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Drama Fiscal

Drama Fiscal

Columnas martes 31 de diciembre de 2019 - 01:56

En una cumbre mundial reciente, uno de los panelistas dijo que si realmente se quería analizar el tema de la desigualdad social era menester dejar de hablar de filantropía, y comenzar a hablar de impuestos. Su comentario no cayó nada bien en un auditorio de millonarios bien pensantes.
Los impuestos siempre han sido el tema más incómodo para los que tienen dinero, baste recordar que la Carta Magna inglesa de 1215, instrumento jurídico con el que nace el control al poder absoluto en occidente, fue un documento aristocrático de trasfondo fiscal, no un manifiesto popular de derechos.
En el orden mundial creado a partir de la caída del Muro de Berlín, empero, la idea de la injusticia inherente a las contribuciones públicas ha tomado especial fuerza, y se ha arraigado en el sentido común, inclusive entre quienes serían los principales beneficiarios de una recaudación fiscal más robusta. La informalidad es la respuesta de los sectores populares (que no necesariamente pobres) a los sofisticados paraísos fiscales y estrategias de evasión de los grandes capitales.
El día de hoy, todos, ricos y pobres, cirujanos y vendedores ambulantes, corporaciones transnacionales y burócratas de ventanilla, ven el impuesto como un abuso porque ven al Estado como el enemigo. Esto es un disparate que acaba siendo en perjuicio de todos. Por eso México recauda menos de su PIB, en comparación con lo que recaudan países que son del tamaño de Colima. De vergüenza.
Una disculpa por ser tan básico en el planteamiento, pero de las funciones básicas del gobierno necesitamos todos y las usamos todos. No es ingenuidad, sino factualidad: los ricos podrán crear sus propias escuelas y hospitales para no usar los de los pobres, pero no pueden crear su propio territorio libre de delincuencia, sus propias carreteras, sus propios tribunales y sus propias fronteras. Más aún, “los mercados” como se denomina con veneración a los inversionistas bursátiles, requieren de Estados fuertes en lo legal, que fabriquen un orden internacional desregulado pero que proteja sus transacciones y el libre tránsito de capitales. Sin Estado no hay mercado.
Pensemos en eso, entre muchas otras razones, antes de suscribir nuestra militancia en la defensa de plataformas de transporte que no sacan permisos de transporte, ni pagan impuestos por transportar, ni se hacen responsables de la seguridad de sus pasajeros, ¡a los que de hecho transportan! O para rasgarnos las vestiduras por plataformas de hospedaje que compiten deslealmente contra hoteles convencionales, porque de nuevo, ni pagan ningún impuesto ni cumplen ninguna norma en materia de hospedaje. Son negocios billonarios dónde ninguno de los involucrados contribuye en nada, y los consumidores no tendrían por qué absorber todo el costo, porque los márgenes de utilidad de esos negocios son ridículos, precisamente porque su modelo de negocios está basado en el aprovechamiento de lagunas legales. Que paguen lo que les corresponde. Nos conviene a todos.

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/CR

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