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El estilo de las obsesiones

El estilo de las obsesiones

Suplemento viernes 22 de marzo de 2019 - 05:41

Jorge Alberto Gudiño

Se dice que el estilo propio no siempre es un acto de voluntad sino de sinceridad, en la medida en la que uno sólo puede escribir como sabe. Es cierto que, para que esto suceda, se practica a lo largo de toda una vida y que, en dicha práctica, en ocasiones se hacen ejercicios que buscan transgredir el propio estilo. Pese a ello, existen autores a los que basta leerles un par de cuartillas, sin tener a la mano la referencia de su nombre o la portada de su libro, para estar seguros de que se trata de ellos; tal es la claridad o la contundencia de sus marcas textuales. Michel Houellebecq es uno de ellos. No sólo porque su prosa contiene elementos por demás identificables sino porque en ella ha dado cabida a cada una de sus obsesiones. De esta forma, no resulta arriesgado sostener que, con derivaciones más o menos controladas, el escritor francés ha estado trabajando con una gran novela.

Serotonina, su libro más reciente, es una muestra de ello. Tras algunos años de espera, el libro ha llegado a librerías para volverse un éxito de ventas. El autor está congraciado con su mercado y los lectores corren ávidos tras sus novedades.

Florent-Claude Labrouste es un personaje muy a la Houellebecq. Tiene 46 años, lo que lo ubica en un momento de su vida donde hay poco espacio para las sorpresas. Ha heredado una buena cantidad de dinero de sus padres, lo suficiente como para vivir bien el resto de su vida. Sobre todo, si lo suma a los ingresos de su trabajo que consiste en elaborar dictámenes para el Ministerio de Agricultura francesa. Más allá de eso, tiene una depresión diagnosticada que lo lleva a medicarse con un antidepresivo que, además de las náuseas, ha bloqueado por completo su libido y lo ha vuelto impotente.

Florent-Claude sabe que su vida no le deparará gran trascendencia. No tiene hijos y la mujer con la que vive no lo satisface en el plano emocional. Por eso la abandona. Y por una necesidad cierta de autodestrucción. No es novedoso el planteamiento para el autor. Si sumamos a la depresión temas como el sexo y la crítica a la sociedad en la que vive, bien podríamos estar leyendo alguna otra de sus novelas.

Por si fuera poco, entramos al relato de su vida a partir de su propia voz. Es un narrador en primera persona que alterna planos temporales. Lo mismo camina hacia un presente poco promisorio que recuerda sus antiguas relaciones románticas. Se da cuenta de cómo ha sido él mismo el artífice de su decadencia pues ha desaprovechado una buena cantidad de oportunidades en la vida (terminó traicionando a la mujer que verdaderamente amó). Si algo lo retiene, es ese medicamento que le da la fuerza suficiente como para no quedarse estacionado, aunque sus periodos sin bañarse son cada vez más largos; así como el casi nulo contacto con aquéllos que podrían brindarle un sustento existencial. Siempre parece una mejor idea establecer una relación trivial con una camarera que intentar reconstruir su vida.

No es una sorpresa, pues, que Houellebecq plantee la decadencia del hombre de mediana edad, rico, con todas las ventajas que le permite el primer mundo. Ser parte de una minoría privilegiada parece (sobre todo si se considera su obra completa) el camino más rápido hacia el abismo. Y es ahí donde pesa el estilo. Insisto, no descansa en una prosa fácil y sin mayores florituras. O no sólo en eso. Lo hace en la forma en que las obsesiones del autor son el punto de partida para construir su universo novelístico y, sobre todo, gracias a una voz que narra desde la simpleza. Este último elemento es fundamental. Cuando muchos escritores podrían caer en la tentación del melodrama, el narrador de Serotonina, su protagonista, se conforma con mostrar los hechos sin calificarlos. Así, participamos de su decadencia sin dejarnos intimidar por llantos o gimoteos que le restarían potencia a su discurso: todo está mal, él lo sabe, y lo comparte. No se queja, no es un berrinche ni una pataleta. Es simplemente un desgajamiento irreversible, la fractura de un talud que sostiene edificios sobre él. Más que intentar apuntalar la base o detener la caída inevitable de las construcciones, encuentra la forma de mostrar los daños y el terror de los habitantes con un desasosiego que termina contagiando al lector: la marca fundamental de su estilo.

Para los lectores fieles de Houellebecq, Serotonina no decepcionará. Si acaso, podrán encontrarse repeticiones, una vuelta a los mismos temas, a las mismas formas de tratarlos. Para quienes lleguen por primera vez al autor francés, Serotonina será un punto de partida pues, si algo ha logrado Houellebecq, es contagiarnos de su vaciamiento espiritual; que, paradójicamente, lo sigue colocando en el centro de la conversación literaria. Leerlo, de cualquier modo, permite integrarse a ese mundo que, visto desde una visión crítica o no, es al que pertenecemos.




¿De qué libro estamos hablando?

Serotonina
Autor: Michel Houellebecq
Editorial: Anagrama, 2019.
Género: novela
Frase que mejor la describe: vaciamiento espiritual


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