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Deformado por Occidente

Deformado por Occidente

Columnas miércoles 25 de septiembre de 2019 - 01:24

Escribió Tryno Maldonado que así como las novelas victorianas son una herramienta propagandística del imperialismo británico, Batman es una especie de fifí tenebroso que se dedica a promover la violencia y vive de la venta de armas. Es un monstruo neoliberal, vamos, pero hipocritón, taimado.

A mí Tryno me pareció siempre ilegible. Intenté con una novela que ambienta en Viena, pero no me sentí realmente en tierras austriacas. Como que le salió muy involuntariamente zacatecana. Y deserté.

Luego me ha caído algún tuit suyo sobre las comunidades indígenas al que siempre le faltaba la música de fondo de La Misión, y alguien me pasó una crónica suya en la que a un niño encantador le daba lana para una piñata y se compraba una del Subcomandante Marcos (que luego, en otro lado, en un lapsus, aclaró que había mandado hacer él ex profeso: la crónica es un género para gente con buena memoria). Y ya. Me desconecté.

Hasta que regresó con esta lucidez, esta agudeza.

Seguro que tienes razón, mi Tryno. Batman es un cerdo neoliberal y Dickens un propagandista miserable. Pero hay más.

Alimentado por tu fuerza intelectual, por ese espíritu rebelde tan conmovedor, me puse a tomar notas sobre las influencias nefandas de que he sido, como tantas, víctimas. Va un mea culpa. Soy culpable de haber leído a Charlie Brown y Calvin y Hobbes. ¿Ironía triste, mirada melancólica y dulce a la infancia, filosofía en viñetas? No. Es una artimaña de la CIA para vendernos el ideal del suburbio gringo y alejarnos de la utopía comunitaria. En esos ambientes monstruosos no hay piñatas del Sub. No sé cómo pueden vivir.

Asimismo, me gustaban las caricaturas de ese comedor compulsivo de zanahorias que es Bugs Bunny, claramente patrocinadas por Monsanto para vendernos semillas transgénicas, y los robots gigantes japoneses, que en realidad pretenden vendernos la utopía tecnológica, tan distante a los usos y costumbres de las Cañadas chiapanecas, donde seguro que hay trapiches y bastones plantadores, tan coloridos. Y ni hablar de los Teletubies, una actualización de la propaganda imperialista del siglo XIX con esa idealización psicotrópica de la campiña inglesa. Con ese golpe de conciencia, decidí cancelar mis suscripciones a Netflix, Prime y HBO.

También regalé mi colección de Ásterix. Al principio me pareció aceptable hasta para los elevados estándares de Tryno: una aldea apegadísima a los usos y costumbres que enfrenta a una fuerza imperialista hegemónica, que es Roma. Pero no. Ásterix y Óbelix, aparte de ser europeos, se alimentan de jabalís. Ya sabemos por Jesusa que la desgracia de este país empezó cuando Cortés trajo la carne de puerco y preparó carnitas.

Así que dije: va: lecturas diarias del Popol Vuh y tamalitos verdes, con puro ingrediente local, de la milpa. Y entonces me di cuenta de que ahí entro a los territorios de la apropiación cultural.

¿Qué hago?, me pregunté.

Tomé una decisión drástica: releí las dos primeras páginas de la novela, que me pareció más zacatecana que nunca. Desde entonces, lo tengo bloqueado en Twitter: ni una piñata más. Reactivé mi suscripción a Netflix. Estoy viendo “Fauda”. Israelíes contra palestinos. Los creadores tienen la rara idea de que el mundo no está controlado por fuerzas malignas. De que hay tonos de gris. De que no hay culturas buenas, buenas, y culturas malas, malas. De que la vida es compleja, pues. Seguro que se equivocan, pero uno está deformado por Occidente.

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/CR

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