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El baladista español que enamoró fans y karaokes en toda américa

El baladista español que enamoró fans y karaokes en toda américa

Entornos lunes 09 de septiembre de 2019 - 04:06

POR RICARDO SEVILLA

Aunque Camilo Sesto conquistó la fama con himnos lacrimosos a la música romántica —la crítica especializada lo considera uno de los cantantes más importantes de la historia de la música en España—, el proyecto más ambicioso de su carrera fue, quizá, participar en la versión española de la polémica obra del compositor inglés Andrew Lloyd Weber: Jesucristo Superestrella.

Muchos dicen ahora que se trató de una obra que desafió a la censura en España, un país, por cierto, profundamente católico y que, en aquellos años, vivía los últimos días de la dictadura de Franco. Pero no fue así. A decir verdad, en aquel musical, Camilo sólo fue un intérprete bastante destacado. En todo caso, el mayor mérito correspondió al director de teatro Jaime Azpilicueta, el hombre que decidió llevarla al escenario, y que ya antes había montado musicales inspirados en las obras de Sófocles, Lope de Vega, Shakespeare, Strindberg, Ionesco y Arthur Miller.

Cabe recordar que la obra —que también fue llevado al cine por Norman Jewison— fue adaptado al español por Azpilicueta y Nacho Artime, y grabado con las voces de Camilo Sesto (como Jesús), Teddy Bautista (como Judas), Angela Carrasco (como María Magdalena) y Alfonso Nadal (como Pilatos), entre otros.

▶ No obstante, años más tarde, el propio Azpilicueta reconocería que Jesucristo Superestrella había sido “una versión bastante tímida” y que varios pasajes habían sido montados en un lenguaje críptico para evadir a los censores franquistas.

En todo caso, es posible que Camilo Blanes Cortés (1946-2019) sea más recordado como el autor de la célebre pieza Vivir así es morir de amor, una copla romántica donde el personaje —un limosnero de cariño que mendiga besos y se enamora siempre de quien no lo ama— llora con el alma y, con un mohín desesperado, exclama: “Y ya no puedo más, ya no puedo más. Siempre se repite esta misma historia”.

Cantante fenomenal, compositor prolífico y pionero en el arte de salir al escenario con el objetivo de conquistar el mayor número de fans (¿el primer influencer?), Camilo fue, desde el comienzo de su carrera, un personaje decisivo en la España de los años 70 y, poco a poco, su influencia fue traspasando el terreno musical para adentrarse en el espinoso terreno de lo sentimental, y donde se encargó de conferirle “a las llagas del dolor una presencia corporal”, de acuerdo con la opinión del cronista Carlos Monsiváis.

A muchos les pareció curioso que, apenas el año pasado, luego de 50 años de carrera, el compositor español intentara, por enésima ocasión, desempolvar sus viejos éxitos musicales —él llamaba a esa especie de trucos “renovación”— y decidió ofrecerle al público un elepé donde imperaron los instrumentos de viento, cuerda y percusión: Camilo sinfónico.

Pero, en realidad, no se trató de ninguna innovación ni, mucho menos, de una renovación. El trabajo, aunque laborioso, sólo consistió en combinar las pistas vocales originales de Camilo con la Orquesta Sinfónica de RTVE. Y para ampliar sus posibilidades de venta, el disco contó con las colaboraciones especiales de Marta Sánchez, Mónica Naranjo, Pastora Soler y Ruth Lorenzo, entre otros. En cualquier caso, la participación del hombre que alguna vez compusiera piezas para José José, Miguel Bosé, Ángela Carrasco y Lucía Méndez, en esa ocasión, sólo consistió en acudir en un par de ocasiones a los estudios y palomear el material.

Lo cierto es que, más allá de las metamorfosis a las que sometió sus canciones —mejor aún: sus éxitos— Camilo Sesto al lado de José Luis Perales y por encima, incluso, de la rasposa voz de Julio Iglesias, la melodramática personalidad de Raphael y la temprana muerte de Nino Bravo no sólo fue la voz más representativa de dos generaciones, los adolescentes de los años 70s y los jóvenes transformados en adultos de la década de los 80, sino también una pieza clave en la historia de la música pop en habla hispana.

Músico e interprete excepcional, Camilo definió el sonido de la canción romántica, sentó las bases de la música melódica española y, con su voz acompañada con pequeños grititos punzantes que vulneraban corazones, proyectó internacionalmente sus dramas musicales con una potencia difícil de emular.

Pocos sospecharon que aquel muchacho nacido en Alcoy, pequeña comunidad valenciana situada al sureste de España, en Alicante, y que en su juventud llegó a cantar gratis —sobre todo canciones de los Beatles y los Bee Gees— en bodas, bautizos y toda suerte de fiestas pasteleras, años después, se transformaría en uno de los autores que más recaudaron por derechos de autor.

Pero, como suele ocurrir, al final de sus días, no hubo dinero ni riqueza que fuese capaz de reestablecerle a Camilo la salud perdida. Hace un par de años, visiblemente más delgado y débil, y con un mareo que apenas le permitía articular palabra, el cantautor decidió retirarse.

Su muerte, si cabe decirlo así, fue triste: desolada. Recluido y prácticamente olvidado, en su chalé de lujo en Torrelodones, a las afueras de Madrid, Camilo Sesto, ya convertido en una silueta pálida y frágil, murió, a los 72 años, acompañado únicamente por los polvosos recuerdos que fue atesorando a lo largo de su carrera.

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IM/CR

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