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Brindis por José José

Brindis por José José

Columnas viernes 11 de octubre de 2019 - 03:52

José Rómulo Sosa Ortiz tuvo el tino de nacer en Clavería, colonia popular en una ciudad hecha de colonias populares. Salido del puebloque
se esconde en la mitad de una de las urbes más grandes del mundo, adquirió el nombre de José José hace ya cincuenta años por medio un disco homónimo. No obstante su incorporación al mundo de la farándula, obtuvo el título permanente de Príncipe de la Canción Mexicana tras su incomparable interpretación de El Triste en el Festival Mundial de la Canción Latina de 1970.

Su personaje, tan desmesurado como improbable en un país que ha hecho del canto su lenguaje paralelo, trasciende décadas de cantantes y canciones por las múltiples lecciones que dejó su música a la educación sentimental de México, país que lo seguirá escuchando para escucharse a sí mismo. Me detengo en este espacio en tres lecciones principales, a sabiendas de las muchas que faltan.

La primera lección nos habla de la impermanencia del amor. En sus canciones, todo amor es un destino trágico.

Como si en las suertes amatorias estuvieran de antemano marcadas las cartas por la imposibilidad absoluta. Desde el desencuentro de ser paloma por querer ser gavilán hasta la inmisericordiosa constatación de que lo que un día fue, no será. El país amante del canto del cenzontle encontró en las metáforas sobre aves la obscura, pero profunda, constatación del fugaz destino que tiene lo que todavía durante algunas trasnoches llamamos amor.

A esa lección de su cancionero le sigue la inevitable condena de su figura como personaje público. Aunque resuenen en su historia los ecos de una narrativa universal, en México la fama y la fortuna de José José es también sinónimo de su desgracia. Esclavo de su propio éxito, alcanzó las cumbres de una mexicanísima fábrica de sueños amparada por un monopolio mediático al servicio del poder, de todos los poderes. De esa apoteosis, cimentada en una vida deshecha por los excesos, nos queda el legado de entenderlo como un ejemplo de la corrupción inequívoca que resulta de ese poder, a la vez absoluto y espejismo. O, más bien, absoluto espejismo.

Una última aportación a nuestra educación sentimental del Príncipe de la Canción: la infatigable libertad de vivir como a uno le da la gana, por más extremo que eso suene para las conciencias moralinas que todavía replican sus canciones entre susurros culpables.

En estos días, tras largas jornadas de morbosas incertidumbres que sólo pueden provocar los chismes, despedimos su vida fulgurosa y atormentada con las lágrimas de admiración que se le profesa a un compañero final de borrachera, ese hombre que ascendió del pueblo mismo para establecerse entre nuestra ficticia aristocracia televisiva, que descendió a los infiernos, y se hizo trizas la voz, la vida y la fortuna, con tal de darnos el último acompañamiento a esas noches patibularias donde cantamos a la tristeza y al desamor y a esa forma tan única de ser mexicanos que nos dejan sus canciones.

En esta celebración brindemos para que, como nos juró en aquella canción, nunca más lloremos por lo que fue su vida.

•Especialista en comunicación pública.
Tw: @Torhton

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/CR

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