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Con la pistola en la cabeza

Con la pistola en la cabeza

Columnas lunes 02 de septiembre de 2019 - 02:55


Recuerdo en los años noventa a una Colombia literalmente partida en dos, desgarrada por las trasnochadas fuerzas guerrilleras que luchaban por instaurar el comunismo; y por el sanguinario y demencial terrorismo del narcotraficante Pablo Escobar. Esa una nación políticamente endeble, cuya sociedad vivía literalmente secuestrada.

Finalmente, el gobierno colombiano logró terminar con la guerra que le declaró el narcotráfico. Y aunque el negocio sigue siendo tan redituable como antes, la sangre y el conflicto fueron trasladados a México; mientras que los capos sudamericanos viven en paz y disfrutan de las inmensas fortunas que les genera la exportación de cocaína.

Pero pacificar a los grupos subversivos no fue tan sencillo. El proceso de paz y sus interminables negociaciones derivaron en un polémico acuerdo que si bien dividió a la población, resultó en una aparente inserción de los rebeldes a la vida política institucional.

Después de cincuenta largos años lucha, las FARC habían dejado tras de sí una estela de sufrimiento que bajo ninguna circunstancia se justificaba. Aliados del crimen organizado para financiarse; y de otros criminales de mayor envergadura (como los gobiernos de Cuba y Venezuela), hoy vuelven a romper sus compromisos y anuncian que continuarán el camino de las armas, cuyos objetivos son aún más cuestionables que ayer.

El expresidente Juan Manuel Santos llevó adelante los acuerdos de paz, aún cuando en 2016 se llevó a cabo un plebiscito de refrendación de los mismos que, como lo señalé antes, fracturó los corazones de los colombianos que se pronunciaron por el NO. Para muchos, que sufrieron en carne propia los asesinatos a mansalva, secuestros y actos de terrorismo de la guerrilla, perdonarles como se proponía era simplemente inaceptable. Pero no obstante lo decidido en las urnas, el gobierno continúo las negociaciones y en resumen se acordó lo siguiente:

Que los rebeldes entregaran las armas y se reincorporaran a la sociedad (que hoy se mira como algo por demás iluso). Que hubiera un reconocimiento a las víctimas (si es que eso servía de algo). Que se creara una Comisión de la Verdad (bonito mecanismo para lavar culpas). Y algo igualmente polémico: que los excombatientes participaran en política, les legalizaran un partido y les otorgaran diez bancas en el Congreso.

Tanto el expresidente Álvaro Uribe, como el actual mandatario Iván Duque se mostraron siempre contrarios y escépticos respecto a estas concesiones. Y al final, con la declaración reciente de Jesús Sántrich e Iván Márquez de que vuelven a sus muy dudosas actividades subversivas, se confirma de alguna manera esa máxima del Estado judío que dicta que “nunca se debe de negociar con terroristas”; o bien aquella otra que señala que “llegar a un acuerdo con una pistola en la cabeza jamás termina bien”.

Las FARC sabían perfectamente y desde hace décadas que su lucha armada no triunfaría. Lo único que les quedaba era ser los amos de un pedazo de territorio que les generaba réditos económicos inmensos. Era obvio que iban a preferir ser capos, a convertirse en diputados marginados y sin apoyo popular. Pero eso sí, siempre tendrán el apoyo de Caracas y de La Habana.

Ojalá esta dura lección sea aprovechada por los colombianos y también por los mexicanos, que vamos derechito por esa senda dominada por el narco y los paramilitares (románticamente llamados policías comunitarias).

•Internacionalista, político, empresario y escritor:
@RudyCoen

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/CR

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