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CORTÉS: EL PADRE

CORTÉS: EL PADRE

Entornos jueves 07 de noviembre de 2019 - 23:43

A quinientos años de la Conquista de México, el barbado y enjuto rostro de Hernán Cortés asoma nuevamente entre polémicas. El conquistador extremeño, para bien o para mal, jamás
ha dejado de estimular el debate.
 Sus apologistas que lo consideran un héroe arrebatado por sus propios demonios internos y sus detractores que lo juzgan, sin más, como un ser despiadado y sanguinario continúan obstinados defendiendo
esa clase de posturas maniqueas.
Lo cierto es que, más allá de esos debates cuya divisa es el reduccionismo y la ramplonería, hoy sabemos que el conquistador español que encabezó la expedición que terminaría en la llamada Conquista de México, y que marcaría el final del imperio mexica (mal llamado azteca), es un personaje que está muy lejos de suscitar el consenso.
Sus infamadores lo consideran un personaje avieso que, con lujo de sangre y violencia, y casi con una mano en la cintura, ordenó el famosísimo genocidio indígena. Sus panegiristas, en cambio, lo creen un estratega y estadista excepcional que, entre otras cosas, consiguió imaginar y erigir la ciudad española más ambiciosa de su tiempo y también sentó las bases para la implantación de la lengua que hoy hablamos.

La mayoría, no obstante, continúa colocándose en posturas extremas: O es héroe o es genocida.
Pero las cosas no son tan sencillas. De entrada, no fue un genocida. Y es que debemos tomar en cuenta que, en su concepto más puro, esta palabra debe aplicársele al personaje que tiene toda la intención de arrasar, total o parcialmente, a un grupo, étnico, racial o religioso. Y ese no fue, desde luego, el propósito de Cortés. Sus intenciones, en ese caso, fueron más simples. No tuvo, por ejemplo, motivos morales para asesinar a los indígenas. La mano de obra de los nativos significaba, simple y llanamente, la supervivencia de los españoles. Y su presencia era absolutamente imprescindible. Y eso lo sabía perfectamente Cortés.
El hombre que aspiró a fundar una vida urbana, bajo estrategias que incluyeran leyes, ordenanzas y una religión de cabecera y que mandó llamar, en 1524, a los frailes franciscanos para ayudarle a edificar esa empresa tuvo una personalidad mucho más compleja de lo que se piensa.
Y aunque José Luis Martínez, extraordinario biógrafo y hombre de letras, nos obsequió un retrato de cuerpo entero sobre Cortés (Hernán Cortés), creo que Octavio Paz, hasta el momento, es quien mejor ha definido la estampa del conquistador: “es un tejido contradictorio de bienes y males, de actos justos e injustos, de grandezas y miserias, de valentía y de crueldad, de noblezas y crímenes”.
Por otra parte, debemos recordar que la izquierda dogmática se ha tomado con mucha fuerza del discurso indigenista. Una y otra vez insisten en que se trató de una conquista violenta, con montañas de muer- tos. Y que hizo mella especialmente entre los indígenas.
Todo eso es correcto. Pero también debemos saber que ciertos intelectuales, sobre todo los extremistas, gustan de agregarle su buena dosis de melodrama a la historiografía.
Es cierto que nadie puede invisibilizar la violencia que hubo en la Conquista. Pero quedarse estancado en esa narrativa tampoco sirve de gran cosa. Desde hace mucho, el mundo indígena ya validó su perspectiva sobre el abuso del poder español en América Latina.
Ahora bien: si esculcamos un poco entre los muchos libros que se han escrito sobre la Conquista, nos daremos cuenta que durante la gestación de lo que ulteriormente sería México y que tuvo que pasar por ese periodo tan alambicado llamado “Nuevo Mundo” se vivió una época dura y extremadamente cruel para todos sus protagonistas. Y no sólo para mexicas, tlaxcaltecas, tulyehualcos, xochimilcas, etcétera, sino también para los propios españoles.
Recordemos que, tras su éxito y fortuna, Cortés terminó sus días como un errabundo, moviéndose de aquí para allá, entre destinos dispares. A decir verdad, la mayoría de los viejos conquistadores concluyeron su vida así: envueltos en procesos judiciales, cuando no en la pobreza o el ostracismo social, y siendo brutalmente rechazados e incluso perseguidos por las nacientes oligarquías criollas. Y sobre eso muy pocos hablan.
Lejos de continuar rasgándonos las vestiduras, es necesario que hagamos a un la- do los prejuicios políticamente correctos e históricamente erróneos, y comencemos a reflexionar, por ejemplo, sobre los motivos por los cuales tantos indígenas decidieron apoyar a Cortés.
Y no cedamos más al maniqueísmo ni pensemos que fue su aplastante y opresivo liderazgo militar el único que explica todo ese proceso de adhesión. ¿Por qué se trató de un movimiento coral y por qué los indígenas decidieron acompañarlo y consolidarlo?, es una pregunta que no me parece que haya sido suficientemente explicada.
Seamos aún más tajantes: más allá de la figura de Cortés que por cierto llegó a esta tierra con un equipo y un armamento bastante reducido e incluso de la propia Conquista, el hecho más destacable de todo ese episodio histórico es la enorme trascendencia que dejó el mestizaje del cual hoy somos herederos.
Y justo por ese hecho, me llama la atención que hoy, al cumplirse 500 años del encuentro de Hernán Cortés y Moctezuma, sus descendientes hayan decidido reunirse en el punto donde inició eso que ahora llamamos “el encuentro entre dos mundos”.
Algo que para muchos pudiera ser un acto baladí, me hace pensar que la revaloración crítica de la Conquista debería romper con esos prejuicios históricos como suponer, insisto, en que la llegada de Cortés sólo trajo enfermedad y genocidio.
Me parece que es un buen momento para reflexionar sobre la interculturalidad, el mestizaje y la conflictiva convivencia que siempre se ha dado entre culturas y razas diferentes. Deberíamos reflexionar, por decirlo apuradamente, sobre las diferencias de poder que existen y se imponen casi siempre bélicamente entre las diferentes razas que hay en el mundo.


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JG/CR

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