Conflicto y equipaje
Conflicto y equipaje

Entornos viernes 22 de febrero de 2019 - 05:15


RUBÉN MACHAEN

Siempre hay una penúltima vez, pensó al cerrar la primera maleta que contenía la mitad de su vida. Para él no había ejercicio de memoria más sincero que ese: empacar. Demasiados álbumes familiares, portarretratos adornando casas enteras y videos caseros de quién sabe qué tanta cosa, hechos con ninguna otra intención más que inmortalizar tiempos mejores. Ejercicios de memoria a medias. Falsos quizás. Era el acto de empacar el que te enfrentaba a las cartas de la adolescencia y al desamor; a los primeros versos y ficciones; a los artículos publicados que un día se leyeron y pasaron al olvido; a los manuscritos dejados a medias por temor a no dar la talla o exponerse demasiado; a las actas de defunción de abuelos y papás; a los sobres con membretes de clínicas que guardaban diagnósticos poco saludables y a los anuarios del colegio que mostraban una sonrisa ingenua y risueña que ya no existía. Largó una media sonrisa y pensó que nadie adornaría su casa con un prontuario tan infeliz. Tampoco él. Pero todo eso era parte inamovible del equipaje que llevaba consigo cada vez que decidía cambiar de lugar.

Tenía veintiún años la primera vez que se fue del país. Y recuerda aquellas maletas como las más perfectas y tristes de todas. Perfectas porque su mamá lo ayudó a hacerlas y tristes porque dejó atrás muchas cosas que extrañó por años y porque nadie nunca pudo empacar sus cosas como ella. Mientras su mamá clasificaba la ropa de invierno por un lado y la de verano por otro, le habló del concepto de inteligencia práctica, que no era otra cosa más que saber desprenderse de lo material, de lo innecesario.

Una versión más dócil del viejo dicho mafioso de no aferrarse a nada que no puedas abandonar en cinco minutos y que a lo largo de sus mudanzas le había sido imposible. Levantó la maleta sobre sus cuatro ruedas y la arrastró hasta el marco de la puerta del estudio donde había más de lo mismo: ropa de invierno y verano, artículos de prensa firmados por él, revistas de periodismo y literatura, libretas con bosquejos de ficciones que nunca llegaron a ser, postales de Caracas, México, Barcelona y Buenos Aires y todos sus libros en orden de tamaño, pero grotescamente desordenados para sus ojos por ser un pastiche de géneros, épocas y nacionalidades. Por desagradable que fuese, las letras requerían de esa estética de dimensiones para caber dentro de otra maleta. Sobre el escritorio de madera reposaba la lámpara de luz blanca; la laptop abierta con una página a medias; el cenicero con dos colillas; el vaso corto y la botella de Clan McGregor y ambos tomos de Memorias de un venezolano de la decadencia, Se llamaba SN y Operación masacre, necesarios para armar su última ponencia en la universidad sobre literatura de denuncia del siglo XX.

Para Federico había algo de irónico, de chiste malo y de injusto en empacar su vida frente a autores que conocieron cárcel, exilio y bala por denunciar excesos y defender a su país. La libertad también es egoísta y la cercanía de fechas entre ponencia y partida daba fe de ello. Habían pasado pocos meses de las protestas estudiantiles y las paredes de la ciudad tenían grafitis con los nombres de los caídos, siluetas de tiza sobre el asfalto y en el aire, la tensa calma del temporal que pasó pero no satisfizo los ideales, buenos o malos, de quienes alzaron la voz. Los espejos de la violencia son infinitos y los suyos lo reflejaban a él en un podio hablando de denuncia y represión con tres maletas en la entrada de su casa y un pasaje en el bolsillo del saco. La síntesis de su argumento —le reventaba el término ponencia— era sencilla y poco elaborada: había que dejar de calificar el siglo XX como el siglo de la violencia y volver sobre la bibliografía de denuncia para detectar a tiempo el germen populista de izquierdas y derechas.

La coyuntura nacional le había servido para motivar en sus alumnos las lecturas de Orwell y Pocaterra, analizar la detectivesca de Walsh y poner sobre la mesa nombres como el de Pedro Estrada y su Seguridad Nacional y hacer comparaciones con personajes actuales. Pero el cotidiano era inquieto y las pulsaciones del país requerían de acción en el presente y no reflexión sobre el pasado. Para Federico, el periodista había nacido para ver aquello que los demás se negaban. Amargo el desengaño cuando entendió que eso era puro romanticismo. Los tiempos habían cambiado y ahora todos veían todo, opinaban sobre ello y lo repartían infinitamente: demasiadas pantallas, teléfonos, voces sabiondas, hashtags populares y fogonazos de fama, pensaba Federico desde la inercia de sus pensamientos, mientras las calles parecían pequeños infiernos documentados por todos. Esa actitud pasivo-agresiva no lo mortificaba. Conocía la euforia de vivir el conflicto y ser parte de el; los fogonazos de ego disparados a la breve mortalidad de la primicia; el desespero del subdesarrollo y vivir su debacle en carne y hueso y el hastío de ganarse la vida hablando, interminablemente, de lo mismo. Su ponencia sería otra metralla de ego dentro del conflicto perpetuo y su nombre se iría diluyendo después de su partida.

Abrió la segunda maleta y volvió a estudiar los retazos de su vida que en ella entrarían. La dejó abierta y caminó hasta la ventana donde a lo lejos sonaban voces —Altamira, seguramente, pensó—, ráfagas secas que no eran fuegos artificiales, su calle vacía y con todas las luces de los edificios encendidas de amarillo y azul pantalla. Aquella vista sería una de las últimas que tendría de la ciudad y decidió que esa debería ser otra postal; sacó el celular del bolsillo, ignoró los mensajes y menciones de sus redes y tomó una foto. Su vista iba de la pantalla a la realidad y de la realidad a la pantalla.

Cuánta gente se había ido del país y había hecho lo mismo que él: tomar una foto de la vista de su ventana para verla después en una casa menos suya, con un clima más o menos álgido, rodeado de voces que hablaban otros idiomas o tenían otros acentos y explicar allá que lo suyo no era exilio ni autoexilio, que la libertad nunca es absoluta, que puede darse a cuentagotas y que su nueva estancia era una pequeña dosis de ella hasta que se acabara y que esa era su vista y que ahora nadie podría quitársela. Prendió otro cigarro y se imaginó exilios reales.


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