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Bartleby: El Usurpador Egoísta

Bartleby: El Usurpador Egoísta

Entornos jueves 01 de agosto de 2019 - 04:37


POR PEDRO ZAVALA CH.

Constantemente realizo una pregunta en las clases que imparto —soy profesor de filosofía y de creación literaria desde hace algún tiempo—.

Es la siguiente: ¿cómo te miras en veinte años? La mayoría de las respuestas las conocemos todos. El trabajo fijo, la empresa, la empresa familiar, la vida solventada, los ahorros, el departamento, la paternidad y la maternidad, los viajes, el perro y demás lugares comunes. Le siguen las respuestas en donde se habla de aspiraciones académicas y vidas fuera del país, trabajos voluntarios, servicios sociales, las humanidades y también las drogas. Siguen las respuestas de los aventureros, que en ocasiones rayan en detalles de paisajes de ensueño. Menos son las respuestas sinceras que hablan sobre el fracaso y casi nulas las que han dicho con sinceridad: en una tumba.

Lo anterior para decir que, en plena era de la meritocracia, la búsqueda por el éxito desmedido, del Instagram luego existo, de la vida acomodaticia, es recomendable salir al reencuentro de Bartleby, el escribiente. En esta novela, la presencia de temas como el egoísmo, la indiferencia, la renuncia y el fracaso parecerían ir en contra del entreprenurismo y de la imagen. Así, Melville nos recuerda en Bartleby el derecho, o al menos la posibilidad, de contaminar los ambientes de trabajo. Bartleby también es, desde mi punto de vista, una invitación a despertar ante la sempiterna posibilidad de molestar a nuestros vecinos, en el mundo de los desarrollos habitacionales y los espacios privatizados. Bartleby es, en pocas palabras, la agradable agresividad, el dulce atrevimiento del “voy a hacer lo que me venga en gana”. Muestra de un egoísmo justificado: ¿ejemplar o no? Preferiría no decirlo.

El Bartleby de Melville llegó al mundo hispanoparlante, traducido y prologado por el genio de Borges en el año de 1944, en la serie de publicaciones de Cuadernos de la Quimera. Aquella atrevida invitación a la lectura, por parte de la industria editorial argentina. Apareció por primera vez con una tapa roja y co palabras de Borges que lo ubican como inicio de un género profundizado posteriormente por Kafka. Así, nos apropiamos de esta novela corta: Bartleby the Scrivener. A Story of Wall Street. Su nombre ya nos da visos del Melville crítico del espíritu capitalista norteamericano y su carácter depredador. Del que ya en la célebre Moby Dick algunos especialistas nos han invitado a leer.

El autor Herman Melville (1819-1891) nació y murió en Nueva York. Fue empleado bancario, profesor rural, grumete, desertor, minero, escritor. Principalmente buscador de aventuras como marino, en donde invirtió gran parte de su juventud. Algunas de ellas, engrandecidas por su gran imaginación quedaron consignadas en obras como: Ommo, Redburn, Casaca Blanca, Moby Dick. Melville, proveniente de una familia rica venida a menos tras la muerte del padre, al mirar la quiebra de los negocios familiares. Fue el tercer hijo, segundo de los hombres. Escritor con poco éxito en vida, primero novelista y luego poeta, irritado la mayoría del tiempo en su edad adulta. Esto es, un furibundo en vida familiar, del que su esposa padeciera sus aflicciones mentales. Tuvo cuatro hijos. Uno se suicidó y otro desapareció sin dejar rastro alguno. Le sobrevivieron dos de ellos. Como dato extra, Moby (Richard Melville) músico y DJ manhattanita, vegano y budista forma parte de la genealogía.

Herman Melville, pues, es el autor de esta obra perfecta. Desde el punto de vista de la creación de personajes Bartleby es peculiar. Está lleno de preguntas, de una serie de actitudes que llevan a amarlo o detestarlo, así como de pequeños detalles que giran en torno a este personaje y refuerzan su grandeza: el arte deno querer hacer nada.

El narrador presenta a Bartleby de la siguiente forma en la obra: “En contestación a mi aviso, un joven inmóvil apareció una mañana en mi oficina; la puerta estaba abierta, pues era verano. Reveo esa figura: ¡pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada! Era Bartleby”.

Pulcritud pálida, decencia lamentable, soledad. Elementos suficientes para interesarnos por el pasado y presente de este personaje retraído. Si uno de los elementos para la creación de personajes está en dotarlos de vida interior compleja, humana, demasiado humana, en Bartleby encontramos la perfección de ello. Desde el primer momento deseamos conocer más. ¿Cuál será su itinerario?, uno se pregunta de inmediato.

De igual forma el personaje es consecuente con su lema: “preferiría no hacerlo”. Literariamente visto como el espíritu de la renuncia, de la aceptación del fracaso en el mundo. Así Bartleby es un adelantado a su tiempo. Pues aquellos tarde o temprano se convierten en compañeros de vida.

Finalmente cabe resaltar, que diversos son los especialistas en la obra que han visto en Bartleby, una especie de declaración final de un Melville, viejo, enfadado, ciego y en la ruina. Así, en el bicentenario de su nacimiento habrá que leer o releer de nuevo a Bartleby, para mirarnos en él como espejo. En el mundo del fast food, del fast forward, del fast shipping y demás, su importancia como el gran usurpador egoísta y de la importancia del fracaso son claves para entender el mundo y su vorágine por el hacer, el producir y el sobresalir. Tal vez, pienso, preferiríamos no hacerlo.


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YC/CR

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