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Entre un himno y un salmo
Entre un himno y un salmo

Columnas jueves 11 de abril de 2019 - 00:36


Y en nuestra gustada sección “Discusiones bizantinas”, la que se lleva las palmas en los últimos días es el misterioso caso de “¿Y por qué el presidente no canta el himno nacional?” No quiero pensar mal, pero de pronto a los enemigos de nuestro amado líder les entró un patriotismo nunca antes visto.

Seguramente quienes se han rasgado las vestiduras por semejante afrenta son aquellos mexicanos que todos los días, a la medianoche, encienden la radio para despedir a la patria entonando la letra de Francisco González Bocanegra o ponen el despertador a las 5:59 AM para levantarse, decretar, tener pensamientos positivos y a las 6 en punto darle los buenos días a la vida al ritmo de “un soldado en cada hijo te dio”.

Como quiera que sea, junto a este envidiable patriotismo surgido mágicamente contra la 4T, sí, es un hecho, el presidente no entona el himno nacional en los actos oficiales y parece no importarle o cuando menos parece que eso no le quita el sueño.

Las razones pueden ser de toda índole: porque canta de la chingada y nos está haciendo un favor al no entonarlo, porque no se lo sabe, porque va en contra de su religión, porque no le gusta ni la letra, ni la música, porque los acordes van más rápido de lo que puede procesar su cerebro o porque sigue emberrinchado con el asunto de los pueblos originarios y hasta que no nos ofrezcan una disculpa los españoles no cantará un himno cuya música es de la autoría de un español —¡oh, paradoja!—.

Sea lo que sea, lo cierto es que no hay ninguna ley, reglamento, código, poder superior de este planeta o de la galaxia entera que lo obligue a entonar el himno nacional si no se le da su real gana.

Ni siquiera la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales que entró en vigor en febrero de 1984 lo tiene estipulado; no hay un supuesto, no hay una mención, no hay argumento alguno como para hablar de una violación a la ley. Pero a decir verdad, cantar o no cantar el himno nacional no nos hace ni mejores ni peores mexicanos. El patriotismo es un asunto personal e íntimo.

Nunca me había fijado si el presidente en turno cantaba o no cantaba el himno nacional, pero es un hecho, yo lo entono por lo que significa para mí, no porque el presidente, el gobernador, el presidente municipal, los diputados o senadores lo canten, si lo hiciera porque ellos lo hacen lo habría dejado de entonar hace años y nunca más lo volvería a hacer porque si algo nos enseña la historia es que los menos preocupados por la patria y el interés nacional generalmente son los políticos —aplica para cualquier época—.

Hoy le exigen al presidente que cante o nos diga con franqueza porqué no lo canta, como si el futuro del país dependiera de eso; una buena parte de la población ya no puede dormir porque espera ardientemente escuchar nuestro Himno Nacional en la voz del presidente para que sus vidas tengan sentido.

Sí, quieren ver un ejemplo de civismo y están empecinados en que cante ese mismo himno que antes fue interpretado por esos patriotas y grandes gobernantes como Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría que lo cantaban con pasión con todo y los muertitos que regaron por todo el país o qué tal López Portillo desde la colina del Perro cantando a dueto con el negro Durazo o peor tantito, Salinas de Gortari que se echaba un palomazo junto a Bartlett después del fraude del 88; o qué me dicen de Fox y Calderón que mientras cantaban le hicieron el caldo gordo al PRI durante 12 años o Peña Nieto… bueno es posible que nunca se lo haya aprendido y lo entonara al más puro estilo del Coque Muñiz.

No deja de ser surrealista esta discusión, como también el hecho de que dos de nuestros símbolos patrios, el himno y la bandera, hayan sido mandados hacer por dos de los peores villanos de nuestra historia: Agustín de Iturbide —la bandera— y Antonio López de Santa Anna —el himno nacional—, y a pesar de eso, a pesar de que ambos personajes siguen siendo detestados en el imaginario social, hoy defendamos la bandera y el himno con una vehemencia tan encarnizada que ya la hubiera querido el padre de la Patria.

No me quita el sueño que el presidente no cante el himno, más me preocuparía que de pronto en una dominical de sus homilías cotidianas comenzara a cantar salmos. Esa sí sería una señal del Apocalipsis.


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/CR

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