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El distraído padre de la narrativa panteonera

El distraído padre de la narrativa panteonera

Columnas jueves 25 de julio de 2019 - 01:48

El sanguinario y ambicioso Robert Walpole —que ocupó el poder en Inglaterra durante 21 años consecutivos— tuvo un hijo enfermizo, bonancible y un tanto afeminado. El tirano, que había sufrido la crítica ácida e inclemente de influyentísimos hombres de letras como Jonathan Swift, Alexander Pope y Samuel Johnson, debido al absolutismo con el que se había conducido durante dos décadas, decía tener una gran admiración por la biografía del pensador romano Horacio, quien había sido vástago de un esclavo liberto, y para honrarlo decidió llamar a su hijo menor Horace.

Horace Walpole nació el 24 de septiembre de 1717 , en Londres. El primer ministro de facto de Gran Bretaña —que estaba en pleno auge de su despotismo y no quería perder su alcurnia— trató de convencer a su hijo para que siguiera la carrera de leyes.

Robert tenía la esperanza de que su escuálido muchacho se dedicará a la política, tal y como había hecho su familia durante varias generaciones. Pero, con todo el dolor de su corazón, el déspota percibió que el menor de sus cuatro hijos no mostraba ninguna aptitud para asimilar teorías jurídicas, y después de un corto y mediocre intento por impulsar su carrera política, tuvo que conformarse con ver a su retoño calentando su sillita inocuamente en el Parlamento británico.

Horace, consciente de que no había heredado la avaricia ni la ferocidad de su padre, se negó a seguir sus pasos. Lejos de las capitas de armiño y las zapatillas ajustadas con hebilla que le encantaba lucir por todas partes, Horace rechazaba la vida de lores, duques y barones porque, como él mismo narra en sus Cuentos jeroglíficos, le parecía “viciosa, traidora y reforzada a fuerza de estúpidos perifollos”. La verdad es que al hijo del codicioso y sanguinario Robert, le atraía más la arquitectura, la jardinería y las historias de monstruos y brujas oteando en la espesura.

Consternado ante las pocas aptitudes políticas de su hijo, Walpole tuvo que resignarse y decidió heredarle una buena suma para que pudiera dedicarse a esos asuntos sin mayores contratiempos. El muchacho pasó tres años en la Universidad de Cambridge, donde fue compañero escolar —y también de juergas— de los poetas Thomas Gray y William Mason.

Con su melancólico y fusco amigo Thomas —amante de cráneos, sarcófagos, epitafios y toda clase de sanguijuelas panteoneras— se dedicó a compartir sus lóbregas aficiones literarias. No obstante, fue con el jovencito Mason —siete años menor que Walpole— con quien lograría entablar una relación más cercana y entrañable.

Horace —que era inteligente, ilustrado y curioso— anhelaba transformarse en un refinadísimo hombre de sociedad. Y no le fue difícil conseguirlo. Su cultura y carisma le permitieron mantenerse en las altas esferas aristocráticas.

▶ Curioso infatigable, Horace jamás se cansó de meter la nariz en todas partes. Viajó por todos los rincones de Europa, especialmente por Francia e Inglaterra. Sus hallazgos en materia de antigüedades — aseguró su biógrafo y amigo John Fothergill— fueron “auténticamente invaluables”.

Durante un tiempo, se ocupó de comprar, restaurar y subastar libros y pinturas antiguas a precios exorbitantes. Su biblioteca contaba con abundantes y apetitosas secciones de arte, arqueología y filología.

No obstante, jamás fue un erudito profundo y ni siquiera un auténtico bibliófilo. Su familiaridad con las literaturas nacionales y extranjeras —que no cejaba de presumir entre sus amistades—estuvo subordinada a sus objetivos como anticuario, naturalista y genealogista. Escribió una ingente cantidad de epístolas reveladoras que contienen largos ensayos, incontables digresiones, así como extensas crónicas e ironías sobre la aristocracia inglesa. No obstante, sus contemporáneos estimaron que su estilo era fútil y que, en general, el conjunto de su obra era igualmente baladí.

Pese a que Walpole no fue un pensador notable y ni siquiera un escritor sobresaliente, trató íntimamente con algunos de los pensadores más importantes de su época..

En 1764 Walpole publicó El castillo de Otranto, una novela de frailes concupiscentes, de magos criminales y huéspedes piratas, de vírgenes hermosas y berrinchudas que se juraban poseídas por supuestas visiones infernales. Tardes mortecinas y ambientes tenebrosos, que impelen al obsesivo príncipe Manfred, protagonista de la historia, a tirarse de los cabellos y a que, atormentado por un sueño donde se le aparece un enorme puño de hierro, busque una daga para suicidarse, son algunos de los estrambóticos cuadros que nos presenta este librito, considerado por algunos entusiastas como el iniciador del género gótico.

Y aunque Walpole no se había propuesto escribir un libro de terror —e incluso lo firmó con seudónimo porque dudaba de los poderes que podía tener semejante argumento—, el libro tuvo una buena acogida. En el segundo prefacio de la obra, él mismo confesó que su intención había sido una ambigua puerilidad: “dejar en libertad a los poderes de la fantasía por los infinitos reinos de la invención”.

Décadas después, en una célebre —y desorbitada— introducción escrita por Walter Scott, el autor de Kenilworth confesó que El castillo de Otranto lo había conmovido hasta las lágrimas y que, después de leer el libro, había tenido miedo hasta de irse a dormir.

Al igual que Walpole, había un buen número de autores que decidieron apoyar su literatura en artificios sobrenaturales. Oliver Goldsmith, Christopher Smart, James MacPherson, Robert Blair, William Collins y Thomas Chatterton, por mencionar sólo un puñado de nombres, ya incluían en sus poemas y narraciones magia negra, brujería, fantasmas y, de cuando en cuando,
demonio saltarín y confitero.

No obstante, muchos años más tarde, una legión de autores se dirían fascinados especialmente por su influjo. En el siglo XIX, el británico William Godwin y el hijastro de John Allan —Edgar Allan Poe—afirmaron, con igual entusiasmo, que Walpole era el auténtico e “indisputable padre de la novela gótica”. La verdad, no era para tanto. El castillo de Otranto era —y sigue siendo— un texto de estructura ordinaria, casi ramplona.

¿A qué se debió entonces su exaltación?

La dramatizada fama de Walpole, en todo caso, debemos atribuírsela a que mandó a edificar el castillo Strawberry Hill, una desorbitada villa que amalgamaba vidrieras y rosetones estilo godo con altísimas bóvedas de crucería, que chocaron en el ánimo de los arquitectos de la época.

La construcción, en su momento, fue considerada como una horrible y trastornada fortificación que mezclaba a su antojo técnicas y estilos sin equilibrio. Lo cierto es que este castillo hecho de chile, de mole y de dulce, posteriormente, sería el encargado de inaugurar una nueva y renovadora tendencia arquitectónica: el gótico.

Horace Walpole, dicho en estricto sentido, no es el padre de la fábula gótica, sino de algo todavía más grande e influyente: la arquitectura gótica. Con el tiempo —y después de la publicación de su novela— la palabra gótico conquistó nuevos —y más resplandecientes— significados.

Hay que recordar que, antes de que el inglés escribiera su libro y edificara su soñado castillo de Otranto, la dichosa palabra había sido sinónimo de rudeza, barbarie, tosquedad y falta de gusto.

Horace Walpole, finalmente, heredó el título lo de lord Oxford en 1791, cuando recién había cumplido 74 años. Pero el amante de las antigüedades, los castillos góticos, los jardines umbríos y las estrafalarias arquitecturas ya era demasiado viejo y débil para desempolvar su peluca e ir a sentarse a la House of lords, así que decidió pasar sus últimos días en una torre de Strawberry Hill, donde murió apaciblemente, en 1797, a los 80 años.

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/CR

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