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Are you kidding me?
Are you kidding me?

Entornos viernes 26 de abril de 2019 - 04:41


POR PEDRO ZAVALA

Raymond, nuestro chofer de Uber, se queda dormido por momentos en el freeway. Voy a morir, escribo en mi iPhone mientras avanzamos.

Después de algunos minutos llegamos al túnel debajo del Parque Klyde Warren. Lo imagino bajo las estrellas solitarias de Texas. Recuerdo las tardes en el parque, entre niños y adultos deambulando sobre el pasto: escucho de nuevo sus gritos al patear un balón de futbol americano.

La luz de la luna está sobre nosotros. Llegamos a la estación de Greyhound en el centro de Dallas. A un lado de edificios altos y solitarios que custodian centros de negocios y oficinas corporativas. Son las 3 a.m. Nos dirigimos hacia Conroe, Texas. Es invierno.

Tenemos frío. Compramos los boletos con descuento a través del sitio web de la compañía. Tiene más de una semana que en los negocios de Dallas dejamos de interactuar con expendedores humanos. En la televisión incluso existe un comercial. En él se muestran las ventajas de evadir el trato frente a frente.

La estación de autobuses está llena de mexicanos y negros que cargan la batería de sus teléfonos en los contactos que encuentran en las paredes o al lado de botes de basura. Esperan pacientes a que pequeñas barras digitales crezcan en las pantallas de sus aparatos.

Aguardamos atentos a que anuncien nuestra salida. Frente a nosotros una pareja de mujeres mexicanas, madre e hija, en pijama, acomodan montones de ropa del shopping en sus maletas.

—Hurry up, mija.

—Voy al baño —digo.

—No te tardes. No quiero estar sola ¾responde Cecilia.

Cuando salgo del baño compro un café en la pequeña tienda al interior de la estación. Le doy un sorbo y pienso que es lo peor que he probado durante la semana: agua amarga con un toque de cloro, pero está caliente y eso es lo importante ahora.

—Todo está cerca — dice Cecilia.

—¿Cerca?

—¿Te gustó el tour de matutino?

Pienso en las palabras cerca y tour. Quedo en silencio. Estamos en el centro de Dallas. A algunas cuadras de Dealy Plaza y del Museo del Sexto Piso. Cerca de la curva fatídica del West End.

Pienso en la novela Libra de Don Delillo y en sus personajes atormentados, siempre en conflicto. Durante la tarde tomé una foto del lugar específico en donde asesinaron a Kennedy. Una X en blanco marca el sitio en donde la cabeza del presidente explota en pedazos de cráneo y cerebro. Imagino a los hombres, mujeres y niños corriendo por las calles y césped.

Nos llaman. Necesitamos formarnos antes de abordar. Me distraigo en el logotipo de la empresa. Un galgo a la mitad de una carrera sin fin. ¿Trabajo constante y producción infinita? You know what I mean.

En la línea y frente a nosotros, tres negros enormes escuchan música en sus Beats plateados, gigantes. Imagino que son jugadores de la NBA antes de salir a la duela a entrenar algunos tiros y volcadas. Reculo. Imagino que son matones a sueldo de camino a desollar a alguna de sus víctimas en un pueblo vecino.

Mueven las cabezas al ritmo de las canciones que brotan de los audífonos. Uno de ellos guiña un ojo y sonríe a Cecilia. Nosotros nos miramos, reímos, para después callar.

En el pasillo miramos a los autobuses detrás de un ventanal. Tengo sueño. No he dormido mucho para salir a tiempo por miedo a perder el bus. Imagino que nos darán algún lunch, agua o soda. Avanzamos por fin y esto no sucede. Un hombre revisa nuestros pasajes y listo: There you go.

La mayoría de los asientos están ocupados. Hay que tomar el primero que esté libre. No quedan lugares contiguos. Cecilia se sienta en el primer sitio que encuentra vacío, junto a un viejo con una gorra de camionero y una chamarra de The North Face. Me mira con sus ojos grandes y levanta los hombros. Ya qué.

—Sólo queda un lugar allá atrás, next to the bathroom where smells like shit —digo y las mujeres alrededor me miran con desprecio.

El autobús sale de la estación. La luna pinta las fachadas de los edificios negros y tristes. Las luces al interior del vehículo se apagan. Pienso en el rostro de Cecilia por un momento. What the fuck is she gonna do?

Miro mi perfil de Instagram. La luz del iPhone ilumina mi rostro. Doy like a algunas de las imágenes de mi timeline. Comento un par de fotos de amigos en la Ciudad de México, Nueva York y Tokyo, mientras escucho el ronquido de mi compañero de viaje. Me enchufo a los audífonos y escucho a Midlake: The Trials of Van Occupanther. Cierro los ojos. Comienzo a dormir.

El autobús para con un movimiento brusco. Estamos a la mitad de la carretera desierta. Me quito los audífonos y en la oscuridad escucho los gritos de un hombre. Las luces interiores se encienden e iluminan los rostros de los pasajeros.

—Are you kidding me, nigger? Are you kidding me? Fuck!— grita como endemoniado, a algunos asientos delante de mi.

No sé qué sucede. No conozco el motivo del pleito o enojo en turno. En el exterior no hay nada más, salvo el rostro pálido de la luna y una carretera solitaria. Quiero levantarme y mirar de cerca.

—Are you kidding me?— insiste el hombre en frenesí.

El chofer del autobús, un viejo blanco, de cabello y bigote encanecidos sale de su lugar y camina por el pasillo.

—Hey! What´s going on?

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IM/CR

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