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El presidente más popular del mundo
El presidente más popular del mundo

Columnas miércoles 20 de marzo de 2019 - 01:25


El presidente más popular del mundo es un hombre orgullosamente rústico, esencialmente inculto y socialmente resentido. Nació en una de las regiones más pobres de su país y llegó a la presidencia con un poderoso discurso de denuncia contra las élites, la corrupción y los políticos tradicionales.

Se trata de un político nato, hábil, abiertamente descarado en sus métodos ajenos al pluralismo y carentes de una genuina agenda ideológica o programática, más allá de un resuelto voluntarismo.

Rodrigo Duterte ganó abrumadoramente la presidencia de Filipinas en 2016 como candidato independiente. Aprovechó muy bien el profundo descontento del electorado filipino con la corrupción e ineficiencia de los llamados “Trapos” (Traditional Politicians), como los llaman allá.

La aparición de un hombre tan pedestre como Duterte fue una violenta bofetada para la oligarquía filipina. De repente, llegó a la presidencia un bárbaro cuyas vulgaridades serían consideradas tremendas incluso en boca de un mecapalero.

Ha bromeado con el tema de las violaciones y el acoso a las mujeres, llamó “hijo de puta” al Papa Francisco y “estúpido” a Dios en un país profundamente católico, insultó a las Naciones Unidas y a la Unión Europea y negó la humanidad de traficantes de drogas y drogadictos. "Olvídense de los derechos humanos…”, espetó durante su campaña electoral, “…voy a descuartizar criminales delante de ustedes".

De acuerdo con Human Rights Watch, ya son más de doce mil las ejecuciones extrajudiciales. Esta contabilidad considera también a víctimas inocentes. El presidente acaba de retirar a su país de la Corte Penal Internacional. Por algo será, ahí se juzgan crímenes contra la humanidad.

También Duterte apela al nacionalismo. Propone cambiar el nombre del país a Maharlika para “borrar la herencia colonial española”.

Hoy, a dos años y medio de su arribo al poder, encuestas comparadas colocan a Duterte como el presidente más popular del mundo, pese a su cruenta guerra antidrogas, una inflación al alza, la constante devaluación de la moneda, una relativa desaceleración de la economía, escasos resultados en los combates a la corrupción y la pobreza, y el estancamiento de un ambicioso plan de construcción de infraestructuras.

¿Cuál es la razón, entonces, de su incombustible popularidad? Las polémicas salidas de tono de Duterte son percibidas por sus seguidores no como vulgaridades y diatribas indignas de un hombre de Estado, sino como expresiones honestas y espontáneas de alguien esencialmente idéntico a cualquier ciudadano de a pie, muy diferente a algún miembro de la elite gobernante (uno de esos despreciados “trapos”) o un intelectual lejano al pueblo.

De ese tamaño es el odio ganado a pulso durante muchos años por la oligarquía filipina.

El tiempo dirá por cuánto tiempo más la magia de la incorrección política logra eclipsar a la incompetencia en la gestión gubernamental.

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/CR

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