Camilo José Cela: el Delator

Camilo José Cela: el Delator

Columnas miércoles 28 de agosto de 2019 - 03:06


H ace 20 años, el escritor español Camilo José Cela terminó de escribir Madera de boj, el peor libro de toda su bibliografía. Se trata de un mamotreto dizque biográfico, cuya prosa oscura, alambicada y reiterativa no sólo parece ir a la deriva, sino que, bien visto, ni siquiera tiene argumento.

En este escritor español —que consideró que Rousseau era un “hombre nefasto” porque había inundado su prosa de didactismo— fluyen al parejo dos corrientes: la clásica y la convencional.

Justo lo contrario a lo que él practicó toda su vida: una fraseología antididáctica. Camilo José Cela (1916- 2002) no fue un escritor de ideas, sino un autor que intentó colmar su literatura con las experiencias más crudas, broncas, rupestres y poéticas de la vida.

Si los parnasianos clamaban por un “artista puro”, Cela, que toda su vida fue un respondón, manifestó que lo que más deseaba era convertirse en “un creador impuro”.

Este hombre de voz atronadora, que nació en la vieja ciudad galaica Iria Flavia —y a quien, en un caso que a muchos les pareció chocante, primero le fue concedido el Premio Nobel de Literatura (1989) y, posteriormente, el Premio Cervantes (1995)— pasó buena parte de su vida leyendo —o mejor sería decir: releyendo— a los inagotables surtidores que fueron Luis de Góngora y Francisco de Quevedo.

En términos estilísticos, Cela fue el último barroco de la literatura española. Ni Torrente Ballester ni José Manuel Caballero Bonald, a quienes muchos señalan como los barrocos más acendrados de la literatura española, llegaron jamás a las formas excesivas y grandilocuentes del autor de La familia de Pascual Duarte.

Más que las ideas profundas, al tipo ---que fue un poeta de fondo— le embriagaron las metáforas, las imágenes, los chistes y las ocurrencias. Al leerlo uno se carcajea y nota el enorme influjo que tuvo sobre su obra el Satyricon de Petronio. De hecho, más que las ideas, Cela fue un ironista que, con una enorme laboriosidad lírica, fue acumulando frases bellas en sus textos.

Si leemos con atención obras como El bonito crimen del carabinero y otras invenciones o Café de artistas y otros relatos percibiremos que en estos —y otros— supuestos libros de cuentos no narra historias, sino pequeñas intrigas que caen en lo anecdótico. Sí, Cela fue un anecdotista cuyas fábulas vagabundean por sus libros.

Y no sólo vaga en sus relatos, también divaga en sus novelas. De hecho, tuvo la audacia de llamar novelas a artefactos que no eran sino sucesiones de episodios sembrados de metáforas, imágenes e incluso parábolas. Y resulta increíble que todavía existan críticos incautos que sigan considerando textos como Tobogán de hambrientos, San Camilo, 1936 o Mazurca para dos muertos “novelas”. No lo son. Son, en el mejor de los casos, prosas líricas que, en muchas ocasiones, no van hacia ninguna parte. Lo más que puede uno encontrar es, por aquí y por allá, una broma, un sarcasmo, un chistorete.

Y es que el ironista que anidaba en el alma de Cela, las más veces, solía salir a flote y resolver las cuestiones más cruciales con una guasa que dejaba con un palmo de narices a las audiencias.

Ignoro a quién se le ocurrió afirmar que Cela fue autor metido en asuntos políticos. No fue así.

Ni siquiera le interesó el heroísmo literario ni intentó inmolarse a la manera del romanticismo byroniano. Cela vivió siempre al margen de las valentías multitudinarias y, en todo momento, cultivó una faceta burguesa, correcta y protocolaria. Su imagen pública fue la de un tipo tieso y aburrido. En cierto sentido, y quizá para halagar la memoria de sus abuelos ingleses, llevó una vida de conservador inglés.

Miguel Delibes lo aborrecía. Solía decir que el autor de Rol de cornudos era un embaucador que gustaba mucho del dinero. Y, en efecto, lo era. Cela jamás se resignó a la pobreza y aprendió a hacer negocio de todo. Y, en respuesta a las ironías de Delibes, Camilo lo llamó “viejo ridículo que se dedica a cazar perdices indefensas”.

Cela decidió enjaretarle a sus lectores algunos tomos supuestamente autobiográficos: La rosa y Memorias, entendimientos y voluntades. Y muchos, distraídos, tomaron aquellos episodios por verdaderos. Pero Cela, fabulador de tiempo completo, era incapaz de contar sin inventar.

No le interesaban las novedades literarias. Incluso, desdeñaba a los escritores jóvenes con un gesto de aburrimiento.

Un día le preguntaron qué opinaba sobre la nueva literatura que se estaba escribiendo —siempre hay pazguatos que preguntan esas tonterías—, y Cela dijo: “todos muy buenos. Ponga usted cuarenta, cincuenta, en una lista, los que quiera”.

En respuesta, la siguiente generación también lo menospreció. Aldecoa, Ferlosio, Martín Santos y Juan Goytisolo, cada uno por su lado, afirmaron que la obra de Cela era “aburrida”, “trasnochada” y, con el desdén que obsequia la juventud, metieron sus libros en el costal del costumbrismo.

Camilo, por otra parte, no sólo practicó el diarismo, sino que intentó meter literatura en los periódicos, a la manera en que hicieron Julio Camba y su amigo Francisco Umbral. Infelizmente para él, nunca encontró la fórmula para sus artículos, que siempre fueron empalagosos y aburridos. Y esa fue una de sus grandes frustraciones.

Protocolario hasta el tuétano, desdeñaba la “obscenidad” de la amistad íntima.

Y más que amigo, se comportó siempre como un maestro autoritario que, más que la camaradería, ejerció la soberanía y el proteccionismo sobre sus amistades.

“Para ser amigo de Cela —escribió Paco Umbral en la página 54 de Cela: un cadáver exquisito—había que ser elogioso con moderación y favorable con fanatismo”.

Al personaje público que Cela cultivó le gustaba dárselas de malvado y, poco a poco, fue granjeándose fama autoritario, despótico y fascista. Algunos de sus amigos y discípulos —tratando de devolverle un poco de lustre a su imagen— dijeron que, en el fondo, todo había sido literatura, impostación. Pero nadie lo creyó.

Lo cierto es que Camilo José Cela fue un intelectual franquista y nunca quiso —o no pudo— sincerarse ante sus lectores. Y debido a ello, las siguientes promociones literarias lo llamaron desdeñosamente “El Delator”. Desde entonces, sus libros fueron siendo anulados.

Después del Nobel escribió menos y rodó por el mundo dictando y cobrando caro conferencias.

Aunque peleonero, evitó meterse en asuntos políticos. Intentó mantenerse marginal en política.

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/CR

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