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El presidente de incógnito

El presidente de incógnito

Columnas viernes 20 de septiembre de 2019 - 01:33

Me cuesta escribir esta columna. Es por la frustración.

El miércoles en la noche entré a la Barbacoa Viva Hidalgo, uno de los restaurantes populares en los que me gusta comer desde que nuestro Presidente Eterno puso ese ejemplo señero y me alejé para siempre de los establecimientos fifís de la Roma y Polanco. La frustración se deriva de una percepción errada por mi parte, provocada por permitir que mis deseos se confundieran con la realidad; que la invadieran y determinaran nocivamente mi percepción, pues.

▶ En una mesa del fondo estaba un hombre muy blanco, grande, con un corbatón rempujado en la camisa entre el tercer botón y el cuarto.

Aunque enfrente suyo, sobre la mesa, descansaba una fuente de barbacoa que me permito calificar como descomunal, su atención se centraba en otro hombre, sentado frente a él, profusamente barbado, al que veía con lo que me parecieron ojos perdidos de amor; ojos devotos, amantísimos.

Y se me agolpó la ilusión: ¿y si nuestro Presidente Eterno, me dije, decidió disfrazarse a la manera de Peña y su novia para descender al nivel del Pueblo Bueno, como en las historias de los antiguos monarcas europeos que se vestían de pordioseros para tomarle el pulso a los súbditos? ¿Y si ese gringo grandote era el Doc Doc Ackerman, que acompañaba al Líder Eterno en su aventura fritanguera, y no, según daba la impresión, un burócrata tratando de bajarse un pedo de media semana? Y es que no, no se parecían excesivamente ni al presidente ni a mi Johny, pero caray, había motivos para la esperanza. En el caso del presunto Doc Doc, estaba esa mirada de amor a que me refiero, ese abandono que en tantas ocasiones lo ha hecho parecer un hombre absolutamente desprovisto de cordura e incluso del más rudimentario uso de razón. En el caso de su compañero de mesa, la esperanza la propiciaba la voracidad con que arramblaba con la barbacha, propia de un hombre con la condición de un atleta keniano que no teme a los triglicéridos. Y es que, aparte, quienes luchan por la justicia no temen a nada.

Pensé que era mi oportunidad de rozarme con la gloria. Equivocadamente, supuse que si Peña y Tania podían disfrazarse de miembros de la secta de Charles Manson aficionados al sushi, el prócer podía caracterizarse de indigente. E hice lo posible por comunicárselo, discretamente. Con una insistencia que algunos catalogarían de impertinente, intenté cruzar miradas con él, en un afán de decirle: “Su secreto está seguro conmigo. Aquí me tiene. Patria o muerte, venceremos”. Hasta que empezó a verme, y se puso de pie, y empezó a caminar hacia mí. Por unos segundos mágicos, me dije: “Ya chingué. No me voy de aquí sin selfie”. Y entonces, la maldita realidad: dos pasos después, se desplomó sobre la mesa de al lado, mientras su acompañante, el falso Doc Doc, explotaba en una risa demencial, excesiva. Sí: donde vi la posibilidad de un hombre sensato y bondadoso, lo que había era un ser sin equilibrio, mentalmente cortocircuitado.

No sé qué lección extraer de ahí.

▶ Los viernes honramos aquí a lo mejor de la 4T, a la o el funcionarix que mejor se haya desempeñado, con un reconocimiento: la Orden de Macuspana. Esta semana, la ganadora es mi Clau Scheinbaum. ¿Han notado lo feliz que se le ve? Como más suelta, más relajada, al punto de que ha poblado de carteles con su rostro varios espacios chilangos. Buena señal. ¿Hay algo que quieras contarnos, Clau? ¿Qué te tiene tan contenta? No será el tema de la inseguridad en la capital, ¿verdad?

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/CR

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