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Ciertas formas de violencia

Ciertas formas de violencia

Suplemento viernes 12 de abril de 2019 - 04:54

Jorge Alberto Gudiño Hernández

La narrativa de la violencia suele responder a diferentes necesidades. La hay que se ocupa de un sadismo extremo: competencia en la que se suelen sumar algunos géneros policiacos.

La hay mucho más íntima, de la que nos regalan novelas con relaciones tormentosas que ora lindan con la maldad, ora con complejas perversiones. hay las que abrevan de lo social; ese retrato de la descomposición que, más allá de las justificaciones que se podrían hacer, se limitan a explicar los procesos de la podredumbre. Horacio Castellanos Moya se siente cómodo dentro de esta última vertiente.

En Moronga las cosas no son nada sencillas. Construida a partir de dos planos narrativos en apariencia independientes, una suerte de epílogo consigue reunirlos. En el primero aparece José Zeledón. Es un guerrillero salvadoreño que ha llegado a Wisconsin, tras varios años de residencia en los Estados Unidos gracias a un cambio de identidad. Su carácter parco apenas alcanza para contener toda la violencia de la que es capaz: un animal o un demonio lo habita, dispuesto a atacar cuando las provocaciones son suficientes, pero los años vividos en el país del norte le han mostrado que no puede cometer errores. Por eso acepta un trabajo como conductor de un autobús escolar y otro relacionado con el espionaje a profesores latinoamericanos en la universidad. El problema es que su pasado lo alcanza pronto. El Viejo lo llama para que se sume a una misión de compra-venta de armas ilegales. Necesita un guarura y nadie como él para acompañarlo.

El segundo plano contrasta por completo. En él se da cuenta de la vida de Erasmo Aragón, otro salvadoreño. A diferencia del primero, éste es un profesor invitado en la universidad. Está investigando los archivos secretos de Roque Dalton, el poeta revolucionario. Su paranoia lo hace sospechar de todo. Ve conjuras y conspiraciones donde no las hay. Se siente perseguido y, pese a ello, actúa sin cautela. Se deja seducir por una mujer casada, interviene en un duro conflicto familiar desarrollado en la casa donde se hospeda, coquetea con quien se cruza en su camino. Ha rentado una habitación vía Airbnb. Ahí descubre una historia de terror. Los dueños son dos sexagenarios que tienen una relación estrecha con el cáncer: él ha entrado en remisión, ella acaba de ser diagnosticada. Adoptaron, años atrás, a un niño negro. Hace unos meses, también adoptaron a una guatemalteca. El problema es que la niña es violenta, ataca a sus padres adoptivos y tiene una sexualidad cuando menos precoz.

Una de las principales argucias narrativas estriba en elegir al narrador más conveniente para contar una historia. Castellanos Moya no toma el camino fácil. Cada uno de los dos planos narrativos está contado en primera persona por su propio protagonista. Es un despliegue de eficacia. El primero es parco; el segundo es verborreico, alterna su presente con su pasado inmediato y el lejano. Ambos dejan ver todo aquello que ocultan, sus principales miedos y temores. Más aún, para quienes siguen al autor, pueden reconocer en Zeledón a uno de los personajes principales de La sirvienta y el luchador y cómo los años atenúan las consecuencias de un atentado por demás doloroso.

Para amarrar ambos planos narrativos era necesario un epílogo aséptico. Este corre a cuenta del informe policial producto de una balacera entre bandas rivales y policías medio encubiertos. Las relaciones que la investigación policiaca no consigue establecer corren a cargo del lector que debe completar la historia y el acto narrativo.

No cabe duda de que Horacio Castellanos Moya es un autor interesado en la violencia. Sobre todo, en aquélla que es producto de la desintegración social. Las consecuencias de guerras civiles, de crímenes de lesa humanidad y de la miseria son llevados más allá de los contextos que los generaron. Hay maras en Estados Unidos. También excombatientes de muchos países latinoamericanos. Sin embargo, las suyas no son novelas de denuncia; incluso hay quien podría decir que no son siquiera de corte social. Esto se debe a la enorme solvencia narrativa que demuestra. Tras el planteamiento de una trama que podría parecer simple, despliega sus recursos de la mejor forma. Así consigue no sólo narrar la violencia con una naturalidad que resulta abrumadora. También nos regala destellos de cómo lo humano siempre subyace al terror. Si alguno de sus personajes se salva, él mismo sabe que será sólo por un corto periodo, el necesario para volver a ser víctima o victimario: las diferencias, aquí, nunca son claras.

No resulta, pues, exagerado recomendar Moronga ni las novelas anteriores de este autor. No sólo por sus planteamientos, por sus historias o por sus personajes. También porque le exigen al lector participar activamente de ellas: escapar, entonces, no siempre es una opción.

¿DE QUÉ LIBRO ESTAMOS HABLANDO?
Moronga
Autor: Horacio Castellanos Moya
Editorial: Random House, 2018.
Palabra clave: Violencia

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IM/CR

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