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Borges conferencista
Borges conferencista

Columnas viernes 10 de mayo de 2019 - 02:56


“Tengo cerca de setenta años. He dedicado la mayor parte de mi vida a la literatura, y sólo puedo ofrecerles dudas.” Así inició el escritor argentino Jorge Luis Borges un curso sobre poesía en la Universidad de Harvard —en los años 1967 y 1968—, que daría forma al libro Arte poética. Seis conferencias, (Editorial Crítica, Barcelona, 2001). Presento aquí algunos fragmentos: El hecho central de mi vida ha sido la existencia de las palabras y la posibilidad de entretejer y transformar esas palabras en poesía. Al principio, ciertamente, yo sólo era un lector. Pero pienso que la felicidad del lector es mayor que la del escritor, pues el lector no tiene por qué sentir preocupaciones ni angustia: sólo aspira a la felicidad. Y la felicidad, cuando eres lector, es frecuente.

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[...] si tengo que definir la poesía y no las tengo todas conmigo, si no me siento demasiado seguro, digo algo como: “poesía es la expresión de la belleza por medio de palabras artísticamente entretejidas”. Esta definición podría valer para un diccionario o para un libro de texto, pero a nosotros nos parece poco convincente. Hay algo mucho más importante: algo que nos animaría no sólo a seguir ensayando la poesía, sino a disfrutarla y a sentir que lo sabemos todo sobre ella. Esto significa que sabemos qué es la poesía. Lo sabemos tan bien que no podemos definirla con otras palabras, como somos incapaces de definir el sabor del café, el color rojo o amarillo o el significado de la ira, el amor, el odio, el amanecer, el atardecer o el amor por nuestro país. Estas cosas están tan arraigadas en nosotros que sólo pueden ser expresadas por esos símbolos comunes que compartimos. ¿Y por qué habríamos de necesitar más palabras?

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Me figuro que una nación desarrolla las palabras que necesita. Esta observación, hecha por Chesterton (creo que en su libro sobre Watts), equivale a decir que la lengua no es, como el diccionario nos sugiere, un invento de académicos y filólogos. Antes bien, ha sido desarrollada a través del tiempo, a través de mucho tiempo, por campesinos, pescadores, cazadores y caballeros. No surge de las bibliotecas, sino de los campos, del mar, de los ríos, de la noche, del alba.

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He sospechado muchas veces que el significado es, en realidad, algo que se le añade al poema. Sé a ciencia cierta que sentimos la belleza de un poema antes incluso de empezar a pensar en el significado.

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Las metáforas no exigen ser creídas.
Lo que verdaderamente importa es que pensemos que responden a la emoción del escritor. Yo diría que con eso basta.

Por ejemplo, cuando Lugones escribió que la puesta de sol era “un violento pavo real verde, delirado en oro”, no hay que preocuparse por el parecido —o, mejor, falta de parecido— entre el ocaso y un pavo real. Lo importante es que se nos ha hecho sentir que Lugones, impresionado por el ocaso, necesitó esa metáfora para transmitirnos sus sensaciones. Esto es lo que yo entiendo por convicción en poesía.

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Ahora pienso que el estilo artificioso es un error, porque es un signo de vanidad, y el lector lo considera un signo de vanidad.
Si el lector piensa que tienes un defecto moral, no existe la más mínima razón para que te admire o te soporte.

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Creo que he alcanzado, si no cierta sabiduría, quizá cierto sentido común. Me considero un escritor. ¿Qué significa para mí ser escritor? Significa simplemente ser fiel a mi imaginación. Cuando escribo algo no me lo planteo como objetivamente verdadero (lo puramente verdadero es una trama de circunstancias y accidentes), sino como verdadero porque es fiel y algo más profundo. Cuando escribo un relato, lo escribo porque creo en él: no como uno cree en algo meramente histórico, sino, más bien, como uno cree en un sueño o una idea.

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Pienso que hay eternidad en la belleza; y esto, por supuesto, es lo que Keats tenía en mente cuando escribió “A thing of beauty is a joy forever” (“Lo bello es gozo para siempre”). Aceptamos este verso, y lo aceptamos como una especie de verdad, como una especie de fórmula. Alguna vez tengo el coraje y la esperanza suficientes para pensar que puede ser verdad: que, aunque todos los hombres escriben en el tiempo, envueltos en circunstancias y accidentes y frustraciones temporales, es posible alcanzar, de algún modo, un poco de belleza eterna.

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Si tuviera que aconsejar a algún escritor (y no creo que nadie lo necesite, pues cada uno debe aprender por sí mismo), yo le diría simplemente lo siguiente: lo invitaría a manosear lo menos posible su propia obra. No creo que retocar y retocar haga ningún bien. Llega un momento en que uno descubre sus posibilidades: su voz natural, su ritmo. No creo que ninguna corrección superficial resulte útil entonces.

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Cuando escribo algo, procuro no comprenderlo. No creo que la inteligencia tenga demasiada relación con el trabajo del escritor. Pienso que uno de los pecados de la literatura moderna es que tiene demasiada conciencia de sí misma. […] Cuando escribo (pero quizá yo no sea un buen ejemplo, sino sólo una terrible advertencia), intento olvidarlo todo sobre mí. Me olvido de mis circunstancias personales.

No intento, como alguna vez lo intenté, ser un “escritor suramericano”. Sólo intento transmitir el sueño. Y si el sueño es confuso (en mi caso, suele serlo), no intento embellecerlo, ni siquiera comprenderlo.

Quizá haya hecho bien, pues cada vez que leo un artículo sobre mí —y, no sé por qué, parece haber muchísima gente dedicándose precisamente a eso—, generalmente quedo sorprendido y muy agradecido por los profundos significados que descifran en esos más bien azarosos apuntes míos.

Evidentemente, les estoy agradecido, pues considero la literatura como una especie de colaboración. Es decir, el lector contribuye a la obra, enriquece el libro. Delia Juárez G. Editora y traductora.

Es autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir (2006); y de las antologías colectivas: Y sin embargo yo te amaba. 12 escritores interpretan a José José (2009), Mudanzas (2011), Anuncios clasificados (2013) y Así escribo. 53 escritores mexicanos y el misterio de la creación (2015).





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