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El otoño del patriarca
El otoño del patriarca

Columnas viernes 10 de mayo de 2019 - 02:29


El otoño del patriarca es una novela de Gabriel García Márquez menos recordada que otras, pero consentida de los políticos. El protagonista del libro es un dictador latinoamericano de una república atrasada cuyo nombre nunca se precisa. La novela empieza con la ambientación de los últimos años del dictador, dominado por la paranoia. Más adelante, uno se entera de toda la trayectoria del personaje. Originalmente, como suele ocurrir en nuestros desafortunados países, el dictador era un popular caudillo consentido de los pueblitos, que había recorrido minuciosamente.

La novela cuenta cómo se sabía los nombres de las abuelitas de los habitantes de las rancherías, recordaba las enfermedades de los niños y hasta de las mascotas. Así, conquista el fervor y la devoción populares. Cuando cegado por la gloria de sus éxitos y el amor de su pueblo, conquista finalmente el poder, el personaje empieza a transformarse. Se vuelve un obsesivo de la religiosidad popular, pero sobre todo de las supersticiones. Se concibe a sí mismo como un predilecto del destino, incapaz de errar, y empieza a gobernar con decretos cada vez más autoritarios. Soborna al poder legislativo.

Despide jueces al por mayor “para que vean quién es el que manda.” La oposición es reprimida y triturada lenta pero eficazmente. Por desconfianza del ejército, desintegra las guardias presidenciales y pone su seguridad en manos del pueblo y de un indígena recomendado por su pitonisa. Empieza a creerse tan poderoso que les da órdenes a los árboles para que produzcan fruto. Intolerante a la crítica, sus ministros acobardados dejan de decirle la verdad, sobre todo en torno a la seguridad pública y la gobernabilidad. “Hubo una matanza pública que también le habíamos ocultado para no molestarlo” cuenta uno de ellos.

El pueblo empieza a producir chistes “alguien había anunciado al consejo de gobierno que él había muerto y que todos los ministros se miraron y se preguntaron asustados que ahora quién se lo va a decir a él.” La república se arruina financieramente con sus caprichos. Solamente sus numerosas amantes recuerdan “aquellos muchos años en que aún se creía mortal y tenía la virtud de la duda y sabía equivocarse.” Si alguien lo cuestiona, la respuesta oficial es la misma “infundios de apátridas, calumnias de la oposición.” Para disimular su vejez y enfermedad “los pocos periódicos que aún se publicaban seguían consagrados a proclamar su eternidad y a falsificar su esplendor con materiales de archivo, nos lo mostraban a diario en el tiempo estático de la primera plana.” Cuando le informan de insatisfacción en las calles, el personaje exclama “la gente está conmigo, de modo que de aquí no me sacan sino muerto.” Volvamos a leer nuestros clásicos.



•Internacionalista y analista político:
@avila_raudel

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/CR

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