Arthur C. Clarke y la altanería científica

Arthur C. Clarke y la altanería científica

Columnas miércoles 21 de agosto de 2019 - 02:03


El escritor británico Arthur C. Clarke estuvo persuadido de que existía vida extraterrestre y mucho más inteligente que la raza humana. A lo largo y ancho de su obra —desde su relato inaugural A la caída de la noche hasta su última novela Profeta de la era espacial— el autor insistió en la existencia de mentes superiores que, desde fuera de nuestra galaxia, siempre habían estado presentes.

Desde pequeño, Arthur Charles Clarke (1917−2008) mostró una gran fascinación por la lectura y, en particular, por los temas científicos. Además de revistas de ciencia, el pequeño sacaba libros de la biblioteca de Minehead —la minúscula ciudad costera donde nació y pasó su infancia— y, debido a ello, solía despertar la cólera del bibliotecario “eligiendo tomos de contenido cuestionable”. Sus padres, al notar la enorme atracción que su hijo tenía por los temas astronómicos y el gran influjo que sentía por la Luna, decidieron hacer un esfuerzo para comprarle un telescopio de segunda mano con tal de que el niño se solazara mirando de aquel cuerpo celeste del que, al parecer, lo aprendió todo.

Sus padres, además de la casa estilo eduardiano en la que vivían, carecían de una cómoda posición social. Las riñas familiares, el hambre y la lucha por conseguir dinero fueron la amarga escuela donde el futuro inventor, explorador submarino y presentador de series de televisión aprendería sus primeras —y amargas— lecciones.

Contrario a lo que pudiera pensarse, aquellas criaturas estranguladas por la violencia y la pobreza no amilanaron el ánimo del muchacho. Al contrario: de esos dramas —la madre pasiva, el padre irascible, los hermanos atemorizados y perplejos— obtendría el potente material de algunas de sus obras más destacadas: El fin de la infancia, El martillo de Dios y los Relatos de diez mundos. En todo caso, para Clarke, como para Sófocles, las grandes historias se cocinaban en el caldero familiar.

En 1934, cuando aún era adolescente, Arthur se unió a la Sociedad Interplanetaria Británica, y en 1936, terminados sus estudios secundarios, se fue a vivir a Londres.

Aunque en varias ocasiones afirmó ser “un amante de la ciencia” y no ser “ningún supersticioso, como la mayoría de los imbéciles que anegaban el mundo”, el color azul tuvo para él —como para Joyce— el valor de un talismán. No es casualidad que varias portadas de sus libros y su vestimenta fueran, casi siempre, del mismo tono.

Aunque compartió con H. G. Wells la pasión por las invenciones fantásticas, no es cierto que el escritor y filósofo londinense fuera su primera y más importante influencia. En realidad, el autor de La ciudad y las estrellas no recibió sus primeros influjos de la literatura, sino de la lectura de tarjetas de cigarrillos que incluían datos curiosos sobre dinosaurios.

No es coincidencia que muchas de sus novelas —Preludio al espacio, Cánticos de la lejana Tierra o El último teorema— estén plegadas de largas y soporíferas descripciones donde el autor se entretiene hablando de metamorfismo dinámico, organismos paleobiológicos, como si fuera un experimentado paleontólogo. Por aquí y por allá, se le imponen al lector terminajos como oxidorreducción, recristalización, cementación, litificación o mineralización. Hay amantes de su obra que, emocionados ante el enorme vademécum de vocablos fosilíferos que despliega ante sus ojos, han llegado a considerarlo realmente un experto en biocronología y tafonomía. Pero jamás lo fue. La verdad es que Clarke fue un taumaturgo que, en un medio literario donde imperaban los ignorantes en temas científicos, se dio vuelo escribiendo sobre asuntos que conocía moderadamente.

Como tantos otros autores, el tipo se apoyaba en sus cuentos y novelas para filtrar cavilaciones sobre mundos hipotéticos donde el futuro, según él, “alcanzaría su más alto desarrollo” y “sería siempre mejor”.

Pero Arthur no se conformó con hacer recreativas descripciones de sus mundos utópicos, también le gustaba lanzar vaticinios sobre el futuro, lo cual incluía divagaciones políticas, científicas, sociológicas y filosóficas.

Además de eso, al ateo Clarke le agradaba poner en boca de sus personajes críticas virulentas contra el deísmo: “Ignoro si existe Dios, pero sería mejor para su eterna, y siempre tambaleante, reputación que no fuera así”, nos dice el personaje principal en La ciudad y las estrellas.

A pesar de que leyó con enorme apetencia Amazing Stories y Urania, las novelas que más admiró fueron Último y primer hombre, de Olaf Stapledon y La conquista del espacio, de David Lasser, obras apocalípticas que narraban la historia de civilizaciones que, después de alcanzar su máximo progreso, retornaban al salvajismo más grosero.

Y es que, desde sus primeros relatos, el soberbio Clarke no deseaba que sus cuentos y sus novelas lindaran con la ciencia ficción: pretendían superarla.

En 1945, en un texto titulado Extraterrestrial Relays, Arthur describió que, a miles de kilómetros sobre la superficie terrestre, los satélites de comunicaciones —que aún no existían— deberían situarse de manera geoestacionaria, es decir: girando a la par de la Tierra.

Gracias a ello, ganó fama de científico clarividente y comenzó a recibir premios, becas y encomiendas científicas.

En el fondo, su literatura agorera —que una y otra vez vaticina el fin de la humanidad y presagia el colisionamiento de la Tierra— pretendía añadirle un rasgo más espeluznante a la miseria, al desastre emocional humano y a la desolación íntima.

En la célebre saga Odisea espacial —integrada por cuatro volúmenes: 2001: Una odisea espacial, Odisea dos, Odisea tres y Odisea final—, una vez más, la raza humana se encuentra en peligro de desaparecer por una amenaza alienígena. Para combatirlos, los héroes de Clarke no dudan en utilizar venenos químicos, armas biológicas y —para mejorarlos o salvarlos de su propia hecatombe— van, por aquí y por allá, soltando sus letales virus cibernéticos.

Prueba de ello, es El fin de la infancia, una novela donde el autor nos narra la historia de una “pacífica invasión extraterrestre”. La irrupción de los superseñores —así bautiza a la gelatinosa raza alienígena que, de buenas a primeras, irrumpe en la Tierra— no sólo pone punto final a todas las guerras, sino que, además, estos extraterrestres, encabezados por Karellen —un horripilante líder que es idéntico a un diablo con alas, cuernos y cola incluida— ayudan a la humanidad, (“ay, siempre estúpida y desbrujulada”, dice Clarke) a organizarse en un nuevo orden mundial, llevando el planeta a una utopía.

Pero, antes de eso, el buenazo Karellen desencadenará, ahí como no queriendo la cosa, un pequeño apocalipsis “para que los seres humanos puedan dar ese necesario —y, según Arthur, urgente— salto evolutivo”.

En el paroxismo de su locura utópica, Clarke nos relata que, una vez que cada niño pierda su “superflua alma biológica”, será capaz de dejar atrás la tiranía de la materia para alcanzar a las estrellas. Y, una vez que la tonta y retardada humanidad ha dejado de existir, Karellen podrá quedarse solo a cavilar con sus pensamientos. ¿Para qué? Bah, Clarke no se molesta en explicar ese tipo de nimiedades.

El libro —que, por cierto, fue el preferido por el agorero— está considerado como un clásico dentro de la literatura extraterrestre.
A diferencia de su contemporáneo Isaac Asimov para C. Clarke “la aventura literaria tenía que ser radical, pero gratuita”; es decir: sin trascendencia. Desde su punto de vista, un texto trascendente iría en contra de sus “auténticas aspiraciones científicas”. Debido a ello, el lector llegar a perder la paciencia con Clarke: su altanería científica, su narcisismo pedagógico y su afán de pasmar, llegan a empantanar muchos de sus textos.

Algunos de sus admiradores sostienen que fue una auténtico “profeta de la era espacial”. Lo cierto es que, en muchas ocasiones, montado tercamente en la nave de la divulgación científica, el autor se dedica a ofrecerle al lector un mero repaso didáctico que, por lo elemental y pueril, resulta aburrido.

Con tal de introducir sus ideas, a Clarke no le importó crear personajes inverosímiles que poseyeran dones como la telequinesis, la percepción extrasensorial y, si lo consideraba necesario, los paseaba en el lomo de inconcebibles dinosaurios robóticos.

En varias ocasiones, su estilo cayó en el regodeo y el caos conceptual, que sus partidarios llamarían exuberancia, y sus detractores: autocomplacencia arbitraria, nebulosa y sofocante.

Lo cierto es que Arthur C. Clarke —junto a Ray Bradbury, Isaac Asimov y Carl Sagan— es quizá uno de los autores que más seguidores —y epígonos— ha tenido en la ciencia ficción.

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/CR

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