Atenas, la ciudad En donde los mitos Emanan de las ruinas
Atenas, la ciudad En donde los mitos Emanan de las ruinas

miércoles 06 de Febrero de 2019


POR RICARDO LÓPEZ

Llegué a Grecia sin el espíritu itinerante de la mochila en la espalda, sin ambiciones de playa, en una de sus más de 2 mil islas, y sin demasiado apetito por naufragar en un vaso de aguardiente templado con miel y especias mediterráneas a los pies de la Acrópolis. Llegué, más bien, seducido por otros motivos que nada tienen que ver con los ocho años, tres meses y 18 días de Troika.

Llegué buscando una aventura semejante a la que tuvo el escritor británico Patrick Leigh-Fermour en Creta, donde comandó el secuestro de un general nazi en plena ocupación de la isla durante la guerra. También podría decirse que llegué buscando justicia para Alejandro Magno y la antigua Macedonia.

"Tienes que venir a Grecia", le dije a un buen amigo con el que comparto una extraña obsesión por los Balcanes. "Están en conflicto con Macedonia por la herencia de Alejandro". Tras el acuerdo de Prespa, Macedonia pasó a llamarse Macedonia del Norte, toda una afrenta para los habitantes de la Grecia septentrional, en Pella, la capital del conquistador más fascinante de su tiempo.

En medio del huracán político desatado por el inconmensurable legado cultural de Alejandro Magno, crucé el umbral del mundo antiguo en la gran Acrópolis de Atenas. Los Propileos, con un doble pórtico de ese mármol pentélico, que revela el esplendor de la arquitectura clasicista durante el Siglo de Pericles, fueron la antesala al Partenón, al templo de Erecteion, inmortalizado por la tribuna de las cariátides y al santuario de Atenea. El emplazamiento evoca tantos mitos que, ni siquiera el maquillaje de restauración amenaza su grandeza. Esa meseta caliza de 270 metros de longitud y 85 de anchura, elevada a 156 metros sobre el nivel del mar, transpira más historias de las que se hayan podido contar en cualquier redacción tras el boom de los teléfonos inteligentes y los periodistas artificiales.

Hacía el sur, la Grecia continental se desvanece en un acantilado que Homero describió en La Odisea como "el sacro promontorio de Atenas": el Cabo Sounion. Entre el azul centelleante del Egeo y el barniz de la puesta de sol sobre un templo hexástilo, períptido de orden dórico, se mitifica un atardecer, consagrado a Poseidón, capaz de quitarle al aliento al mismísimo Lord Byron, un helenófilo sin parangón que, abrumado por la atmósfera, profanó el lugar al grabar su nombre en una de las 16 columnas parcialmente restauradas que le sobreviven.

En dirección opuesta, colina arriba, la niebla conspirando en el Parnaso, presagia un encuentro histórico. Pese a que de la Vía Sacra, al templo de Apolo y el Oráculo apenas quedan ruinas y rocas desperdigadas, Delfos —certificada por Zeus como el ombligo del mundo en tiempos mitológicos— se sobrepone sin alardes a la erosión del tiempo y la memoria.

El yacimiento y el museo arqueológico ungido por la Esfinge de Naxos y el Auriga de bronce, son los últimos vestigios de un pasado hegemónico. Luego de una brevísima escala en Las termópilas del rey espartano Leónidas, más al norte está Kalambaka, un pueblo fantasmal con casas enroscadas en la montaña, restaurantes sin alma y tabernas que prometen más secretos que las capillas bizantinas. Es un pretexto para encontrarse con la leyenda de Meteora, donde los pináculos de piedra que coronan la llanura de Tesalia son consecuencia del esculpido espontáneo de un antiguo mar interior.

Se dice que los primeros monjes que habitaron la zona, tras el gran cisma del cristianismo entre católicos y ortodoxos, buscaron un lugar lo suficientemente alto y remoto para estar más cerca de Dios. Los seis monasterios empotrados en lo alto de las rocas que quedan en pie, tras el paso de la guerra y las ocupaciones, representan un espectáculo arquitectónico y espiritual sin precedente.

La melancolía que supone la vuelta a Atenas para tomar el avión a casa no hace más que confirmar que con Grecia, el mito de lo inabarcable queda siempre la sensación de no haber conocido casi nada. Toca partir, porque para volver primero hay que irse. Gracias por el paseo, Xavier Moret.

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