laopcionnota
El Simbolista Desolado

El Simbolista Desolado

Entornos jueves 01 de agosto de 2019 - 04:40


POR RICARDO SEVILLA

Herman Melville (1819-1891) fue durante toda su vida un escritor desdeñado. El poco éxito que obtuvo se lo debió a dos obras que ya casi nadie recuerda: Taipi (1846), su primera novela, basada en un viaje que el autor realizó por las islas Marquesas y donde el personaje principal es hecho prisionero por una tribu de caníbales; y a Omú (1847), una secuela de la obra anterior, que relata otro puñado de experiencias que el autor aseguraba haber vivido en el Pacífico Sur.

Ambas obras le granjearon fama de escritor de aventuras. De hecho, en su edición de 1911, la Enciclopedia Británica describía a Melville como “un simple cronista de la vida marinera”. Después recularían y, ya mejor documentados, los redactores escribirían un elogio de pacotilla.

Todos los libros siguientes de Melville —incluidos Moby Dick (1851) y Bartleby, el escribiente: una historia de Wall Street (1853), que actualmente son tan valorados por el público lector, los eruditos y las academias— no sólo fueron menospreciados por la crítica, sino también por buena parte del soberbio auditorio norteamericano.

Y pese a que actualmente Melville y su obra reciben calificativos bombásticos —“estamos ante uno de los autores más importantes de la historia de la literatura universal”, “sin duda, uno de los padres de la novela literaria moderna” y toda esa clase de enaltecimientos aparatosos— conviene decir que ambos textos, en su momento, representaron un rotundo descalabro comercial para los editores de Melville y, desde luego, para su economía personal.

Herman Melville, de hecho, fue un autor que pasó gran parte de su vida hundido en la bancarrota.

Moby Dick —una novela con enormes influjos bíblicos y shakesperianos, que comienza con sesenta pomposas citas eruditas— ha sido leída como la crónica de una funesta obsesión o como la aciaga pasión de un personaje: el tétrico capitán Ahab, quien renguea de un lado hacia otro, jalando una pierna hecha con un hueso de cachalote. Otros la han considerado como un azaroso viaje hacia la oscuridad interior que ya prefiguraba al Joseph Conrad de El corazón de las tinieblas.

La mayoría, sin embargo, ha contemplado esta obra como uno de los mitos más perturbadores que se hayan imaginado sobre la lucha del hombre contra el mal.

Pero Melville —pese a que introduce un inagotable abanico de temas que van del idealismo a la biología y del pragmatismo a la religión— pedía que Moby Dick no fuera leída como una alegoría. Pero, como suele ocurrir en la literatura, nadie le hizo caso y la novela recibió, junto con su buena dosis de escarnios, toda suerte de interpretaciones.

Lo curioso es ver a la crítica literaria de la época ensañándose con una de las obras que actualmente es considerada como una de las cumbres más altas del simbolismo estadounidense. La mayoría de los reseñistas describieron las más de 600 páginas de Moby Dick como un bodrio impenetrable.

Ahorrándose eufemismos, hubo incluso quien llegó a calificarla como “basura”. Alguno más arrojado, por ahí dijo que después de haber leído la novela le parecía más adecuado que “el señor Melville y sus ballenas” estuvieran en “el fondo del mar”.

Hasta Kiko Amat —un DJ. que lo mismo escribe novelas, artículos y una buena cantidad de bufonadas en El País— apuntó, no hace mucho, la tontería de que esta obra de Melville “es una GRAN novela, del mismo modo que el Titanic era un GRAN barco”.

Nada diferente ocurrió tres años después, cuando el autor decidió publicar Bartleby. Cuando el texto salió a la luz, Melville era considerado un escritor fracasado.

El mundo de Bartleby, a diferencia del de Moby-Dick, es el de las grandes ciudades. Pero ambas son atmósferas desoladas.

Y los dos protagonistas sienten crecer la angustia en su pecho. Mientras Ahab, arrebatado por el pesimismo que siempre lo ataca, llega a exclamar: “Nuestras almas son como esos huérfanos cuyas madres solteras murieron al parirles: el secreto de nuestra paternidad yace en su tumba, y tenemos que ir a ella para saberlo”, el oficinista Bartleby dice que hay momentos, sobre todo los domingos en lugares como Wall Street, en que “cada noche de cada día es una desolación”.

Pese a ser uno de los autores más sobresalientes de su época, el autor de Las encantadas culminó sus días ignorado, desalentado y peleado con su viejo amigo Hawthorne, un autor en quien Melville había llegado a reconocer como una figura paterna.

Pasarían muchos años para que apareciera su pequeña cohorte de discípulos.

Décadas después de su muerte, algunos autores emblemáticos comenzaron a escribir pequeños homenajes post mortem.

Faulkner, renunciando a su mesura habitual, declaró que le habría encantado ser el autor de Moby Dick. D. H. Lawrence, por su parte, habló larga y profundamente sobre las proporciones épicas contenidas en la obra de Melville y, sobre las aventuras del capitán Ahab, dijo que se trataba del “libro de mar más grande que jamás se ha escrito”.

Años más tarde, Albert Camus no dudó en declarase admirador del escritor estadounidense y, sin empacho, apuntó en un ensayo que sus libros le parecían “admirables” y “excepcionales”. Otro de sus admiradores —y quizá realmente uno de sus más grandes discípulos— ha sido el escritor español Enrique Vila-Matas, quien no sólo se sintió enormemente atraído hacia la pulsión negativa que animaba al famoso burócrata de Melville, sino que, víctima de un gran desconcierto, se ha preguntado “¿cómo comprender que historias como Bartleby, Billy Budd, Benito Cereno y, sobre todo, Moby Dick, pasaran inadvertidas cuando no rechazadas por el público y la crítica de la época?”

Hoy —a doscientos años de su nacimiento— sería una buena idea que visitáramos por primera vez —o revisitáramos, si ya lo hemos leído— las páginas de Melville y no replicar burdamente, “preferiría no hacerlo”, como solía hacerlo el amable y burdo burócrata Bartleby.

Envie un mensaje al numero 55-12-88-20-96 por WhatsApp con la palabra SUSCRIBIR para recibir las noticias más importantes.

YC/CR

Etiquetas


Notas Relacionadas

A 120 años del nacimiento de BorgesEntornos
2019-08-24 - 13:33

+-