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El Sabio amable y Erudito

El Sabio amable y Erudito

Entornos viernes 28 de junio de 2019 - 05:55

POR RICARDO SEVILLA

Hombre cordial y hasta tímido, el principal rasgo en la vida y obra de José Emilio Pacheco (1939 - 2014) fue la sencillez. Ejerció todos los géneros periodísticos y literarios con idéntico rigor, sabiduría y afabilidad. Poeta, narrador, ensayista, editor y traductor, el hombre perteneció, como se sabe, a la llamada Generación del Medio Siglo, integrada por personalidades tan disímiles como Eduardo Lizalde, Sergio Pitol, Juan Vicente Melo, Juan García Ponce, Sergio Galindo, Salvador Elizondo, Carlos Monsiváis y Vicente Leñero.

Y fue precisamente Vicente Leñero quien contó —en su novela Los periodistas— que Pacheco aportó el nombre de la revista Proceso —que hasta hoy perdura— debido a que, desde el punto de vista del autor de El viento distante, el grupo encabezado por Julio Scherer García estaba siendo “víctima de una intriga de tintes kafkianos”

De hecho, durante décadas fue colaborador del semanario Proceso, y su columna Inventario —espacio monotemático, nacido originalmente en 1973 en las páginas de Excélsior, que tuvo 40 años de vida— fue una brújula que sirvió para orientar al lector de intereses generales sobre los más diversos temas de la sociedad mexicana.

Pacheco —que desde joven tuvo una clara conciencia de su vocación como escritor— practicó una escritura asequible, sin afectaciones ni ornatos. Y más aún: fue uno de esos raros autores que podemos calificar de original.

Una originalidad, por cierto, encontrada desde el comienzo, natural y carente de rebuscamientos. A decir verdad, todos sus libros destacan por el manejo de un discurso simple y directo que, incluso, discrepó hondamente con el lenguaje rimbombante —y muchas veces artificioso—utilizado por varios de sus amigos y compañeros generacionales.

El autor del extraordinario poemario Irás y no volverás —en este y otros libros— expone su lírica mediante frases simples y enunciados sucintos.

Bien visto, tanto su obra poética como su narrativa está poblada de nimiedades, de hechos cotidianos. Pese a que su temática abarca un amplio espectro de preocupaciones intelectuales —que van de la infancia a la vejez, del descubrimiento del amor a la amistad y del erotismo más depurado a la corrupción política más depredadora— su principal inquietud fue el implacable paso del tiempo.

En cualquier caso, Pacheco no se atareó ofreciéndole al lector protagonistas de epopeya. Sus personajes no tienen una personalidad idealizada ni emprenden hazañas extraordinarias. Pero si tomamos en cuenta que una de las definiciones que existen sobre el concepto de héroe dice que se trata de una criatura que engloba la quintaesencia de los rasgos claves que imperan en su cultura de origen, entonces José Emilio Pacheco sí nos ofreció un buen número de héroes modernos.

Bien lo definieron en España como “un poeta excepcional de la vida cotidiana, con una profundidad, una libertad de pensamiento, una capacidad de crear su propio mundo, una distancia irónica de la realidad cuando es necesario, y un uso lingüístico... que es impecable”.

Aunque desde hace mucho el foco de su obra descansa en un bestseller — Las batallas en el desierto—, Pacheco fue también un poeta extraordinario, cuyas piezas fueron celosamente corregidas, una y otra vez, en cada nueva edición.

Traductor de Tennessee Williams, Elliot, Oscar Wilde, Víctor Hugo, Truman Capote, Hemingway, Marcel Schwob, Eliot, Becket e incluso Albert Einstein, Pacheco fue —junto con el amabilísimo y eminente Ernesto de la Peña— uno de los más egregios humanistas y hombres de letras de la lengua española.

Pese a que fue un hombre sabio —o dicho más categóricamente: uno de nuestros más auténticos pensadores— no deseaba llegar al lector especializado, sino tocar en el ánimo del gran público.

Pacheco practicó todos los géneros con la misma sabiduría, precisión y gracia: la poesía, el cuento, la novela, el ensayo erudito, la nota periodística, la traducción de poesía latina e inglesa.

Leer a este hombre —en sus crónicas, cuentos, novelas, poemas y traducciones— es como descubrir a un conversador inteligente y ameno. Y en un tiempo donde el arte de la conversación parece estarse olvidando, para ser sustituido por la beligerancia anónima y la estrechez intelectual que cunde en las redes sociales, y sin que nadie parezca darse cuenta, fijar la atención en la obra de José Emilio Pacheco es una auténtica bocanada de aire fresco. Al terminar cualquiera de sus libros —y ante los desangelados diálogos de nuestros opinólogos más influyentes— el lector descubrirá, no sin asombro, que todavía hay una puerta hacia la literatura —y hacia el pensamiento— que aún no ha sido derrumbada.

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IM/CR

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