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El presidente que no escuchaba

El presidente que no escuchaba

Columnas jueves 11 de julio de 2019 - 03:55


El peor enemigo de nuestro amado líder no son los conservadores, ni los fifís, ni la mafia del poder y anexas, sino su soberbia. La soberbia puede camuflarse de interés nacional, de las grandes causas del pueblo o de la encarnizada defensa de los principios. Desde la superioridad moral donde la soberbia echa raíces no hay marcha atrás, ni autocrítica, ni reflexión y el “me equivoqué” es una quimera .

Como a nuestro amado líder le gusta tanto la historia, hoy quiero compartirle esta, sobre uno de sus personajes favoritos. Madero pasó a la historia como el mártir de la democracia, como un santo laico, como el hombre del “sufragio efectivo, no reelección”, como el ciudadano comprometido con el pueblo que derrocó al dictador. Nadie puede negar sus virtudes, pero es un hecho, Madero contribuyó a su propia caída porque su soberbia distorsionó su percepción de la realidad.

Bajo su óptica, quién podía estar en su contra si había llegado al poder a través del voto libre; quién podía desear su caída si su bandera era la libertad, la justicia, la igualdad, la defensa de los derechos políticos.

En su mente, no había lugar para el fracaso, “debemos ganar porque representamos el bien”, dijo cuando estalló la Decena Trágica, sin saber que sería su propio epitafio. Madero fue un presidente que no quiso escuchar más que a su propia voz.

▶ En los últimos días de enero de 1913, el presidente Madero recibió a los diputados de su partido, encabezados por su hermano Gustavo, en el castillo de Chapultepec. A pesar de los levantamientos armados de los últimos meses, de los encarnizados ataques de la prensa, de la presión de Estados Unidos y de los rumores de una posible sublevación contra su régimen, Madero pensaba que su gobierno marchaba viento en popa.

Sin embargo, 14 meses de gestión fueron suficientes para desalentar a la población.

La promesa del cambio, de la restitución de tierras, del desarrollo de la sociedad se transformó en retórica frente a la crisis política y económica que, en enero de 1913, sacudía hasta el último rincón de la república. El desencanto se apoderó de la conciencia social y todo el régimen maderista cayó en el descrédito.

Gustavo Madero y el resto de los diputados veían que el gobierno maderista se estaba hundiendo y escribieron un memorial en el cual criticaban las decisiones tomadas por el presidente en los últimos meses; señalaban que su obstinación en mantener dentro del gabinete elementos reaccionarios opuestos a las reformas revolucionarias era el principal obstáculo para el éxito del nuevo régimen y le solicitaban al presidente un cambio de rumbo.

Antes que escuchar las voces críticas, el presidente prefirió mantener a su tío Ernesto Madero y a su primo Rafael L. Hernández al frente de las secretarías de Hacienda y Gobernación no obstante que eran más porfiristas que don Porfirio y habían paralizado al gabinete y la relación del ejecutivo con el legislativo.

En el memorial, los diputados le escribieron al presidente: “Debe el gobierno, por interés propio, reaccionar sobre sí mismo, pues a pesar de la fuerza, de la más profunda de las convicciones, a pesar del entusiasmo, del más hermoso de los ideales el gobierno acabará por desmoronarse y hacerse polvo”.

Las buenas intenciones del presidente Madero, las promesas, sus compromisos con el pueblo, estaban lejos de la realidad que vivía el país en enero de 1913 y la conclusión de los diputados no podía ser más certera: “La revolución va a su ruina, arrastrando al gobierno emanado de ella, sencillamente porque no ha gobernado con los revolucionarios”.

El presidente Madero trató con amabilidad a los diputados que lo criticaban; escuchó con paciencia sus observaciones y su análisis de la situación, agradeció su patriotismo y sus buenas intenciones, pero calificó de exagerados sus temores. Con todo, prometió responder a sus inquietudes en los días siguientes.

En los primeros días de febrero de 1913, los diputados insistieron de nuevo en la necesidad de hacer cambios, pero la respuesta del presidente dejó en claro que sólo se escuchaba a sí mismo: “Nada hay que temer mientras el pueblo esté conmigo”.

Días después estalló la Decena Trágica.

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/CR

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