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Dino Buzatti cuenta la conquista del Everest

Dino Buzatti cuenta la conquista del Everest

Columnas viernes 24 de mayo de 2019 - 03:17


Hace 66 años, un 29 de mayo de 1953 dos alpinistas lograron conquistar la cumbre del Everest, “el acontecimiento más importante que se haya registrado jamás en los anales del alpinismo”, escribió Dino Buzatti días después en su artículo “Everest” del libro Los indómitos de la montaña (Traducción de Amelia Pérez de Villar, Gallo Nero, 2016).

Un hecho histórico, un día de gloria que nuestros descendientes recordarán por los siglos de los siglos, una fecha destinada a figurar de ahora en adelante en todas las enciclopedias, por muy pequeñas y básicas que sean, fecha que la maestra de escuela hará aprender de memoria a los pequeños.

Algo comparable a la conquista del Polo Norte, al primer vuelo, a la explosión de la bomba atómica. Un alto en el camino, una gran meta, un punto de inflexión, un confín extremo para llegar al cual ha sido necesaria determinar una serie interminable de proyectos, tentativas, estudios, atrevimientos, heroísmos, tragedias y esfuerzos casi sobrehumanos.
***
Por fin, se ha conseguido: dos hombres en pie sobre un pináculo de hielo de 8.888 metros de altura. Por encima, nada: nadie ha llegado ni llegará nunca más alto. Porque esa es la cima del mundo, el máximo anhelo de la corteza terrestre, la rugosidad más acentuada de cuantas recubren esta manzana ajada en la que habitamos, suspendida en el espacio sideral. Y al mismo tiempo –y esto no es retórica– es la Cumbre Suprema, el Culmen, el símbolo mismo del Ideal y del Ascenso.

¿No valía la pena soportar tantas fatigas, tanto gasto, tantos sacrificios? […] ¿Quién se hubiera resistido a una tentación como ésta? Habría que ser una lombriz, una larva, un piojo, para no sentirse fascinado por la empresa. A fin de cuentas ya era la última fortaleza de la Naturaleza que aún permanecía virgen. Océanos, desiertos, junglas, glaciares del Polo... todo está ya explorado.

Sólo quedaba la cúspide, la cúpula suma, la torre del campanario de esta pequeña barriada de pendencieros que llamamos Tierra. Allá arriba no ha estado nadie. ¿Se imaginan ustedes lo que sucedería en el corazón de esos dos hombres en el instante en el que tocaron la cima, y al levantar la mirada, no vieron ya más hielo ni más crestas, ni rocas, ni murallones imposibles, sino la nada, el cielo abierto, la vorágine azul del universo?
***
Al volver los dos la vista y mirar a su alrededor para ver cuán lejos habían llegado, incluso más allá del último confín todo parecía bajo e insignificante. ¿Pueden imaginar la aterradora felicidad que sintieron? Como un río inmenso de gozo que se derramara a borbotones en su
espíritu. Sin pensamientos tristes, sin remordimientos, ni vanidad, ni escoria. Aunque boquearan, aunque estuvieran a punto de desmayarse, aunque no consiguieran tenerse en pie. Como Napoleón en las Pirámides. Dispuestos incluso a morir sin pesar. Perdidos en suprema beatitud.

Gloria, por tanto, al neozelandés Hillary, al nepalí Tenzing, al coronel Hunt, jefe de la expedición, a todos sus compañeros. Les envidiamos. Es justo que sus caras honestas aparezcan en los periódicos de todo el mundo, en primera plana, bajando de su pedestal a divos y divas, deportistas y políticos. Cualquier honor estará justificado. Y nosotros aquí, lejos, exiliados en el polvo y el ruido de la ciudad, sobre el fondo plano de una llanura banal, nos repetimos la pregunta: ¿tenemos que estar contentos? ¿No habría sido mejor que el Everest se mantuviera intacto?
***
Era el último reducto de nuestra fantasía, la roca sobreviviente de lo desconocido, el fragmento residual de lo imposible que conservaba la tierra.

Aunque se había fotografiado desde todos los ángulos, medido metro a metro con instrumental topográfico, registrado meticulosamente en los mapas, el Everest era de una inmensidad sin límite, precisamente porque no se había conquistado. Hoy se ha roto el hechizo: estamos seguros de que esa cima fabulosa está construida como tantas otras; y no viven en ella los dioses de la montaña. Hoy el Everest entra en el primer puesto del elenco de cimas conocidas, con nombres y apellidos de alpinistas, descripciones de itinerarios, etc. Hoy es, en suma, cuando comienza su historia, aunque haya terminado para siempre su leyenda.
***
¿Y ahora? ¿Qué queda por hacer? ¿No parece que la Tierra se ha vuelto de repente más estrecha y ridícula? En el antiquísimo castillo, encima de la soberbia torre, existía aún una habitación donde nadie había entrado jamás. Pero al final se ha abierto la puerta. El hombre ha entrado y ha visto: ya no queda misterio.
***
Entretanto nos quedamos aquí, prisioneros en la superficie del planeta que gira eternamente, globo que ayer parecía infinito y que hoy se ha hecho pequeño, una pelota apenas de la que conocemos todos los secretos, removida y recorrida de punta a punta. No queda ni un solo rincón virgen, ni una joroba, ni un cúmulo de nieve. Allí se había refugiado la poesía con los sueños, las esperanzas, las ilusiones, las bellísimas cosas inútiles y sin embargo indispensables para la vida. A partir del 29 de mayo pasado, la poesía se ha marchado también de allí. Ahora, ¿a donde iremos a buscarla?.




*Delia Juárez G. Editora y traductora.
Es autora del libro Gajes del oficio. La
pasión de escribir (2006); y de las antologías colectivas: Y sin embargo yo te
amaba. 12 escritores interpretan a José
José (2009), Mudanzas (2011), Anuncios clasificados (2013) y Así escribo. 53
escritores mexicanos y el misterio de la
creación (2015).

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/CR

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