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Democracia e instituciones

Democracia e instituciones

Columnas jueves 07 de noviembre de 2019 - 01:37

Escuchamos voces en nuestra sociedad de descontento que se apodera del espacio público. Los gobiernos emergidos de las democracias han dejado de hacer sus deberes, construyendo agendas particulares alejadas de las necesidades de las personas.
Esto no solo está pasando en México como reflejo del enorme descontento por los graves problemas que enfrentamos, sino en todo el mundo. Basta echar un vistazo a lo que hoy está sucediendo en Bolivia, con su momento postelectoral o las protestas sociales en Chile, que nos han dejado estampas de personas en las calles con caretas del guasón —a propósito de la película Joker estrenada recientemente en todo el mundo—.
En el clímax de este desencanto social, diversos grupos políticos, impulsados por una ciudadanía molesta e irreflexiva han desarrollado un discurso contra la democracia liberal.
Como solución al “fracaso democrático” se sugiere que la salida es elegir a líderes con gran popularidad, que ejerzan el poder en nombre del pueblo, dejando de lado, si es necesario, todos los obstáculos jurídicos o institucionales que se opongan o estorben a ese fin.
Es una paradoja, pues desde la democracia se está demoliendo a la propia democracia. Salir a las calles a destruir lo que se encuentre al paso, tomar justicia por nuestras manos, debilitar a las instituciones, ignorarlas o desaparecerlas, todo en nombre de la voluntad popular, es una moneda con dos caras: autoritarismo o anarquismo, pero jamás democracia.
Rechazar de manera explícita o implícita a través de discursos o acciones las reglas democráticas de los sistemas políticos; negar la legitimidad de los oponentes políticos; tolerar o alentar la violencia y tomar decisiones que tiendan a restringir las libertades y derechos, especialmente los relacionados con la libertad de expresión y el disentimiento son expresiones que ponen en riesgo a los regímenes democráticos.
La ciudadanía que se mantiene atenta a estos estallidos de sus conciudadanos, pero que no comparte el pensamiento monolítico ni las razones extremas, no debe permanecer inactiva. Es indispensable participar activamente y respaldar proyectos políticos y sociales que sostengan debates y propuestas racionales; un sistema de justicia efectivo; crecimiento en la economía con una orientación sustentable y reductora de las brechas sociales, legalidad y Estado de Derecho.
Contrario a lo que el discurso del hartazgo democrático nos dice, la soluciones no están fuera de las instituciones, sino en su interior.
Los arreglos, prácticas e instituciones políticas son el avance más importante para lograr los resultados que esperamos, pues como ha dicho Robert Dahl: las instituciones se asientan después de un largo itinerario y pasan de una generación a otra. Cuando un país avanza hacia un auténtico régimen democrático, los tempranos arreglos democráticos se convierten gradualmente en prácticas, que a su debido tiempo desembocan en instituciones asentadas y, entonces, surgen las soluciones.



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/CR

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