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El Conejillo De Indias

El Conejillo De Indias

Entornos viernes 19 de julio de 2019 - 04:36


POR TOM WOLFE

Pete Conrad, alumno de Princeton y de la Filadelfia Main Line, tenía el típico encanto ESA y controlaba las convenciones sociales. ESA (era la clave del club de Princeton en los años 50 para indicar «Individuo del Este Socialmente Atractivo») La cualidades de ESA eran muy útiles en la Marina, donde aún se valoraba el refinamiento en los rangos de la oficialidad. Pero en el fondo Conrad seguía siendo un Hickory Kid. Tenía la misma combinación de modales de party y vestigios Nuestra Pandilla, que su esposa Jane, había encontrado tan atractiva cuando lo conoció seis años atrás. En 1959, a los 28 años, Conrad seguía teniendo la misma reacia constitución, uno setenta y cinco, y apenas 56 kilos, aún tenía el mismo cabello rubio, casi blanco y el mismo tono nasal de voz, la misma risa de colegial y la misma sonrisa fin-de-semana-divertido que dejaba al descubierto la separación entre sus dientes. Sin embargo la gente le hacía sitio. Había también en él la vieja veta Huck Finn palo-de-nogal no-crucesesa-raya o te-aplastaré. A diferencia de muchos otros pilotos, solía decir exactamente lo que le pasaba por la cabeza en el momento. No podía soportar que jugarán con él. En consecuencia, pocas veces jugaban. […] Pete Conrad había acabado ofreciéndose voluntario, y Jim Lovell lo mismo.

En realidad se habían ofrecido voluntarios todos los pilotos que se habían reunido en la habitación del hotel , incluido Wally Schirra, que había sido el que más dudas parecía tener ¿Por qué? Una buena pregunta. Pese a tantas cavilaciones y discusiones, al asunto de la carrera y la contabilización de los pros y los contras ninguno de ellos podía darse una buena respuesta clara. El asunto no lo habían decidido por pura lógica. Silverstein y Low, en aquella reunión informativa del Pentágono habían logrado, de algún modo, pulsar todas las teclas de modo perfecto. Era como si tuviesen un plano exacto que les indicase cómo estaban conectados los jinetes de caza.

«Máxima prioridad nacional»… «Empresa peligrosa»… «estrictamente voluntario»… tan peligroso que «si no se ofrecen voluntarios no se utilizará contra ustedes»… y todos habían captado la señal, subliminalmente, en el plexo solar.

Se les ofrecía la versión guerra fría de la misión peligrosa. Una de las máximas que estaba grabada en todos los oficiales de carrera era: Nunca rechaces una misión de combate. Y además estaba el asunto de «los primeros hombres en ir al espacio». Los primeros hombres en ir al espacio. En fin… ¿Y si ruedan así las cosas? Los ases de los cohetes de Edwards, desde su eminencia, podían mirar todo el plan un poco desde arriba. Pero en las almas de los demás jinetes de caza que fueron al Pentágono se desencadenó un impulso que desbordó todas las consideraciones estrictamente lógicas relacionadas con la carrera: no debo permitir... que me dejen atrás.

Esta sensación se magnificó con la reacción del público. Apenas se había informado al primer grupo de candidatos y ya llegó a la prensa la noticia de que la NASA buscaba astronautas para el Proyecto Mercury. [...]

La cuestión de si el astronauta era un piloto o un simple conejillo de Indias ni siquiera se planteó, al menos en lo que a la prensa respecta. «¿Están buscando realmente a alguien para ir al espacio encima de un cohete?» La cuestión era ésa, y eso era lo único que parecía importar. Para casi todos los que habían seguido por televisión la labor de la NASA, las posibilidades de que el lanzamiento de un norteamericano tuviera éxito parecían más bien escasas. Desde hacía catorce meses, el gobierno Eisenhower había adoptado la estrategia de dar publicidad plena a sus intentos de alcanzar a los rusos, por eso se mostraban al público de los cohetes de Cabo Cañaveral estallando en la rampa de lanzamiento del modo más ignominioso, aunque brevemente cómico, o bien desviándose en trayectorias disparatadas, camino del centro de la ciudad de Orlando en vez del espacio exterior, en cuyo caso había que hacerlos estallar por control remoto. Bueno, no todos, claro, pues Estados Unidos había logrado poner en órbita algunos satélites pequeños, simples «naranjitas» como decía muy contento Nikita Kruschev a su manera cruel y colorista de campesino, comparados con los Sputniks de 400 kilogramos que la poderosa Integral estaba colocando alrededor de la Tierra cargados con perros y otros animales de experimentación. Pero al parecer los americanos sólo tenían talento para hacerlos estallar. Estos cohetes tenían diversos nombres, Atlas, Navajo, Little Joe, Júpiter, pero todos explotaban.

Conrad como Schirra y cualquier otro piloto de pruebas, no veía del mismo modo la información de la televisión, sin embargo. Lo que la gente veía en la televisión eran, en realidad, cosas que sucedían normalmente en las pruebas.

El que los aparatos estallaran en era normal en el pulso de las pruebas con propósitos aéreos.

* Cortesía de Editorial Anagrama,

The Right, Stuff, NY,1980

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YC/CR

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