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Chirac

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Columnas viernes 27 de septiembre de 2019 - 00:08

Recién me enteré de la muerte de Jacques Chirac, expresidente de Francia. Maldita edad implacable. Eran mis años universitarios, cómo pasa el tiempo. Los estudiantes de relaciones internacionales veíamos con asombro, interés y admiración a dos gobernantes europeos (Jacques Chirac y Gerard Schröder) plantados frente a Estados Unidos para oponerse a una guerra ilegal (Irak). Del otro lado, apoyando a Bush hijo, un par de oportunistas como Tony Blair y José María Aznar, que siguen pagando el costo personal de semejante decisión. Una guerra sustentada sobre una mentira flagrante: las supuestas armas de destrucción masiva en manos de Sadam Hussein. Nunca encontraron esas armas porque no existían.

Chirac y Schröder eran hombres viejos. No eran simpáticos, carismáticos, guapos. Ni siquiera inmensamente populares. Tampoco eran demagogos esforzándose por resultar atractivos a las multitudes. No iban a los estadios, no cantaban ni bailaban, tampoco contaban chistes. No se vestían a la usanza popular ni fingían compartir la misma comida o aficiones que su electorado. Tampoco explotaban las emociones, prejuicios sociales ni el sentimentalismo folclórico.

No explotaban la lucha de clases ni alimentaban el resentimiento. No eran sectarios ni ideólogos obsesivos de la pureza.

Simplemente eran políticos profesionales, conocedores de la administración pública y algo que hoy se echa de menos en la política internacional, hombres de Estado, con mayúscula. Personajes capaces de dialogar y alcanzar acuerdos fructíferos con sus pares de otros países para construir arreglos favorables a los habitantes de varias naciones. Figuras consagradas a una carrera de servicio público y respetadas entre los votantes por su preparación, trabajo y dedicación a la construcción de instituciones para mejorar la vida de sus conciudadanos. Maquiavélicos, intrigosos, cultos a niveles pedantes, formales hasta la rigidez, de carácter agrio, fumadores, bebedores, pero no corruptos ni saqueadores. También los tuvimos en México hace un par de generaciones. En suma, una clase política en el mejor sentido de la expresión. A ese grupo selecto pertenecía Jacques Chirac.

Un joven y exitoso político de un partido político mexicano me confesó recientemente que escogió estudiar relaciones internacionales cuando escuchó el discurso de Dominique de Villepin, Ministro de Asuntos Exteriores de Jacques Chirac, objetando la intervención militar estadounidense en Irak. Y es que resultaba inspirador escuchar políticos como Chirac y su gabinete, con dominio de sus temas, sin improvisaciones ridículas, tomando decisiones informadas y sustentadas en la consulta con expertos. Una retórica elegante, republicana, con referencias históricas y literarias, sin vulgaridades, majaderías o agresiones dirigidas contra individuos específicos. Hombres conscientes del peso y la responsabilidad de su investidura, de las implicaciones de hablar desde el poder. Conocedores de la oposición, el debate parlamentario y las entrañas del gobierno. Todo eso y más, representaba una época de políticos que se va con la muerte de Chirac. Algo deberíamos aprenderles.

•Internacionalista y analista político:
@avila_raudel

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/CR

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