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El sexo de las ciudades

El sexo de las ciudades

Columnas martes 12 de noviembre de 2019 - 02:36

Sin los ojos celestes, el apego a las medialunas parisinas, ni la virtud seductora de arrastrar guturalmente las erres de Julio Cortázar, ayer, en modo reivindicativo, meditaba sobre dos teorías -casi tan peligrosas y extendidas como el suicidio colectivo de los lemmings o la de los pingüinos de Humboldt como paradigma de la monogamia- que se han propagado, en diferentes espacios de tiempo, con una velocidad sorprendente: la idea de que Julio César, autonombrado dictator perpetuus, fue uno de los 82 emperadores conocidos durante los más de 500 años que se mantuvo en pie el imperio romano de occidente y la que sugiere, con una convicción y etnocentrismo desconcertantes, que el universo cinematográfico de Joaquin Phoenix gira en torno al éxito arrollador de Joker.
Mientras leía en La Central del Raval barcelonés Vidas de Alejandro y César (Acantilado, 2016), de Plutarco, el germen estilístico del género biográfico, asumía, con gran pesar, que la idea asociada a Julio César como emperador romano -popularizada a partir del término latino Imperator, que en realidad refiere, desde su concepción durante los años convulsos de la República Romana, a un mando militar y la representación de un general victorioso- era irreversible. Pobre César: primero la traición de Bruto, luego el controvertible gesto de Marco Antonio tras su efímero romance con Cleopatra y ahora esto.
Respecto a lo de Joaquin Phoenix, soy todavía menos optimista. Que luego de interpretar brillantemente al impopular emperador Cómodo en Gladiador (2000), resucitar a Johnny Cash a golpe de un evocador acento sureño en Walk the line (2005) y conmover profundamente en pleno proceso de enamoramiento y posterior e ineludible duelo con un sistema operativo en Her (2013) su papel como Arthur Fleck genere tanta unanimidad como el mejor de su carrera, me tiene algo tenso.
Debe ser, sospecho, el predecible y trágico desenlace de las elecciones en España. Me disculpo, de antemano, por hablar de cosas tan triviales, pero no siempre genera el entusiasmo que debería -como comprobarían en su día Cristina Peri Rossi y Cortázar en algún café de París o Barcelona- debatir sobre el sexo de las ciudades.



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/CR

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