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Claudel: El Católico Mallarmeano

Claudel: El Católico Mallarmeano

Columnas miércoles 31 de julio de 2019 - 03:12

En su juventud, Paul Claudel (1868-1955) fue un poeta ateo glotón y altanero. Durante su adolescencia leyó con admiración a Baudelaire, y cuando conoció la obra del joven Rimbaud se deja embelesar por la lectura de Une saison en enfer. Atraído por el estetismo, se dejó tentar por las expresiones sofisticadas y, apenas pudo, corrió a buscarse un lugarcito entre los discípulos de Mallarmé.

Junto con Gide, Léger, Bloch, Jacques Rivière, Patmore, Fargue, Duhamel, Vildrac y otros apantallantes intelectuales, Claudel engordó la nómina de colaboradores que estampaban su nombre en La Nouvelle Revue Française. Al igual que aquellos autores ávidos de pensamientos abismales, el futuro diplomático francés buscó la sugestión en paradigmas filosóficos y arrancó sus primeras prácticas literarias esgrimiendo un porfiado rigor lingüístico.

Arrebatado por la trigonometría lírica del autor del autor de Un coup de dés jamais n’abolira le hasard, Claudel se impuso el rebuscamiento como norma poética. Hay que leer las piezas que escribió durante esta época, todas cuajadas de ecuaciones exóticas y artificios matemáticos: “Connaissance de l’Est” y “Poèmes de la Sexagésime”. Es probable que los lectores indiferentes a la aritmética del verso terminen atolondrados debido al oscuro lenguaje que utiliza.

Es comprensible: Claudel, en ese momento, se juraba simbolista.

Pero la adhesión a los acólitos de Mallarmé terminó aburriéndolo y, al cabo de un tiempo, rompió su enlace con ellos. ¿Qué lo impulsó a truncar el vínculo? Él mismo nos ofrece la respuesta en sus Mémoires improvisés: «Nunca tuve el instinto de participación en un equipo. Siempre me resultó muy difícil acomodarme a eso. En ningún momento de mi vida me fue posible sentir ese sentimiento que se llama camaradería. Es un punto que tengo en común con Rimbaud cuando dice: “La camaradería y la compañía de las mujeres me estaban prohibidas”.». Eso, por un lado. Pero había más: Claudel, que recelaba de todo y contra todos, comenzó a pensar que la obra de los emperifollados simbolistas, además de su exotismo abstracto, gravitaba en el vacío. Y como él veía las cosas, el ateísmo y la negación —cuando no el desdén o la completa indiferencia— no pasaban de ser un gesto burdo que, por fuerza, “terminará extraviándose en la nada”. Y Claudel, como su admirado Pascal, dijo sentir un invencible horror frente al vacío. Y, ante el miedo de disiparse en la insustancialidad literaria, marchó a buscar un asidero. Y lo encontró justo en la religión con la que, desde muy pequeño, se la había pasado entre pleitos y devaneos: el catolicismo.

En el primer tomo de su Journal el poeta nos cuenta todo con pelos y señales. A los 18 años, durante una misa de gallo en Norte Dame, Paul, que toda su infancia se había sentido un niño triste y rechazado, decidió “abrazar el catolicismo” (sic). ¿Y qué lo llevó a tomar esa decisión, además del desconsuelo? En 1904, en una carta enviada a su amigo Gabriel Frizeau —un extravagante productor de vino que se presumía amante del arte y, para probarlo, tenía atestada su casa de colecciones pictóricas y esculturas— le contó el momento en el que sintió la conexión: “Asistía a vísperas en Notre-Dame, y escuchando el Magnificat tuve la revelación de un Dios que me tendía los brazos”.

No obstante, desde el comienzo de su enlace con el catolicismo, Claudel no se mostró moderado, sino todo lo contrario: ardoroso y afectado. Y para demostrar que no se andaría con timideces, le dio una vuelta de 360 grados a su obra, y poco a poco, se fue tornando uno de los escritores mássectarios y dogmáticos de su nueva tradición apostólica.

Y no paró ahí la cosa: Paul se apresuró a ungir su alma con los correspondientes sacramentos: bautismo, comunión y confirmación. Y para liberar su obra de toda apostasía, comenzó a derramar su credo sobre toda su literatura.

Después de su conversión —y celosamente apegado a su nuevo misticismo— se dispuso a extender su arenga en el campo intelectual. En primer lugar, lanzó una condena —mejor dicho: una auténtica diatriba— contra la inspiración introspectiva.

Para el renovado Claudel, la conocidísima máxima socrática “Conócete a ti mismo” no pasaba de ser “una bobada y una pérdida de tiempo”. En la entraña humana —de acuerdo con él— no había “ningún conocimiento íntimo que sea digno de ser estimado”. Desde su punto de vista, el cuerpo no representaba más que una carcasa limitada y el espíritu —“una esencia sin forma”— corría el peligro de extraviarse como un céfiro si no contaba con un verdadero fundamento. ¿Y cuál era ese fundamento?

El catolicismo, por supuesto.

Su repudio por las poéticas personales creció desmesurado y afirmó que “escribir historias privadas es destruir la propia sinceridad”. Para el autor de Visages radieux hablar de sentimientos individuales significaba adoptar una pose intolerable y, con la chusca gravedad de un clérigo salido de una novela de Léon Bloy, advirtió con dedo conminatorio: “Mirarse a sí mismo es falsearse totalmente”. Uno de los estudiosos más conspicuos de su obra, el crítico Félix Castan, subrayó, acaso irónicamente: “Claudel está contra la filosofía de la unidad, está por la filosofía de la pluralidad”.

Hasta ahí, todo bien. Cada artista, loco o cuerdo, puede abrazar libremente la doctrina o el evangelio que mejor le acomode.

Pero el fanático Claudel —que tocado un punto comenzó a sufrir el prurito del predicador— no quiso contentarse con seguir él mismo sus propias pautas: anhelaba comunicar su mensaje y, con la misma convicción de los paulinos que llegaron a Salamina, intentó guiar a las huestes paganas hacia lo que, a su juicio, era la única verdad poética: “la palabra de Dios”.

Y ya metido hasta el cuello en su papel de apóstol, el poeta no se cansó de reprender e injuriar a los paganos que no compartían su credo literario. Y como los desdeñosos eran muchos, no dejó títere con cabeza. Utilizando como un fuete su poderoso estilo enrevesado, comenzó a denunciar a todos los “hipócritas anticlericalistas” que le salían al paso:

“Yo sólo conocía por Renan la historia de Jesús y, fiándome de la palabra de ese impostor, ignoraba incluso que se hubiera declarado Hijo de Dios. Cada palabra, cada línea, desmentía, con unamajestuosa simplicidad, las impúdicas afirmaciones del apóstata y me abrían los ojos”.

Y de Santo Tomás, que también le parecía un fariseo, escribió: “ese buen hombre que nunca define nada, que está guiado por una pasión casi de loco, me llenaba de repulsión”.

Claudel, que no quiso formar parte de ningún coro, como no fuera el estrictamente católico, hizo crecer su inventario de rechazos: le negó méritos al naturalismo, repudió el ocultismo, desdeñó el socialismo y, más que cualquier otra tendencia, menospreció “el conjuro surrealista”.

Por suerte para sus lectores (ya cada vez más escasos), el poeta que siempre lo habitó, nunca dejó de trabajar con las más electrizantes dimensiones sonoras del lenguaje.

El católico converso —pese a que, haciendo pucheros mojigatos, abjuraba de su pasada militancia mallarmeana— continúo ejercitando durante toda su vida una poética montada sobre un estilo embrolladísimo, reacio a toda claridad. Y aunque es cierto que sus tramoyas muchas veces rozaron la santurronería, lo cierto es que siempre fue un mallarmeano de closet.

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/CR

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