estaban por encima de ella. Hermosa ficción que evidenciaba las ganas del ser humano de imaginarse en otros planos.

Pero hubo un día en que el sueño y la fantasía dieron un paso, un pequeño paso, y miles de soñadores miraron al cielo, y a la televisión, y la humanidad entera se detuvo para ver cómo tres hombres se dirigían más allá de la atmósfera terrestre retando a su naturaleza misma. Se logró y ese logro es relatado por Todd Douglas Miller en Apolo 11, quien a base de imágenes de archivo originales de los momentos previos y del día a día del alunizaje y el retorno de los viajeros espaciales, cuenta todo lo que estuvo detrás del famoso alunizaje. La mayoría de estas imágenes nunca habían salido a la luz.

El trabajo de Miller es impresionante y demuestra maestría a la hora de montar lo que bien pudo haber terminado como un mero documental educacional, dejando claro que una gran historia debe estar contada por un gran cineasta. No hay voz en off, no hay entrevistas, nadie nos dice a donde mirar, el propio documental se cuenta solo. Una proeza documental que uno debe ver si o sí.

Al término del visionado uno deja la sala con una mezcla de emociones: esperanza y melancolía. Pero también con dudas: "¿En qué fallamos? ¿Que hicimos mal? ¿a dónde se fueron esos sueños y por qué se trasformaron en ambiciones?, en el aire quedó el discurso esperanzador y grandilocuente de Nixon, y por ello prefiero cerrar con las palabras de Bradbury en sus Crónicas Marcianas: “Sabían vivir en contacto con la naturaleza (Los marcianos), comprendían la naturaleza, no trataron de ser solo hombres y no animales. Cuando apareció Darwin cometimos ese error. Lo recibimos con los brazos abiertos y también a Huxley y a Freud, deshaciéndonos en sonrisas. Después descubrimos que no era posible conciliar las teorías de Darwin con nuestras religiones, o por lo menos así pensamos. Fuimos unos estúpidos. Quisimos derribar a Darwin, Huxley y a Freud. Pero eran inconmovibles. Y entonces, como unos idiotas, intentamos destruir la religión. »Lo conseguimos bastante bien. Perdimos nuestra fe y empezamos a preguntarnospara qué vivíamos. Si el arte no era más que la derivación de un deseo frustrado, si la religión no era más que un engaño, ¿para qué la vida? La fe había explicado siempre todas las cosas.

Luego todo se fue por el vertedero, junto con Freud y Darwin. Fuimos y somos todavía un pueblo extraviado”

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/CR

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