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El Irlandés

El Irlandés

Columnas jueves 28 de noviembre de 2019 - 01:27

Hace un par de meses Martin Scorsese cometió el peor pecado de esta era en una entrevista al decir: “eso no es cine”, refiriéndose a las películas de Marvel. Lo anterior provocó una turba de cometarios en Facebook, Twitter y YouTube de gente ofendida contestando a las palabras del galardonado director. Como si éste fuese a leerlos.

Viendo el enfoque del director no es extraño que en algún momento declinara su participación como productor en The Joker, aunque hizo mención de que era por cuestión de tiempo y su inmersión en El Irlandés, que no lo dudo, también no dudaría que fuera por la sencillez en el guión y la poca sutileza con la que cuenta la historia del payaso loco, y siendo Scorsese un maestro de la sutileza y de la narrativa ese proyecto no iba con él aun siendo productor.
La historia de El Irlandés es la de Frank Sheeran (Robert De Niro) excombatiente de guerra, convertido en camionero pero que por azares del destino termina siendo el asesino a sueldo de Rusell Bufallino (Joe Pesci) uno de los capos de la mafia norteamericana más mortales de los Estados Unidos que entre los años cincuenta y sesenta tenía bajo su control gran parte de negocios turbios del país y la política. La fama de Sheeran lo lleva a manos de Jimmy Hoffa (Al Pacino) uno de los líderes sindicales más importantes y con influencia dentro de la política.

Quien sirve a dos amos con alguno quedará mal, reza el refrán, así que la epopeya de estos hombres se convertirá en una mezcla de lealtades, transacciones, política, corrupción y asesinatos en los que la redención parece no tener cabida, ojo, dije parece.

Scorsese demuestra su genialidad de nueva cuenta retando al público y al cine mismo. Uno de los pecados en cine es romper la cuarta pared: cuando un personaje habla a la cámara directamente y hace puntuaciones sobre lo que ocurre o va a ocurrir o el utilizar flash backs sobre flash backs para contarnos la historia de estos hombres que muy en las sombras en ocasiones cambiaron el rumbo de su país.
Los recursos tecnológicos en un filme deben de ser un acompañamiento, un medio, y no el filme en sí. El rejuvenecimiento de sus actores principales resulta un deleite, y una gran balsa sobre la cual corren las tres horas y media de metraje. Una epopeya que vuelve a recordarnos como es hacer cine de calidad sin miedo a la duración, me parece irreal que exista gente que asuste por sus tres horas y media de duración, aunque igual de irreal que se considere que matar a personajes por necesidad del guion es profundo tanto más que poner a bailar a un payaso loco en unas escaleras para convertirse en un meme de internet.

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/CR

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