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El legado del naturalista

El legado del naturalista

Columnas jueves 17 de octubre de 2019 - 03:17

Merodeando en la abadía de Westminster, durante los últimos coletazos del gobierno de la impopular Theresa May, me encontré con la lápida de Charles Robert Darwin, aquel teólogo reconvertido en naturalista que desembarcó en Las encantadas -hoy islas Galápagos- que tanta fascinación despertarían en Herman Melville.

En una prueba de amor sin precedente, pese a las advertencias del personal de seguridad del lugar, mi cómplice de viaje logró tomar una foto de la escueta inscripción que hacía referencia al homenaje. Apenas salir, con una cita impostergable con el Támesis por delante, me apresuré a mandársela por mensaje al gran arqueólogo, naturalista y expedicionario Jordi Serrallonga, a quien conocí hablando sobre el mito del calamar gigante en un aula universitaria durante el último febrero tramontanesco que azotó a la apacible Barcelona.

«Siempre que paso por ahí, comparo con las otras lápidas. Es muy breve, nombre y año», me dijo como quien denuncia un boicot susurrando. Un teólogo desmontado la teoría de la creación divina, reflexioné. No es que la compañía del ilustre John Herschel, promotor de la fotografía como soporte en las observaciones astronómicas y referencia absoluta de Darwin durante sus años formativos -lo que habría sido presenciar aquel histórico encuentro entre ese par en Ciudad del Cabo-, no sea lo suficientemente significativa, pero cuando uno mira, por citar alguna referencia, la tumba del escocés David Livingstone, le falta tiempo -y aliento- para repasarla en su totalidad sin sufrir la furiosa embestida de algún turista. No es, evidentemente, que el misionero, médico, filántropo y explorador decimonónico más venerado no merezca los laureles que coronan su lápida, sino que sorprende -o quizá no- la poca devoción que se le profesa al autor de El origen de las especies en el memorial por excelencia de las grandes glorias británicas.

Meses después, lejos del yugo victoriano, mientras veía la maravillosa superproducción de Peter Weir, Master and Commander (2003), no podía dejar de evocar aquellas íntimas y aleccionadoras charlas, con Biblia en mano, entre el capitán Robert Fitzroy y un incipiente revolucionario Charles Darwin en el camarote del Beagle. Salud, Jordi. Por el naturalista de convicciones.

•Lector, viajero y prospecto de escritor. Dormí en
el Wadi Rum y contemplé el rostro imperturbable
de la gran esfinge en la meseta infinita de Giza.
@Ricardo_LoSi

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/CR

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