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Escritor y reloj

Escritor y reloj

Columnas viernes 30 de agosto de 2019 - 03:04

El filósofo y humanista argentino Mario Bunge cumplirá cien años en septiembre. En celebración de este centenario, ofrezco el artículo que sigue, contenido en 100 ideas. El libro para pensar y discutir en el café (Editorial Laetoli, 2014) del que Bunge escribió: “Esta es una colección de artículos periodísticos publicados en el curso de los últimos años. Tratan de temas muy diversos: biología, ciencia en general, ética, filosofía, física, gobierno, historia, literatura, política, religión, sociología, técnica, universidad, vida cotidiana y otros yuyos. […] Ojalá mis lectores se diviertan leyendo estas páginas casi tanto como yo al escribirlas”.

Hay tres clases de escritores: los que escriben con el reloj, contra él y sin él. Los primeros escriben metódicamente un número más o menos fijo de páginas por día; los segundos redactan apremiados por las circunstancias; y los terceros escriben cuando les da la gana.

Esta clasificación es independiente de la calidad de la producción. Lope de Vega, Balzac y Trollope se guiaban rigurosamente por el reloj. Tanto como Corín Tellado, quien durante varias décadas produjo semanalmente una novela del género “sentimentalmente comercial”, como ella misma las llamó en una carta que me envió.

Los periodistas escriben necesariamente apremiados por el reloj. El gran periodista español Pepe Ortega Spottorno los llamó “obreros del minuto”.
Pero hay buenos, mediocres y malos obreros del minuto.

El apremio puede ser freno o acicate. Puede limitar el horizonte o la profundidad. Pero también puede obligar a la síntesis, la que, al descartar el detalle, exhibe lo esencial. Que resulte lo uno o lo otro depende de la cultura y la penetración del escritor.
También el traductor escribe contra el reloj. Escribe a razón de tantas palabras por plato de garbanzos.

Esto explica en parte que las traducciones suelan ser mediocres o malas, a menos que sean obra de autores que ponen amor en su trabajo o de profesionales razonablemente bien pagados.

[…]

Pero convengamos en que no se puede escribir un pasaje poético mirando el reloj. Para escribir buena poesía es necesario (aunque, por supuesto, insuficiente) tener el estado de ánimo adecuado. Al fin y al cabo, no hay poesía auténtica sin sentimientos, y estos no se evocan a voluntad (salvo en el caso de los grandes actores).

El calendario ayuda a planear; y el reloj, a regular la producción. Pero ni uno ni otro pueden suplir la Escritor y reloj inspiración ni el oficio. En esto el artista no se distingue del científico, del técnico ni del artesano fino.

El reloj interviene también en la etapa del pulido.

Los perfeccionistas pulen y repulen. Si quedan satisfechos es porque han agostado la frescura del texto inicial; este termina por ser tan impecable como acartonado y rebuscado. El éxito en ciernes se ha transformado en fracaso.

La postura ideal del escritor respecto del reloj es ésta: mirarlo al terminar para saber cuánto tiempo le llevó escribir un texto, no para saber de cuánto dispone para terminarlo. O sea, lo ideal es usar el reloj como control y no como látigo.

Los escritores profesionales de los países llamados socialistas no parecen haber necesitado relojes.

Eran asalariados. Una vez escrita la obra políticamente correcta y ampliamente publicitada por el Partido, podían disfrutado de una vida burguesa.

No envidiemos a los escritores asalariados: no pasan apuros, pero tampoco sufren las exquisitas angustias de la creación. Además, son recompensados por funcionarios, no por sus lectores.

¿La pasan mejor los escritores independientes que viven de su pluma o, mejor dicho, de su computadora? Sí y no. Sí, porque no escriben confinados; porque tienen la libertad para escribir lo que acaso nadie publique, que es como gozar de la libertad de morirse de hambre literaria.

Los escritores independientes no la pasan bien porque escriben para el mercado, que suele ser tan mal patrón como el Estado. En efecto, el mercado no suele seleccionar lo mejor, sino lo que satisface al consumidor de escasa cultura. Premia sobre todo al escritor que firma contratos de edición por obras que aún no ha fabricado, no al que se desvela por encontrar la palabra justa.

[…]

Es raro el escritor que, como Cervantes, Lope de Vega, Shakespeare, Molière, Goldoni, Balzac, Dickens y Pérez Galdós, logra escribir obras de arte accesibles al gran público y, por consiguiente, rentables.

Y suele ocurrir que, cuando lo consigue después de grandes fatigas y tristes miserias, queda poca arena por escurrir en su modesto reloj de arena.
Quizá los escritores que la pasan mejor son quienes tienen una ocupación adicional que les asegura la subsistencia. Pienso en Anthony Trollope (director de correos), Antonio Machado (profesor de secundaria), Vladimir Nabokov (catedrático universitario), Giuseppe di Lampedusa (terrateniente), Pablo Neruda (diplomático), Carlos Fuentes (ídem), Abel Posse (ídem), Jorge Luis Borges (bibliotecario), Primo Levi (químico industrial) y Gabriel García Márquez (periodista).

Los escritores que tienen una ocupación doble están sobrecargados de trabajo, pero sólo escriben lo que quieren y cuando quieren. Compensan la esclavitud profesional con la libertad literaria. Y tienen la ventaja adicional de no quedarles tiempo para ser perfeccionistas. Al fin y al cabo, más vale diamante en bruto que granito pulido.

Yo gozo del privilegio de ser periodista francotirador además de profesor. Escribo sólo cuando tengo algo que decir y, hasta ahora, me han permitido decir lo que he querido. No me siento vigilado por patrones ni lectores. Pero me afligiría, y dejaría de escribir notas periodísticas, si supiera que ninguna de ellas motiva cartas airadas al director. ¿Para qué disparar si nunca se da en el blanco?

El escritor afortunado lleva reloj en la muñeca: sólo lo consulta cuando es necesario. Los demás marcan el reloj. Pero, en definitiva, lo que importa es que la marca del reloj no quede en el texto.


*Delia Juárez G. Editora y traductora. Es autora
del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir
(2006); y de las antologías colectivas: Y sin embargo yo te amaba. 12 escritores interpretan a José
José (2009), Mudanzas (2011), Anuncios clasificados (2013) y Así escribo. 53 escritores mexicanos y el
misterio de la creación (2015)

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/CR

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