Escuchar lo que se quiere oír

Escuchar lo que se quiere oír

Columnas viernes 30 de agosto de 2019 - 02:38


En el espacio de 25 años los liderazgos han cambiado en el mundo. La personalidad, la ideología, el discurso, los símbolos, la estrategia, la retórica, las formas de los políticos y de los partidos se han modificado. Y no se antoja que para bien.

A los Giulio Andreotti (político y periodista italiano), Helmut Kohl (político y estadista alemán), Ronald Reagan (expresidente de Estados Unidos), Margaret Thatcher (exministra del Reino Unido), Józef Wojtyła (Juan Pablo II), les han seguido una serie de populistas simbólicos de diferente índole: Donald Trump, Andrés Manuel López Obrador, Vladimir Putin, Boris Johnson, el mismo Papa Francisco, Jair Bolsonaro, Viktor Orban, Nicolás Maduro, Evo Morales, entre otros. Unos derribaron el muro de Berlín, otros hablan de muros.

Adolfo Suárez, uno de los magos de la transición española afirmaba siempre que “la concordia fue posible”. Hoy, parece que la concordia ni siquiera es necesaria.

Un cambio de estafeta en el liderazgo mundial ha cambiado radicalmente la geopolítica, la estrategia, la táctica y la negociación. Trump puede amenazar con nuevos y peligrosos aranceles con un tweet; Johnson puede ir provocando diferencias continuamente, AMLO puede sorprender en las conferencias mañaneras, Putin dedicar horas a explicar en televisión sus decisiones y el Papa es capaz de aventurarse en comentarios sin consecuencias durante un vuelo.

Son, claramente políticos sin fronteras.

Esto no ha hecho mejor a la política ni a las sociedades. Los votantes se mueven generalmente entre el eje del hartazgo y el extremo de los que dicen lo que la gente queremos escuchar. Las emociones han dejado paso a los razonamientos y las percepciones a los análisis. Pero éste es el mundo en el que nos toca vivir y en el que hay que aprender a sobrevivir. Un mundo donde el presente inmediato, la palabra fácil, la promesa sin compromiso, el recuerdo de viejos símbolos y la política de redes sociales, impera y logra votos, aunque luego no se sepa bien qué hacer con ellos.

Se dice frecuentemente que cada país tiene los políticos que se merece.

La realidad nos impulsa a pensar que es verdad. Cada país origina su clase política, la ensalza o denosta, la empuja al poder o la mantiene en él. La democracia es así de compleja, como sistema imperfectamente perfecto que es. Vale igual el voto del inmediatista harto de todo, que el del que piensa a largo plazo.

El asunto principal es cómo va a quedar el mundo después de las prédicas de todos estos personajes. Quedará un mundo mejor, una cultura más consolidada, una geopolítica de equilibrios o un salón de juegos de niños en el que hay que recomponer cada pieza.

Por oír lo que queremos escuchar, no hay que olvidarse que se tiene que pagar un precio, seguramente demasiado alto.

•Director de Extrategia,
Comunicación y Medios

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/CR

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