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El monopolio democrático

El monopolio democrático

Columnas jueves 12 de septiembre de 2019 - 03:57


La sociedad mexicana vive tiempos de profundo cambio. En medio de esos ajustes, han comenzado a surgir voces que sostienen conceptos absolutistas de pueblo.

Hemos comenzado a escuchar con frecuencia el discurso monolítico a través del cual se quiere posicionar la idea de que toda tendencia política o acto de gobierno están justificados constitucionalmente bajo la fórmula: “en nombre del pueblo”.

Esta apelación al “pueblo” tiene varios aspectos que merecen —más que repetirla— una seria reflexión.

La primera consecuencia de invocar al “pueblo” como razón suficiente para un acto de poder, es la separación de la sociedad. El mensaje distingue entre quienes se ubican dentro del “pueblo”, cuyos intereses son los únicos válidos como razón pública, y quienes están fuera del “pueblo”, por lo que sus necesidades son ilegítimas y deben ser ignoradas.

El segundo efecto, consiste en que “el pueblo” puede hacer lo que quiera, mientras que, quienes están fuera del “pueblo” no pueden alzar la voz, ni siquiera cuando sea en defensa de los derechos humanos reconocidos en la Constitución y los tratados internacionales, porque se trata de una voluntad ajena al “pueblo”.

Finalmente, la apelación: “en nombre del pueblo” crea un monopolio en la legitimidad democrática. Solamente quienes abanderan las razones de ese “pueblo” tienen legitimidad para actuar política y jurídicamente. Las demás visiones deben ser anuladas por ser contrarias al “pueblo”.

Esta visión pierde de vista algunos aspectos esenciales de la teoría de la democracia. Mayoría electoral no puede entenderse como mayoría sustancial absoluta, sino como mayoría circunstancial y temporal, fruto de un proceso electoral específico.

En una democracia, las reglas del juego se fijan por la mayoría, pero éstas no pueden ser únicas e inamovibles, porque la mayoría puede cambiar. De ahí que se requieran votaciones sistemáticas en las que los ciudadanos opten por diversas alternativas, configurando así mayorías y minorías diferentes.

Indudablemente, la regla de la mayoría exige el reconocimiento de las minorías y, por ende, la protección de sus derechos, comenzando por la libertad de pensar de forma distinta a la mayoría, expresarlo y hacerlo valer.

Una auténtica democracia es aquella en la cual la regla de la mayoría privilegia la participación de las minorías en la elaboración, aprobación y aplicación de políticas públicas, porque el gobierno de un país se ejerce sobre toda la ciudadanía, no solamente respecto de quienes están dentro del “pueblo”. Aceptar lo contrario, sería aniquilar la igualdad jurídica de todos.

Entender que las sociedades modernas se componen de sectores con diversidad de intereses, concepciones, puntos de vista, ideologías y proyectos, es ser demócrata.

Por el contrario, sostener que un grupo social, partido o ideología política encarnan, en exclusiva, los auténticos valores del “pueblo”, sería sostener que se puede ser demócrata, aun aniquilando al pluralismo.

•Especialista en Derecho Constitucional
y Teoría Política

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/CR

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