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De plano no entienden

De plano no entienden

Columnas martes 24 de diciembre de 2019 - 01:33

Por Israel González Delgado

Hace unos días, un orgulloso egresado del ITAM, escribió un airado artículo, defendiendo a la institución de lo que, según él, son ataques injustos por parte de estudiantes y medios de comunicación. El origen de todo ello es, naturalmente, el movimiento de protesta de diversos estudiantes debido a que las presiones a las que están sometidos comprometen, también según ellos, su salud mental en aras de la excelencia académica. El artículo de este señor no tiene desperdicio, porque es el manifiesto sincero de una generación que no entiende, ni le interesa entender a las generaciones que vienen.

Sus argumentos son básicamente una síntesis de la ética del hecho consumado: a él le exigieron mucho los profesores que hoy son vilipendiados, pero pudo con ellos, y eso hizo que también pudiera con una universidad extranjera. Lo mismo le pasó a un amigo suyo, y ambos son exitosísimos. Por si fuera poco, el ranking de no sé qué periódico pone al ITAM muy arriba. Es decir, si las listas y la vida lo puso a él, y a sus amigos de generación, en posiciones favorables, pues el sistema está bien. Todo el texto tiene un tono en segundo plano muy tradicional, del tipo de frase de papás neuróticos y poco creativos, “quien bien te quiere, te hará llorar”, y sandeces por el estilo. En resumen, si no está roto, no lo arregles. Y se acabó el tema. El problema es que sí está roto.

En primer lugar, los estudiantes que llegan a situaciones límite de salud y cordura debido a las presiones académicas, no son los estudiantes representativos de esta generación, y realmente de ninguna otra. Cuando los viejos nos quejamos de los estudiantes holgazanes, que no dejan de ver sus redes sociales en clases, no son los estudiantes que se están manifestando por atención psicológica y compasión de los maestros. Esta no es una cruzada de los alumnos de 6 de promedio para que se les permita todavía más mediocridad sin consecuencias.

En segundo lugar, la ceguera intelectual y la soberbia inherente de quien defiende un sistema porque lo favoreció, no requiere de mayor crítica, porque el chiste se cuenta solo, pero sí es grave en el sentido de que impide siquiera reconocer que hay un problema, o una situación que puede mejorarse. De hecho, el reto, como todos los que valen la pena, consiste en saber cómo preparar a los jóvenes para la vida sin necesidad de maltratarlos, pues de lo contrario ellos reproducirán el modelo de maltrato, con la esperanza de que la sociedad normalice el abuso como formación de excelencia.

Por último, convendría que los orgullosos defensores de las crisis nerviosas durante la época de exámenes de cualquier parte, estudien cómo era la educación en la generación que los precedió, y en la anterior, y en las tres anteriores. Hubo épocas en las que lo normal, y lo deseable, era que el maestro lastimara hasta físicamente al alumno que cometía alguna falta disciplinaria o académica. Así, a varazos. Qué bueno que ahora nadie tiene que sufrir azotes para ir a estudiar un posgrado y luego escribir artículos al respecto. Que bueno que alguien, en el pasado, creyó que eso no tenía porqué seguir.

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/CR

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