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Es tiempo de una fábula

Es tiempo de una fábula

Columnas viernes 02 de agosto de 2019 - 02:53

El viejo reptil que gobernaba un bosque antiguo llamó a su corte para repartir la codiciada administración del reino. Era bien conocida la costumbre del rey por tomar decisiones equivocadas. A los ictiosaurios más ancianos les encargó la energía, a los perros más serviles y rabiosos los nombró sus heraldos, contrató a las víboras de para cuidar los huevos de las aves y así más cosas pasaron.

Llegó al turno al conejo del sombrero, que tantas maromas había hecho antes por el bien del soberano.

El rey lo miró de lejos y con un gruñido inesperado lo nombró frente a otros reinos su emisario. Aunque reinaba el caos y la confusión entre tanta mala decisión, cada una de las bestias vio lo que el rey le había dado y estuvieron de acuerdo entre ellas que era justo.

— ¡Camaradas!, dijo el rey a sus administradores. — ¡Ha llegado nuestra era! Disfruten lo que tan generosamente su rey les ha dado y vuelvan cuando acabe la temporada de sequías. Antes de la primera tormenta, decidiré con mi garra al próximo soberano para este reino, que mantendrá las tradiciones y mi legado hasta que acaben las generaciones.

El público bestial irrumpió en ruidosos aplausos. Ningún animal en la sala se quedó callado por el miedo a parecer estúpido, aunque más de uno se preguntó lo que significaba que acabaran las generaciones. La fiesta de los nombramientos se extendió varios días.

Al cabo de poco, cada animal comenzó el disfrute de los nuevos cargos que tan generosamente les había otorgado el rey. Aunque todos parecían satisfechos, al conejo, que por un momento imaginó la posibilidad de ser elevado al trono, se le ocurrió una idea para ganar el favor de su soberano. Sin que nadie se diera cuenta, él mismo haría los trabajos de los demás animales del bosque. “Si soy el que más trabaja y el que más conoce este Reino, tal vez el rey me escoja para ser su sucesor”, pensó el diligente conejo.

Como era un conejo decidido, poco a poco fue absorbiendo las tareas de toda la corte del rey. Paralas águilas que cuidaban el Reino preparó perfectas trampas en tierra. A los monos contadores les dio intrincados ábacos para que sólo el conejo entendiera. Y así fue creciendo su fama entre la corte como un buen servidor del Reino, aunque nunca nadie le agradeciera.

Después de un tiempo pasó la temporada de sequías y los animales se reunieron antes de la primera tormenta. El rey se sentó en lo alto del trono y exclamó:

• Decidiré mi sucesor con una carrera. El primero que tome una piedra del lago seco y regrese ante mí será el próximo rey.

El conejo, muy confundido por el anuncio del rey, no tuvo tiempo de ver ni el arranque de la carrera. Estaba tan cansado de hacer el trabajo de los demás que se rezagó en la competencia. Más ligeros por el trabajo que el conejo amablemente les quitó, los demás animales salieron disparados al lugar indicado. Apenas había llegado a las orillas del lago seco cuando cayó desfallecido por el cansancio el viejo conejo.

Un nuevo rey fue elegido esa tarde, pero el más anheloso nunca llegó a verlo. Los buitres se ocuparon pronto del diligente conejo.

Especialista en comunicación pública.
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/CR

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