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Euroescepticismo y liderazgos personalistas

Euroescepticismo y liderazgos personalistas

Columnas miércoles 22 de mayo de 2019 - 01:49


La Unión Europea vive la peor encrucijada de su historia y con esa triste realidad como telón de fondo esta semana se celebran elecciones al Parlamento Europeo.

Los populismos de derecha han sabido canalizar con demagogia y discurso de odio una década de inestabilidad económica y financiera, la crisis de los refugiados, el descrédito de la clase política tradicional y la desconfianza en unas instituciones europeas a las cuales consideran responsables de severas políticas de austeridad.

▶ Ahora aspiran a consolidar su auge. Ya poseen el 20 por ciento de los escaños de la Eurocámara, pero ahora algunas encuestas les indican la posibilidad de ganar hasta el 30 por ciento de los 751 diputados que tiene el cuerpo legislativo continental.

Actualmente los populismos de derecha están presentes en 21 parlamentos de países comunitarios y participan como socios en coaliciones de gobierno en Austria, Italia, Finlandia, Eslovaquia, Letonia y Bulgaria. En Hungría, República Checa y Polonia gobiernan como fuerzas conservadoras formalmente tradicionales, pero han asumido el discurso y las prácticas de los más radicales.

Desde los convulsos años treinta del siglo XX las fuerzas ultranacionalistas no habían tenido tanto poder. Sin embargo, este preponderancia tiene debilidades: diferencias en temas económicos, culturales y sobre la relación con Rusia. También pesa el poderoso personalismo de algunos de sus líderes.

Marine Le Pen y Salvini han moderado un tanto su postura y ya no cuestionan la existencia de la Unión Europea, sino plantean “reformarla desde dentro”, mediante el fortalecimiento de las soberanías nacionales. Más radicales en su euroescepticismo son Wilders y algunos grupos de Europa del Este, por no hablar de los británicos.

En los temas culturales y sociales los ultras polacos, húngaros, españoles y alemanes hacen hincapié en el cristianismo como uno de los componentes esenciales de la identidad europea. Le Pen y Wilders serían algo más “progresistas”.

También Salvini y Le Pen se caracterizan por simpatizar con Putin, pero en una posición opuesta se encuentra el Partido Derecho y Justicia, de Polonia y el movimiento de “Verdaderos Finlandeses”.

No deja de tener trascendencia el duelo entre las figuras carismáticas. Cierto que Salvini ha cobrado gran notoriedad en esta campaña, pero ello no necesariamente se traducirá en un liderazgo efectivo a futuro. Hay egos demasiado grandes.

La influencia de los euroescépticos dependerá de su capacidad para impulsar metas comunes. Sin embargo, jamás han sido capaces de integrar un grupo totalmente homogéneo en la Eurocámara, pese a reiterados esfuerzos por conformar una sola familia política.

En general, ellos quisieran una Unión Europea convertida en un mero espacio de intercambio económico, pero con las “identidades nacionales” reforzadas, fronteras impermeables a la inmigración y sociedades protegidas ante la globalización.

Pero divergencias en políticas concretas y rivalidades personalistas pueden darle un cierto respiro al alicaído proyecto europeísta.

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/CR

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